Lo menos que puede decirse de esta breve e intensa novela es que constituye un esfuerzo original por huir de los caminos trillados del relato y ofrecer una narración que exige un lector atento, dispuesto a captar pequeños detalles, a volver atrás en la lectura, a hilvanar datos dispersos, sugerencias, a no desentenderse de la espesa urdimbre textual que sostiene la historia cuyo contenido -el que suele aparecer en los resúmenes editoriales y las solapas o las contracubiertas de los libros- es, en apariencia, simplicísimo: un viejo escritor gruñón y repleto de obsesiones, se refugia en un balneario donde pasó algunos veranos de su adolescencia, tras la ruptura de su matrimonio (Mi tercera y yo nos hemos abandonado. Gallardamente le he cedido nuestra casa para su particular pasar-por-esto, pág. 28). Allí, lejos de hallar la tranquilidad que busca para pergeñar una obra de encargo, se abisma en un monólogo incesante en el que afloran, como destellos de la memoria, fragmentos de ideas, retazos evocadores de sus matrimonios fracasados y divagaciones de índole variada que permiten al lector -cuya colaboración activa es imprescindible- ir construyendo el perfil del personaje. Hacia la mitad, una partida de ajedrez que el escritor juega con el maître se resuelve en trece jugadas y coincide fortuitamente con la que en 1804 disputó Napoleón con Madame de Remusat. Al jugar el escritor con las piezas blancas, el maître le advierte que este hecho os trueca ipsofacto en Madame de Remusat y a mí en León o Napo (p. 54). A partir de esta ocurrencia jocosa, y tras unas horas de insomnio y desorientación que el escritor consigna, la voz monologante es femenina y poco a poco va revelando su identidad: es la tercera mujer del escritor, de la que éste ha informado abundantemente y que se encuentra asimismo en una habitación de hotel, desde donde ofrece un monólogo, paralelo al anterior, en el que evoca la figura del marido y reconstruye fragmentariamente la historia común.
No importa si esta mujer (la tercera esposa) es real o tan sólo una extensión, una creación imaginativa del marido. Lo decisivo es que esta súbita inversión, análoga a la reflejada en el título de la obra, aporta otra visión de la misma historia, como ocurre en la novela Lécole des femmes, de André Gide, donde dos largas cartas sucesivas de la esposa y el marido narran, desde su peculiar punto de vista, la historia de su fracaso matrimonial, evocando en ocasiones los mismos hechos, sólo que interpretados de forma contraria, de acuerdo con los principios del perspectivismo. Aquí, diversos anclajes, resueltos en forma de semejanzas y contrastes, garantizan el ámbito común del relato. Si en el primer monólogo se lee: Aliterando, me aparto de lo que no me importa (p. 14), en el segundo encontraremos: Me aparto de lo que importa (p. 57). Si el primer monólogo cita: Post hoc ergo propter hoc (p. 36), la voz femenina recordará: De un hecho inmediatamente posterior a otro no se sigue que el primero sea causa del segundo, habría dicho mi marido. En latín, claro: post algo ergo algo (p. 73). Muchos otros recursos de esta naturaleza acreditan la cuidada construcción del relato, su calidad como artificio verbal, la variedad de sus implicaciones temáticas -como las drogas, el sexo, el instinto de maternidad, la creación artística-, su originalidad, en suma, resaltada por una prosa vivaz e imaginativa cuya única mácula son sus caídas reiteradas en un rudo anglicismo: la entera promoción (p. 26), la entera responsabilidad (p. 64), el entero día (p. 81), con traducción literal del entire inglés donde el español exige toda la promoción, todo el día, etc.