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Edición impresa |  LIBROS

La flor de la tortura

Raúl Quinto

Renacimiento. Sevilla, 2008. 76 páginas, 11 euros

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A. SÁENZ DE ZAITEGUI | Publicado el 27/02/2009

En el top-ten de los mejores títulos de libros de todos los tiempos, nuestro número 1 es Peter Carey: desde el desafiante My Life as a Fake hasta el roto His Illegal Self, el australiano es rey. Y La flor de la tortura de Raúl Quinto no entrará en la pole. Estudio del dolor como acceso al Enigma Hombre, los poemas de Quinto le arrancan a la historia universal de la muerte su voluptuoso imaginario. El hambre del poeta es voraz: “Sueño siamés” evoca el paganismo melancólico de los Smashing Pumpkins, “Haiku” recurre al terror de lo anómalo según el cine japonés, “Elegía” es el Desastre goyesco que se coló en los Caprichos. Quinto se viste de negro gótico para ser nuestro Virgilio por donde “la hierba crece como un beso/ cercando el mármol, no hay nombres en las lápidas, tan sólo música, extraña melodía vegetal/ que recorre los gestos/ y deshace las líneas de la mano/ tras el primer contacto” (“Necrópolis”). Navegamos por ríos de sangre que antes lo fueron de plata [“Argentina 1978 (Secuencia)”] y viajamos a “Ruanda 1994 (Liturgia)” para asistir a ritos tan cruentos como la realidad africana . Pero nuestro destino es “Armenia 1915 (Memoria)”: “Comprobar/ de qué manera el cuerpo es una máquina/ hecha para el dolor”.

Nos tememos que Quinto no es sordo a la seductora llamada de Artaud. Y si nos lo tememos es porque La flor de la tortura no es instrumento de catarsis, sino opus rarum de un improbable género poético que podría denominarse lírica gore. A la letra escrita le cuesta ser potro de tormento creíble; a no ser que la firme Bret Easton Ellis. Las artes visuales nos han echado a perder como receptores de pulp fiction. Pero ése (replicará, con razón, el poeta) no es problema suyo, sino nuestro.




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