Si aceptáramos una distinción entre ingeniosos frívolos e ingeniosos profundos, no cabe duda de que el mexicano Jorge Ibargöengoitia (Guanajuato, 1928) pertenecería al segundo grupo. Deberíamos decir perteneció, puesto que el escritor falleció en el accidente de Avianca de 1983 con sólo 55 años, cuando su avión se estrelló poco antes de llegar a Barajas. Pero la vitalidad y actualidad de sus textos hace difícil resignarnos al triste uso del pretérito indefinido. Revolución en el jardín no es una de las seis novelas que Ibargöengoitia escribió (la más célebre, Los relámpagos de agosto), sino una antología de 58 crónicas que en la edición van precedidas de un excelente prólogo de Juan Villoro. Crónicas, en realidad, difícilmente catalogables, pues a veces desmienten su formato de artículos y se internan en el ensayo breve (brillante el análisis de la colonización en Si no fuéramos quienes somos) e incluso en el relato con auténtico vuelo literario (caso de Revolución en el jardín, que da título al libro, donde Ibargöengoitia recrea con maestría un viaje a La Habana en 1964). Otras fugas hacia el relato son Los Caporetto ya no viven aquí. Villoro subraya con acierto en su prólogo el carácter irónico y picaresco del autor. Sería injusto, sin embargo, reducirlo sólo a su marcada visión humorística (tan brillante en crónicas como Con la C de Cold o Pase lo que pase -ambientadas en España).
Predominando la risa, Revolución en el jardín extrae su fuerza del serio análisis de costumbres. Configura un anecdotario detallado de la vida cotidiana, vista como un caos imprevisible, difícilmente ordenable y que, en el caso de México, explica muchas de sus dificultades para el progreso histórico. La lucidez del autor pone en evidencia los absurdos del día a día y recae, sin temor ni piedad, sobre los héroes nacionales, los monumentos y sus confusas metáforas, los supuestos paraísos turísticos y su hospitalidad, la falta de civismo, la burocracia que convierte al ciudadano en una víctima del trámite, las sesiones espiritistas, la enseñanza memorística de la literatura, el ridículo estatuto de los intelectuales Una crítica de la que él mismo no sale indemne. Han pasado muchos años sin Jorge Ibargöengoitia, pero el humor y la inteligencia no saben de fechas de caducidad.