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Palabra de humor

Iwasaki, Piña, Reig y Vidal-Folch se toman la novela en serio

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NURIA AZANCOT | Publicado el 03/04/2009

Nietos de Valle-Inclán y Mihura, de Borges y Cortázar, una generación de autores lidia con la realidad sin más defensa que la palabra, la audacia y el humor. Inasequibles a la grisura de un país que desprecia la sátira, huyen del chiste fácil y soez. No es necesario, cuando de retratar a España se trata. Hoy saltan al ruedo para defender el género Fernando Iwasaki, último premio Algaba con Republicanos (Edaf); Román Piña, que acaba de publicar Stradivarius Rex (Sloper); Rafael Reig, juez literario en excedencia, e Ignacio Vidal-Foch, que estos días presenta su último libro, Noche sobre noche (Destino).


No hay nada como el humor, por negro que sea, para combatir las incertidumbres cotidianas, quizás porque, como Churchilll decía, “la imaginación consuela a los hombres de lo que no pueden ser mientras el humor los consuela de lo que son”. Pero no siempre sale al encuentro de los autores de la misma manera.
Para Román Piña (Palma de Mallorca, 1966) todo empezó muy pronto: “A los ocho años, cuando percibí lo feliz que me hacía la risa de mi hermanita pequeña cuando le hacía cucamonas. O a los doce, en una obra de teatro del colegio, imitando a un borracho. O a los trece, cuando me enteré de que llevaron a mis antepasados a la hoguera. El humor empieza siendo una tabla de salvación que nos pone la vida y luego es algo que necesitamos descubrir siempre en el arte”.
Tan precoz o o más que Piña fue Ignacio Vidal-Foch (Barcelona, 1956): “Elegí el humor ya de pequeñito cuando me di cuenta de que había nacido con el sublime don de la risa y el convencimiento de que el mundo estaba loco. ésa es la fórmula de Sabatini para las primeras líneas de Scaramouche, que tanto le gustaba a Terenci Moix”.

Guerra a la fatuidad
También se le puede echar la culpa al destino, como hace Rafael Reig (Cangas de Onís, 1963). Porque a él le pilló a traición el humor : “Sí, mi caso es patético, porque es humor involuntario. Mi primera novela yo creía que era algo así como Thomas Mann, pero el editor la publicó en una colección de humor y, desde entonces nadie me toma en serio. Hice de la necesidad virtud y me convencí de que el humor es la guerra de guerrillas, la única forma de enfrentarse a la solemnidad pomposa y fatua que nos atosiga”.
Y si no, siempre queda la tradición. Así, Fernando Iwasaki (Lima, 1961) reconoce que su “adhesión” al género era más que natural, pues “a diferencia de España, en América Latina el humor en nuestra literatura es omnipresente y representa una forma de mirar el mundo. Y me parece inverosímil que en España se reniegue tanto del humor, a pesar del humor que perfuma el Quijote”.

Una seria tentación
-¿Jamás han sentido la tentación de “pasarse” a las novelas serias, con mensaje? ¿Cómo han vencido esa tentación?
-I. Vidal-Foch. De mostrador en mostrador. La verdad es que novela y humor son inseparables, desde el principio: desde el Quijote, y hasta el final, hasta Ulises de Joyce.
-F. Iwasaki: Wenceslao Fernández Flórez decía que el humor era algo muy serio, así que no puedo admitir que haya novelas serias y novelas que no lo sean por culpa del sentido del humor. Otra cosa es si pienso escribir alguna novela que no se permita concesiones humorísticas y la respuesta sería que sí, pues a mí me quedan por publicar dos novelas más y la última será sin humor.
-R. Reig: Nunca he pensado que las novelas de humor no fueran serias ni dejaran de tener mensaje (en la medida en que una novela pueda tener mensaje). Una cosa es el humor y otra el chiste, o dicho en otras palabras: Cervantes y Quevedo. Una cosa es pretender que el lector suelte una carcajada y otra pretender que sonría. El chiste anula al lector, se impone sobre él; el humor le hace cómplice, apela a su inteligencia, le trata de igual a igual.
-R. Piña: Yo, en cambio, sí me he puesto serio alguna vez. Mi primera novela, Las ingles celestes, era un poema de amor y muerte muy trágico que empezaba con un señor protegiéndose de la lluvia por la calle bajo una tapa de váter. Necesito mezclar bruscamente la diversión y lo ligero con lo tremendo y lo pretendidamente sublime. Lo solemne con ínfulas da empacho, vergöenza y esa clase de risa que no es la que busco. Así que vencí esa tentación, “wildeanamente”, cayendo en ella.
Con todo, ninguno de ellos renuncia a coquetear con la literatura más convencional, aunque hay quien, como Iwasaki, piensa que “como la novela gasta mucha gasolina, seguiré circulando sobre cuentos durante algún tiempo más”. Román Piña, por su parte, reconoce que sí, que “siempre quiere uno cambiar (de eso va Stradivarius Rex). Puede que alquile un Jaguar y me salga un trhiller trepidante o una novela negra. Escribir poesía con una furgoneta diesel también ha de tener su punto. El humor, aunque aguado, en cualquier vehículo, es fundamental para que no se cale”. También Vidal-Folch apuesta por mudar de piel narrativa: “Supongo que hay que cambiar continuamente, de registro , de género, de tema... dicen que en el fondo cada autor escribe siempre el mismo libro, con diferentes títulos, y seguramente es verdad, pero...”. Y Reig, naturalmente, ya ha pasado a la acción. Su próxima novela, Fuego amigo, de inminente aparición, es un relato de espías, “con poco o ningún humor, más bien con una intriga política y sentimental”.

El refugio de los débiles
-¿Por qué el humor es una buena estrategia para enfrentarse a la realidad?
-R. Piña: Eso va con cada uno. Para mí no es buena. Es la única. Otros se enfrentan con mucha gimnasia o compran realidades en tiendas especializadas. Es buena estrategia porque es la más barata: viene de serie. El humor es el refugio de los débiles. Si de adolescente no hubiese sido un enano ahora no sería escritor, sino banquero.
-R. Reig: El humor requiere, en primer lugar, comprender la realidad, para poder desmontarla. Suelo decir que la buena literatura debe conjugar humor y compasión. Humor es ver las cosas desde fuera. Si alguien se cae, yo me rió, porque lo veo desde fuera, no soy el que se ha pegado el tortazo. La compasión es ver las cosas desde dentro: ponerse en los zapatos del que se ha caído y pensar en el daño que se habrá hecho. Para comprender la realidad, para escribir una novela, en mi opinión hay que mirar en estéreo, a la vez con humor y compasión.
-I. Vidal-Foch: Por definición el humor es amable, es empático, es galante, es cordial. (No llamo humor a ciertas gracietas desaborías y crueles). Los lectores no olvidamos ese momento en que soltamos una carcajada ante tal o cual pasaje cómico, irrespetuoso, humorístico, en el que reconocemos un acento de verdad. Esa risa liberadora es impagable. Para enfrentarse a la realidad no sé si es muy útil el humor, pero desde luego es útil como forma de respeto al prójimo y para levantar las sobremesas.
-¿Con qué o quién han disfrutado más al convertirlo en objeto de su ironía en un relato, y con qué o quién no se han atrevido todavía?
R. Reig: Lo que más me ha divertido es ridiculizar mi propia juventud, mis esperanzas y temores de los veinte años, mi grandiosidad innecesaria y mi sordidez de jovencito petulante. No creo haberme amedrentado ante nada: si no escribo sobre algo es por falta de interés o de sintonía, no creo que sea por falta de atrevimiento.
-F. Iwasaki: Yo he publicado libros donde contemplo a través del humor el dolor físico (Neguijón), el terror (Ajuar funerario), el amor (Libro de mal amor), el erotismo (Helarte de amar) y el fundamentalismo (Inquisiciones peruanas). Mi último experimento es hacer el humor con los temas más solemnes e intocables del pensamiento políticamente correcto.
-Todos ustedes han bromeado sobre cierto tipo de intelectual orgánico y pomposo... ¿no les parece, de todas formas, que son, somos, demasiado sumisos ante el poder político o cultural, y ante la crisis?
-I. Vidal-Folch: A veces pienso que somos como aquel gorila de una anécdota melancólica de Nabokov, un gorila del que se decía que era extraordinario porque pintaba muy bien, era un gran artista. De manera que le dieron unos pinceles y un papel canson y pintó... los barrotes de su jaula. La moraleja es que se trata de no ser demasiado goriláceo.
-F. Iwasaki: Las crisis son terribles, pero jamás son aburridas. Por otro lado, prefiero a alguien pomposo y aburrido que siempre diga la verdad, en lugar de alguien chispeante y divertido que mienta como un bellaco.
-R. Piña: La crisis no tiene gracia. Por eso es una perfecta razón para hacer broma. Es la lógica del funeral-show. Mala cosa si somos sumisos al poder. Estaremos acabados como voceros de esa conciencia “perra” que inventaron los cínicos.

El pecado de gozar
-R. Reig: Sí, los escritores somos a la vez menesterosos y soberbios. Por una parte, como necesitamos pasta, elogios y calor humano, somos carne de pesebre: el poder nos chulea sin problemas. Por otra parte, como nuestra vanidad no conoce límite, y como no somos idiotas, nos creemos los elogios y las recompensas, pensamos que nos lo merecemos, y siempre encontramos la forma de justificarnos: nos dejamos chulear pensando que nos quieren y que es amor correspondido.
-¿Por qué el humor tiene tan mala prensa entre la crítica literaria española?
-R. Reig: Por nuestro catolicismo aberrante, nuestro sentido del sacrificio. Pensamos que lo obtenido sin esfuerzo carece de valor, y por lo tanto disfrutar leyendo un libro es pecaminoso. Se lee para mejorar el espíritu, con esfuerzo, porque todo lo que vale, cuesta. No se lee por placer. El placer es derroche y nuestra elemental avaricia católica exige ahorro, inversión, leer para aprender algo, para incrementar el saldo espiritual, no para dilapidar nuestro capital mental. La lectura por simple placer se considera de segunda división.
-I. Vidal-Folch: Será porque la seriedad de los autores serios impone al crítico. ¡Ojo, que voy en serio! O porque tendemos a tomarnos muy en serio lo que hacemos. También es verdad que el tipo que encadena chistes, gracias y cuquerías, acaba hartando. ¿Te imaginas convivir todo el día con Chiquito de la Calzada? Sería pesadísimo, insufrible. Aún así, todos tenemos algo de Mr. Evil, el doctor Maligno de las películas de Mike Meyers, que es un mal bicho que siempre repite: “¡Exijo un poco más de respeto!”
-F. Iwasaki: Como bien sabes, hay dos Españas irreconciliables y sólo puedes escribir para una de ellas. Por eso yo escribo para la España que sabe reírse de sí misma.
-R. Piña: Quizá algunos lo tienen por un género degradado por el éxito de algunos modelos de baja intensidad. Pero el brillo y la imaginación que muestran en su obra Rafael Reig, Alejandro Cuevas o Manuel Vilas, ponen el listón de calidad literaria muy arriba.
-¿A quién o quienes consideran sus maestros, y a quién no querrían parecerse jamás?
-I. Vidal-Folch: Me parezco a todo el mundo y no considero a nadie mi maestro.
F. Iwasaki: Julio Cortázar, Guillermo Cabrera Infante y Jorge Ibargöengoitia por América Latina; Julio Camba, Enrique Jardiel Poncela y Wenceslao Fernández Flórez por España, y Borges y Chesterton por el mundo mundial. No quisiera parecerme a Quevedo cuando se ríe de los demás.
-R. Reig: Mis maestros, entre los españoles con sentido del humor, son tipos como Juan García Hortelano, Carlos Pujol o por supuesto Galdós. No me gustaría que lo que escribo se pareciera a Quevedo, por ejemplo.
-R. Piña: Homero, Faemino y Cansado, Tip (sin Coll) Woody Allen, Mark Twain, Quevedo, Chaplin, Lubitsch, Eugenio Granell, Cernuda. No sólo de humor vive el hombre. No quisiera parecerme a Javier García Sánchez ni a Carlos Latre.





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