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La digitalización ¿Oportunidad o monopolio?

El escaneo masivo de libros de Google le sitúa en una posición de dominio sobre la cultura

  • ( 01/05/2009 )
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En 2004 Google anunció su proyecto de digitalización masiva de libros. Cuatro años después ha escaneado más de ocho millones de títulos y, pese a la declaración de intenciones y el aura de beatitud que acompaña sus iniciativas, subsiste la prevención del mundo editorial ante la posible instauración de un monopolio, de un intermediario global entre el lector y el libro. ¿Se trata de un temor justificado, o lo que ocurre no es más que el resultado de la dejadez y el atraso de unos actores que, al igual que ha ocurrido con la música y el cine, no han sabido correr al ritmo de los tiempos?


Una sola librería, una única biblioteca, el depósito inmaterial de la totalidad del saber que guardan los libros. Accesible en Internet de manera inmediata desde cualquier lugar del globo. Por un precio. O no. Semejante a un sueño salvo que la llave o, más bien, el pasword único de acceso a tan gigantesco almacén digital, pertenecería a una sola empresa multinacional cuyo lema Don’t be evil (No seas malo), a fin de cuentas, no es más que otro eslogan publicitario. Google ha escaneado hasta la fecha más de ocho millones de ejemplares en cien idiomas y la velocidad y magnitud del proyecto hace temer un monopolio global sobre el libro con una ventaja insalvable respecto a otras iniciativas como la Biblioteca Digital Europea (Europeana), la española Biblioteca Digital Cervantes o la recientemente inaugurada Biblioteca Digital Mundial impulsada por la Unesco.

¿Cómo empezó todo? Elemental: en una biblioteca. En concreto en la de la Universidad de Stanford donde Sergey Brin y Larry Page, dos estudiantes de informática, se conocen en 1996 y discuten sobre cómo desarrollar bibliotecas digitales. De hecho, el buscador que luego les daría la fama no fue más que una idea derivada de la necesidad de poder rastrear los contenidos de sus utópicas bibliotecas.

En 2004 Google es ya el buscador más utilizado de la red y sus creadores recuperan su proyecto original de escaneo masivo de libros y lo anuncian en la Feria del libro de Francfort. En dos niveles. Por un lado, mediante la colaboración con bibliotecas y universidades donde envía su tecnología de escaneo rápido “no destructivo” y asume todo el coste de la operación. Por otro, aliándose con numerosos editores. Los primeros títulos escaneados por Google pertenecían a los fondos de las universidades de Stanford, Michigan Oxford y la Universidad Pública de Nueva York. ¿Los últimos? Las Obras completas, de Mariano José de Larra, en edición de 1843 o Los pazos de Ulloa, de Pardo Bazán, en versión de Cátedra (2003).

Medio millón en castellano
Este mes de mayo Google Búsqueda de Libros superará los ocho millones de títulos digitalizados y continuará con un programa en el que ahora mismo participan 20.000 editoriales, 29 bibliotecas de todo el mundo, y que incorpora miles de libros cada día. Por el momento, no es muy nutrida la escuadra española en la que destacan las editoras Rialp o Paidotribo y los fondos de la Universidad Complutense de Madrid y la Biblioteca de Cataluña. Y, sin embargo, más de medio millón de las referencias se hallan en castellano y casi una cuarta parte de las búsquedas se realizan ya en español. Las lenguas autónomicas comienzan también a hacerse notar y se cuentan, por ejemplo, unas 15.000 referencias en catalán. No sólo de libros vive Googgle. Las revistas y publicaciones científicas surten también sus servidores informáticos. Por ejemplo: la Universidad de Castilla-La Mancha acaba de anunciar la digitalización y muestra en la web del buscador de sus 750 publicaciones.

Sólo un millón de los textos escaneados se leen completos. Para los sujetos a derechos se dispensa una consulta parcial. No en vano, la autoría intelectual ha causado innumerables quebraderos de cabeza a Google. El buscador inició su proyecto en EE.UU en solitario, lo que propició la demanda conjunta de las principales asociaciones de autores y editores hasta que, en octubre de 2008, se llegó a un acuerdo pendiente de ratificación judicial.

Por las máquinas de Google pasaban tanto libros de dominio público con derechos extinguidos-los publicados antes de 1923 según la legislación de EE.UU- como otros cuyos derechos no se habían dilucidado aún, los “huérfanos”. Pues bien, según el citado acuerdo, las diferentes partes constituirán un Registro gestionado por editores y autores y sufragado por la multinacional con 125 millones de dólares, al cual todo titular de un libro escaneado sin autorización podrá reclamar, cobrar 60 dólares e indicar a Google cómo puede difundirse, en versión íntegra o mutilada.

Luis Collado, responsable en España de Google Búsqueda de Libros, puntualiza que el acuerdo soluciona un conflicto específico estadounidense : “Hay que aclarar que de esos libros puede haber titulares de derechos que no sean americanos,españoles o de cualquier otro país. Esos potenciales titulares extranjeros están también dentro del acuerdo y van a decirle a Google lo que debe hacer sólo para el caso americano. Otra cosa es nuestra intención de que el espíritu del acuerdo, esto es, reincorporar libros que estaban fuera del circuito comercial, se traslade a otros países”.

En Europa, donde la salvaguarda de los derechos de autor consume aún más energías que al otro lado del Atlántico, Google se ha guardado las espaldas y ha escaneado sólo libros en dominio público (de autores fallecidos hace más de 70 años), y los que se han incorporado voluntariamente a su programa de afiliados. La editorial dictamina cuántas páginas del ejemplar pueden hojearse en la red mientras que el buscador añade indicaciones precisas sobre dónde comprarlo o en qué biblioteca buscarlo. Y tal vez en un futuro próximo, reconoce Collado, su empresa podría comercializar directamente a través de Google la descarga de los ejemplares para ebooks y similares.

Contenidos “seguros”
En la editorial española Rialp, una de las primeras en afiliarse al programa, constatan un aumento de sus ventas en todos sus títulos. Un caso: Los Iluminati y el Priorato de Sión ha contado con 2.350 visitas en Googgle Búsqueda de Libros de las cuales el 18’2% clickó en la pestaña “comprar este libro”. Y con la ventaja, como dice Eduardo Mirón, el editor financiero, de “la seguridad, ya que el contenido que ofrecemos está protegido contra el uso fraudulento y sin autorización”.

Pero los editores, en general, recelan de la práctica y los propósitos del buscador. Elena Ramírez, directora editorial de Seix Barral, explica que se hallan a la espera de que el buscador dé a conocer la lista de autores escaneados sin su permiso y recuerda que “hace años que digitalizamos todos nuestros fondos, ya que trabajamos con sistemas de preproducción digitales y seguimos con enorme interés el desarrollo de los dispositivos que nos permitan comercializar dichos contenidos.” Sigrid Kraus, desde Salamandra, afirma, contundente: “No pensamos participar y no nos gusta la manera de proceder de Google” y anuncia que ya tienen digitalizados sus fondos y que los comercializarán “en su debido momento”.

Y es que, si como aseguran desde Google sólo han abierto, al menos de momento, un escaparate de promoción del libro de gran envergadura y con tantos posibles beneficios para autores y editores, ¿a qué obedece la desconfianza y prevención inicial? Magdalena Vinent es la directora del Centro español de Derechos Reprográficos (Cedro), una suerte de SGAE de los libros y por tanto belicosa en la defensa de los derechos de autor. Explica que los autores “deberían haber autorizado la digitalización. Ahora, si sus obras han sido escaneadas sin su permiso, la mayoría quiere recibir la compensación que le corresponde”. Más de 8.000 autores y 600 editoriales han pedido ya a Cedro que solicite las compensaciones que les puedan corresponder según el acuerdo estadounidense. Pero no se conocen aún ni cuántos ni qué libros españoles se han digitalizado allí. La empresa dará la lista definitiva este mes.

La necesidad de una compensación económica por la digitalización no resulta tan clara para Joaquín Rodíguez, experto en edición digital, autor del blog Los futuros del libro, cuyos contenidos acaba de reunir en Sócrates en el hiperespacio (Melusina, 2009). “No me parece que interponer una demanda a Google por una actividad perfectamente lícita vaya al fondo del problema. En todo caso se conforma con enmendar agravios inexistentes con remuneraciones consoladoras. No, no creo que se estén defendiendo los derechos de autor cuando Google realiza compensaciones por copias que no se difundirán públicamente. Es más, no creo que tenga nada que ver con los derechos de autor sino, más bien, con el afán legítimo de Google de contentar a los editores y no perder la oportunidad de seguir desarrollando el modelo de explotación en el que su firma está basado. Lo que están entregando a los editores no son otra cosa que anticipos”.

Gesto de disgusto
Por su parte el filólogo Pablo Jauralde, responsable del ambicioso programa de digitalización de la Biblioteca Nacional que patrocina Telefónica con 10 millones de euros, afirma que “es todo tan caro -o lo era- que cuando se habla de ‘derechos de autor’ se produce un primer gesto de disgusto; todos sabemos, por lo demás, que los artistas de postín, sean del campo que sean, acaparan derechos y se convierten en seres privilegiados económicamente. Existe cierta reluctancia a admitir que haya que mantener esos privilegios exagerados. De manera que mucho habría que corregir en el sistema del copyright y de la actuación de Cedro, asociación, por lo demás, creada expresamente para ese ejercicio”.

La discusión en torno a la farragosa cuestión de los derechos da paso asuntos de mayor calado. Si bien han surgido otras iniciativas de digitalización, la magnitud y ventaja que lleva Google a sus perseguidores parece difícilmente soslayable. “¿De qué vale quejarse -se pregunta Rodríguez- de que Google acabe convirtiéndose en el intermediario por antonomasia cuando no conseguimos nosotros crear una plataforma conjunta digital donde los editores puedan depositar sus contenidos para que sean distribuidos y comercializados? Google es una empresa que cotiza en el Nasdaq así que hará lo que tenga que hacer para que sus accionistas ganen lo que pretenden y para que sus cocineros sigan dándoles de comer tan bien como nos enseñan todos los reportajes.

Puede efectivamente convertirse en el intermediario global si los editores no se dan cuenta de que ellos siempre han sido intermediarios, pero que ahora no son los únicos, ni siquiera los más cualificados, y que tiene que contraatacar en el mismo terreno”.

Intermediario global
Luis Collado, de Google, niega la mayor: “Nosotros en ningún caso negociamos posiciones exclusivas, nunca en ninguna de nuestras negociaciones con editores, autores, etc., ni pedimos ni ofrecemos exclusividad. Es una posibilidad más que tienen, por lo que hablar de situación monopolística cuando nunca estamos hablando de exclusividad, no tiene sentido. Otra cosa es que para incorporar el mundo del libro a Internet hayamos tomado una velocidad que nos haga ir por delante de los demás pero nuestra filosofía no es cerrar el mercado sino abrir más posibilidades para dar a conocer el contenido de los libros. Sólo tratamos de ensanchar el mundo editorial gracias a los nuevos canales que las tecnologías permiten”.

Pablo Jauralde entiende que “Google utilice sus almacenes informáticos como quiera, desde luego, y todos sabemos que lo hará, sobre todo, comercialmente, para ganar más dinero. Pero, ¿no es eso lo que intenta hacer cualquier industria o comercio? Serán otras instancias sociales, por ejemplo las de la comunicación, las de la enseñanza, etc. las encargadas de vigilar que en esa utilización no se transgredan principios éticos o acuerdos sociales”.

¿Y no corre peligro el español de verse relegado por una titánica iniciativa de señalado origen anglosajón? Para Jauralde es ovbio que sí “pero también hay que considerarlo desde un punto de vista más complejo: el inglés domina el mundo de la digitalización, probablemente porque la industria que hay detrás es anglosajona. Vamos a ver si nuestros ingenieros informáticos, procesadores, etc. (o los franceses, etc.) imponen su excelencia y, de su mano, la lengua. Lo de que la lengua es compañera del Imperio, que decía Nebrija, no es ninguna tontería. Y no sé si vamos a poder recobrar a estas alturas el Imperio…”

El peligro del sesgo cultural
Más que un peligro, lo que calcula Rodríguez es un “riesgo de la escasa representación del resto de las culturas escritas. En los estudios cibermétricos de varios especialistas puede verse que Google tiene sesgos en sus indexaciones y que, además, es obvio y patente que el grueso de su digitalización es en lengua inglesa, pero eso no es culpa suya por hacer bien lo que le parezca oportuno. En todo caso tendríamos que preguntarnos por qué no existen más que escasas iniciativas (la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, por ejemplo) de digitalización masiva de nuestro patrimonio cultural y escrito”.

Pero Luis Collado conjura peligros y riesgos: “Ahora mismo hay libros en más de cien idiomas, el inglés es mayoritario pero cada vez más, siendo el origen anglosajón y habiendo transcurrido sólo cuatro años desde el inicio del proyecto, si hiciéramos una radiografía cada vez se parece más lo que hay en Google Búsqueda de Libros a lo que es el mercado habitual. Por ejemplo la presencia del español comienza a ser muy determinante. Pero también hay contenidos en lenguas autonómicas. Aunque inicialmente pudo haber ese sesgo, se ha ido evitando después”.

Google prosigue escaneando a un ritmo trepidante -llegará a los 14 millones en cinco años-, acumulando cada vez un acervo mayor de textos de todo tipo originados en cualquier lugar del mundo. Al tiempo asegura una y otra vez que su objetivo principal es promover el libro y que eso acabará redundando en beneficio de todos. Pero en el proceso corren el riesgo de entrar en crisis la edición tradicional, la pervivencia de extensos sectores comerciales asociados al libro y el propio sentido de la lectura. La Red que estos días celebra su 20 aniversario es, en todo caso, tanto la pregunta como la respuesta, y a la industria editorial tradicional le queda cada vez menos margen de movimiento para no quedar atrapada y exangöe en su telaraña.

Daniel ARJONA


Las “palabras mayores” de la agencia Balcells
Desde hace unos meses, la todopoderosa agencia Balcells, que representa a García Márquez, Delibes, Cortázar, Marsé o Vargas Llosa, se ha embarcado en el proyecto “Palabras mayores”, para ofrecer a través de la distribuidora online Leer-e más de 100 títulos de sus autores más representativos a precios realmente competitivos, que van de los 2 a los 4.65 euros. Se trata, explica Javier Martín, responsable en Balcells del proyecto, “de llenar de contenidos una nueva plataforma de distribución de títulos y autores para ver lo que puede dar de sí, porque el mercado aún es muy pequeño, impidiendo que crezca de manera anárquica y sin ley”. Sobre Google es tajante: “el problema es que ellos no negocian, digitalizan sin más, pero mientras que en Estados Unidos son las editoriales las que tienen los derechos de los títulos, en Europa los conservan los autores. Estamos en contacto con ellos, pero no somos partidarios de su forma de proceder. Eso sí, la digitalización es imparable”.

La Biblioteca Digital de la Unesco
El último proyecto de ambiciosa envergadura, la Biblioteca Mundial Digital (www.wdl.org.) impulsada por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos y por la Unesco, abrió dirección en la red la semana pasada. Sus contenidos son, por el momento, modestos, apenas un millar de artículos, pero con grandes posibilidades de crecimiento gracias a la aportación de una treintena de bibliotecas nacionales y, sobre todo, abarcan un sorprendente arco temporal que incluye desde un hueso de oráculo chino de en torno a 1200 a.C. perteneciente al reinado de Wu Ding, hasta el facsímil del Diario del último viaje del Capitán Cook al Océano Pacífico en busca del legendario paso al Noroeste.

Foto: Sergio Enríquez.

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