Un golpe de Suerte
"El Adonais me hizo poeta ante mí mismo"
Por Eloy Sánchez Rosillo
- ( 15/05/2009 )
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De entre las muchas cosas raras que en la inhóspita adolescencia pueden sucedernos, una de las más extrañas e inopinadas que me ocurrieron a mí fue la de verme un buen día, a los catorce años, tratando de escribir un poema. Yo había sido un gran lector desde muy niño, pero nunca se me había pasado por la cabeza el ser escritor en el futuro. Y en ese momento, a decir verdad, aún pensaba menos en tal posibilidad ni en ninguna otra. En mis convulsos años adolescentes no albergaba proyectos; ya era bastante con ir sobreviviendo a los embates de la inmediata realidad.
Aquella intentona primera de convertir las emociones, las sensaciones y los vagos pensamientos en imágenes y palabras sometidas a un ritmo fue una experiencia asombrosa, en la que entreví algo sugestivo y mágico. Reincidí, pero muy esporádica y espontáneamente, sin ninguna conciencia literaria. El escribir no era entonces para mí ni mucho menos un destino, sino tan sólo como una respiración.
El verdadero encuentro con la vocación irresistible se produjo en mi caso un poco después, a los diecisiete años. Y esto ya no tenía nada que ver con una ocasional y grata ocupación, sino que fue una posesión febril y arrebatadora, una enfermedad a la vez dulce y terrible de la que uno no podía ni quería salir. Nunca he vivido nada tan intenso como aquellos tiempos primeros de mi vocación poética. Días y noches leyendo y escribiendo, soñando con llegar a ser un verdadero poeta, lo único que para mí merecía la pena ser en este mundo. Y nada de ocuparme ni lo más mínimo en otros menesteres. Mis estudios de bachillerato fueron de mal en peor; la asistencia a clase en los muchos colegios que tuve que sufrir llegó a ser prácticamente nula, pues me parecía una lamentable pérdida de tiempo, una calderilla triste, en comparación con la luz maravillosa que había descubierto.
Mi prehistoria poética fue larga, porque la luz de la que hablo la veía brillar en las cosas del mundo y en las obras de los poetas a los que sin descanso leía, pero no en los poemas que yo iba garabateando. Mi exigencia para conmigo mismo era implacable y sólo de tarde en tarde conseguía a mi juicio trasladar al papel algún destello del fulgor en el que vivía y del que era tan complicado dar testimonio con las palabras.
Pasaron algunos años. En el mayor de los aislamientos, con total reserva y con muchísimas dudas perseveré en mis afanes y fui aprendiendo el oficio, algo elemental (y fundamental) que tantos desconocen hoy. Escribí muchas cosas, que a nadie enseñaba. Ni siquiera en mi casa imaginaban que en ese tipo raro que yo era pudiera haber un poeta en ciernes. Sólo dos o tres personas tenían alguna noticia de mis desvelos.
Pero llegó un momento de aquella etapa originaria en que se me hizo imperioso saber por otros si mis poemas tenían algún interés. En 1977 terminé el que habría de ser mi primer libro, Maneras de estar solo, y por entonces vi en La Estafeta Literaria la convocatoria del premio Adonais, certamen aún de referencia para los poetas de mi generación. Envié el libro al concurso (el único en el que ni antes ni después haya participado yo) y me olvidé del asunto. El ganar un premio importante era la única posibilidad de la que en mis circunstancias disponía para intentar dar a conocer mi trabajo de manera rápida y efectiva. Como soy hombre de buena estrella, todo fue coser y cantar: un día inolvidable de finales de 1977 me comunicaron que Maneras de estar solo había obtenido el premio, y apenas dos meses después el libro estaba ya en todas las librerías de España. Fue un golpe de suerte increíble para el perfecto desconocido que yo era, y tuvo capital importancia para mí en aquel entonces.
Siempre digo que el premio Adonais no sólo me hizo poeta ante los demás, sino también ante mí mismo, pues me dio alguna confianza en lo que hacía y estímulo para seguir en la brecha. Fue una manera de empezar a caminar como poeta a la luz del día. Y así, paso a paso, hasta hoy.
DESDE ENTONCES
Eloy Sánchez Rosillo (Murcia, 1948) ha publicado siete libros de poesía. Con La certeza obtuvo el premio de la Crítica de 2005; el último en aparecer se titula Oír la luz (2008). También ha traducido una Antología poética de G. Leopardi (1998). Ejerce como profesor de literatura española en la Universidad de Murcia.