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Postpoesía. Hacia un nuevo paradigma

Agustín Fernández Mallo

Finalista del Premio Anagrama. Anagrama. 194 pp., 15 euros

LUIS ANTONIO DE VILLENA | 19/06/2009 |  Edición impresa


Agustín Fernández Mallo. Foto: Santi Cogolludo

Por lo visto, de Nocilla Dream pasamos ahora a Nocilla Poetry, quizá con menos recursos. No sabemos si un libro que dice: "Hay vida más allá de Santa Teresa" propugna una nueva poesía (como sostiene hacer) o una suerte de manifiesto rompedor, no muy lejano en intención al Manifiesto Futurista de Marinetti. Naturalmente Fernández Mallo (La Coruña, 1967) no estaría de acuerdo, porque a su decir toda poesía hasta ahora es “Poesía ortodoxa” y se opone a lo que él bautizó hace años como “postpoesía”, quizá con su libro Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus, queriendo en este ensayo lúdico dotar de un contenido al nombre. Haciendo uso de filosofía pero también de textos de física nuclear o de termodinámica, Fernández Mallo viene a decirnos que la “postpoesía” es un producto avanzado de la posmodernidad y algo así como la nieta rabisca y vivaz de Vattimo y compañía.

Para el autor, la poesía actual (y sobre todo la española en todos o casi todos sus frentes) es vieja por falta de renovación y por no haber sabido integrar ni en su cuerpo ni en su doctrina todos los adelantos científicos o tecnológicos. La poesía (la nuestra esencialmente) es como la Cenicienta de lo anticuado: aún está esperando a ser princesa. Saca a relucir (aún) la “poesía de la experiencia” y la “poesía de la diferencia” como si esos rótulos hubieran sido entidades serias. En otro momento cita unas apreciaciones de García Casado con las cuales uno puede estar de acuerdo, sin verles apenas conexión con la ínclita “postpoesía”. Dice García Casado en el punto 2 de su Poética: “Fusión de géneros. La inmersión en territorios de frontera, narrativa, artículo, informe. Procedimientos no versales del poema”. Puedo asentir a que el poema moderno no conoce fronteras y necesita hacerse híbrido. Pero ¿tiene ello que ver con esta otra disquisición de Fernández Mallo?: “Entre los procedimientos postpoéticos, la deriva postpoética se presenta como una técnica de paso i-ninterrumpido a través de ambientes diversos: poesía, arquitectura, economía, publicidad, etc… El concepto de deriva postpoética está ligado indisolublemente a los efectos de la naturaleza psicopoética y a la afirmación de un comportamiento lúdico-constructivo que la opone en todos los aspectos a las nociones clásicas de poesía, ciencia, arquitectura, economía”. No parece estar muy de acuerdo con lo citado de García Casado, sin duda un poeta “ortodoxo”, viejo, muy viejo…

Pero vayamos a los resultados. Si hemos de considerar (como se nos pide) como cabales modelos “postpoéticos” el “Haiku de la masa en reposo” (p. 104), simplemente una fórmula físico-matemática, o el “Poema postpoético nº1” (p.131), una definición de Einstein trufada entre dos pronombres con una cita de San Juan de la Cruz, se nos vuelve manifiesto el afán lúdico de este ensayo de la teoría del caos que pretende subvertir y hacer ruido.

El autor demuestra estar muy al día en física matemática, astronomía, postmodernidad y sus derivados, pero adolece -o así lo parece- de conocimientos poéticos, pues lo citado es de pasada y elemental (Alberti, Gil de Biedma), pese a lo cual demostraríamos una falta de alerta, sino considerásemos que este libro dulce y acaso queridamente caótico y heterodoxo, tiene un elemental mensaje por debajo con el que no es difícil estar en consenso: el arte se mueve, y la poesía no puede dormirse en deleitosos prados neoclásicos, haciendo entrar en su discurso la plena contemporaneidad. ¿Cuál es la diferencia? Muy simple. La poesía cambia dentro de su propio campo y lenguaje, modificando al usarla la tradición, que así crece. La poesía puede tomar imágenes de la astronomía, pero su discurso conceptual es muy otro. En tiempos pretéritos esta libro hubiera despertado mucha polémica. Hoy no creo que lo haga. Será tenido por una diversión vieja con un aparato de relumbrón modernista. Pero el autor no es tonto, en absoluto, aunque no parezca muy ducho en poesía.




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