Maneras de no hacer nada, de María Vela Zanetti, es un libro delicioso y raro, pizpireto como las golondrinas de Mauricio Wiesenthal y elegante como los cuentos de Jesús Zomeño. Los breves textos que lo componen se mueven entre el aforismo, la filosofía del detalle, la crítica de costumbres y el relato. Como condimentos, el cosmopolitismo y una rara erudición. No es pecar de desfasado citar aAzorín si a la vez demuestras ser de este siglo y saber lo que es un Ipod.
Si toda la lectura es embelesante, las indicaciones para su sepelio que deja en Maquíllate o muere quizá alcancen el cúlmen de compenetración. Rechaza para ese momento las citas literarias, que están sobrevaloradas, y ser reducida a cenizas recordando a Eugenio Granell y su que no me quemen, que duele. Es imposible no acordarse del ingenio de Wilde o de Cristóbal Serra cuando lees tanta sentencia brillante. Sin embargo rechaza la etiqueta de esteta. Esta experta en moda e hija de pintor, confiesa dejarse inspirar por el diablo y su gandulería para buscar esta especie de oposición a la pesadumbre de la muerte que es la ligereza. Pasar por las lecciones de García Calvo tiene un precio. Se reconoce impaciente, irritable, lectora sin método y escritora de ritmo extraño. Pero en ese caos que le permite detenerse en el bautismo de los perros, hay hallazgos de impacto: Para el elegante lo que cuenta es la forma de matar; para el hombre de gusto lo importante es la manera de morir. En fin, todo un descubrimiento el de esta autora capaz de sentir decepción ante las aceitunas rellenas y de calificar de inane la actual novela romántica.