Edición impresa

Nuestra poesía en el tiempo. Una antología

Selección y prólogo de Antonio Colinas

Siruela. Madrid, 2009. 608 páginas. 24’90 euros.

  • ( 04/09/2009 )
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A la masa enorme de textos que nueve siglos de historia del español han legado se ha enfrentado Antonio Colinas (La Bañeza, León, 1946), uno de los poetas esenciales de este tiempo, además de narrador y ensayista, para ofrecer una selección de nuestra poesía, como dice el título, significativo posesivo que declara la idea de que los poemas son parte de la lengua, patrimonio de los hablantes. Y ha de subrayarse también que Colinas deja claro que se trata de una antología, una de las muchas posibles -y así se dice explícitamente-, la suya, lo que viene a legitimar la que cada lector pueda tener por propia, aquella que reúne los poemas que a cada uno le hablan de un modo más directo, más confidencial.

Como no podría ser de otro modo siendo que se trata de una antología de la lengua y no nacional, Colinas atiende a las producciones poéticas de españoles e hispanoamericanos, así incluye al menos una muestra de cada país de la América hispana, entre otros, poemas de Sor Juana Inés de la Cruz, Martí, Darío, Vallejo, Borges, Neruda, Paz, ¿podrían haber faltado? Otro de los criterios de la selección es que no figuran autores vivos y ello por razones del volumen previsto y no literarias.

El libro incluye desde un fragmento del Cantar de Mío Cid a todos los grandes, como, por nombrar nada más que algunos, Gonzalo de Berceo, Jorge Manrique, romances y otros poemas anónimos, Garcilaso, Luis de León, Juan de la Cruz -a quien se puede, o debe, tener por el mayor poeta de la lengua-, Góngora, Lope de Vega, Quevedo, Cadalso, Samaniego -que no pasa de ser un poeta menor-, Meléndez Valdés, Espronceda, Zorrilla -qué lejana su estética-, la entrada en la modernidad con Bécquer y Rosalía de Castro y ya los autores mayores de la poesía contemporánea, siendo el último representado el venezolano Eugenio Montejo, con su poema “Manoa”, que cierra magníficamente esta antología con su búsqueda de la ciudad soñada, que deja de ser un lugar para ser un sentimiento, cualquier sueño y, en fin, el amor. O la experiencia poética, parece decirnos Colinas al utilizar este poema como colofón.

Porque el antólogo no puede desligarse, lógicamente, de su propia concepción poética: expresión del misterio, palabra hecha música, discurso del conocimiento, realidad transcendida, presupuestos que han alentado, quiérase o no, la mejor poesía. También se transparenta el lector Antonio Colinas en el lugar que concede a algunos poetas: hasta cuatro textos de Leopoldo Panero o tres de Claudio Rodríguez junto a un único poema de Jaime Gil de Biedma, pongamos por caso. No podría ser de otro modo y es, sin duda, opinable.

Sin embargo, las discrepancias que cada uno de los lectores pueda tener con respecto a esta selección no obsta para que en estas páginas se encuentren muchos de los poemas extraordinarios de la lengua y ser éste un libro absolutamente imprescindible. Más para quien originariamente se pensó: niños, adolescentes, jóvenes. Pero, sin duda alguna, va mucho más allá de ese segmento de lectores: todos deberíamos tener este monumento en nuestra biblioteca.

Túa BLESA



Antonio Colinas. Foto: Amando Casado

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