Estilizada, adelgazada en centenar y medio de páginas, la materia narrativa de Submáquina se estructura en torno a seis relatos sólo en apariencia inconexos con dos hilos en común: la presencia (o ausencia) de Tiffani Figueroa (una ex policía que trabaja como detective privado) y un indescriptible olor a frontera.
Los seis fragmentos que forman el substrato de Submáquina (Cargador, Resorte, Seguro, Recámara, Gatillo, Cañón) anuncian el mecanismo del disparo que estalla a mitad del libro y cuyo eco se prolonga en la sordera alucinada de la lectura. Escrita con un estilo seco, mordiente y eficaz, la narración se presenta como una novela negra sui generis cuyo desenlace no cierra la narración, sino que la hace bascular hacia la médula: ese medio centenar de páginas que prefiguran la comisión de una búsqueda desesperada en la frontera literaria por antonomasia y que va a culminar en la resolución inesperada de un asesinato. Allí la prosa de García Llovet respira los ecos del mejor McCarthy y del último Bolaño, marcando un espacio desolado, despiadado y salvaje, atravesado por traficantes, prostíbulos y largas carreteras desérticas
Con todo, lo mejor del libro es que funciona como una partida de póquer donde las jugadas más temibles no se muestran. El lector descubre, a través de las cartas que van cayendo sobre la mesa, las formas de la sangre, la ternura y la tensión insoslayables que apuntalan las figuras. No hay truco ni escamoteo, sino la cortesía de una voz que supone no sólo inteligencia al lector sino también la imaginación suficiente para rellenar los huecos. Submáquina es una novela que se lee de una bocanada, buscando aire para respirar, para sacar la cabeza. A ratos me ha recordado aquella frase mítica de Faulkner sobre la cerilla encendida en mitad de un sótano que no sirve para ver mejor, sino para ver mejor la oscuridad.