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Comienzo de Ejemplaridad pública
por Javier Gomá
Editorial Taurus
| Publicado el 18/09/2009
28.- Sobre un arte público
En los últimos tres siglos, lo único que el hombre verdaderamente civilizado podía hacer en conciencia era defender la bandera de la liberación subjetiva frente a la opresión ideológica, institucional y política. Ahora, esta causa ha alcanzado su cenit de realización histórica: no se dice que las antiguas opresiones no subsistan en muchos casos sino sólo que el consenso las rechaza unánimemente como indignas e injustas. En consecuencia, la nueva causa del hombre civilizado no es hoy tanto la liberación de su subjetividad, liberada ya ad redundantiam, como encontrar las formas y las vías de su socialización moral.
Siempre las artes han sido compañeras de la civilización: así como en su momento contribuyeron decisivamente a la autoconciencia del yo, ahora se espera de ellas que colaboren también en la tarea de forjar una individualidad emancipada y socializada en plenitud, teniendo en cuenta las especiales circunstancias actuales. La cultura impone severas restricciones y barreras a las pulsiones espontáneas del yo y usa de cuantos resortes dispone para estimular o gratificar este trance de autolimitación y hacerlo más soportable para el hombre. Entre los recursos posibles, el arte es uno de los pocos realmente eficaces que restan tras la crítica nihilista a las creencias y costumbres colectivas y el abandono de los antiguos intrumentos de socialización del yo. Esa promesse de bonheur que, según Stendhal, es el arte, acumula un enorme poder carismático y transformador del corazón humano y, estando pendiente un neoencantamiento parcial del mundo, está llamado a desempeñar un alto cometido educativo en nuestra época post-ideológica, igualitaria y secularizada.
El problema reside en las tendencias del arte contemporáneo que, con pocas excepciones, se mantienen todavía en el paradigma de la liberación subjetiva, aunque esta causa haya perdido vigencia hace algún tiempo. La democracia también representa una insólita oportunidad para la reflexión y la creación estéticas, y sin duda que, más pronto que tarde, habrá de producirse una poética de la objetividad finito-igualitaria. Sin embargo, el exagerado activismo artístico que nos rodea -¿quién no escribe, dibuja, compone, esculpe, canta, danza, fotografía o diseña?- sigue anclado en los gestos y maneras, sin espíritu ni validez, del arte de la subjetividad. Se impone, también en este resbaladizo terreno, una cierta reforma. Lo que sigue son sólo algunas sugerencias en esa dirección.
Este arte de la subjetividad al que nos hemos acostumbrado y que hoy tendemos a identificar con el arte mismo corresponde a un estadio reciente y relativamente corto de su historia universal. Es verdad que en el siglo XVIII y principios del XIX el yo que tomó conciencia de sí mismo produjo un arte que, con algunas modulaciones, llega hasta el presente. Pero ahora podemos afirmar, contemplando los resultados de los últimos decenios, con especial atención a la poesía y literatura en general, que las reservas de creatividad de esa forma de producir artísticamente han quedado exhaustas. Y cuando se ha de indagar por líneas de orientación para un arte del futuro, se descubre que hay una característica que pertenece a esta forma agotada de crear y que, sin dejar de existir en días venideros, está perdiendo su antigua primacía y muy verosímilmente menguará aún más con el tiempo. Esta característica declinante de la obra de arte de la subjetividad es su elemento literario, en el sentido de obra escrita y destinada a la lectura, reemplazando milenios de oralidad precedente.
Se da la circunstancia de que concurren signos en nuestra cultura que han inducido a calificarla como de oralidad secundaria. Junto a la oralidad primaria de las sociedades que desconocen la escritura, hay otras sociedades, como las contemporáneas, que, siendo culturas escritas -caligráficas y tipográficas en grado eminente-, recuperan, sin embargo, a su manera partes importantes del mundo oral. El monopolio de los medios escritos -libros, periódicos y cartas- para la transmisión de información, ideas y sentimientos durante la era de la subjetividad está dando paso en estos momentos a un rico florecimiento de medios orales, como la radio, el teléfono, la televisión y, últimamente, variadas técnicas cibernéticas de conexión virtual. La hegemonía de la escritura desde el romanticismo no se antoja ya necesaria sino, también ella, históricamente condicionada y quizá un acontecimiento más accidental de lo que se creía, pues, como dice Ong, la expresión oral es capaz de existir y casi siempre ha existido sin escritura en absoluto; empero, nunca ha habido escritura sin oralidad. Desde luego, dista mucho de ser lo mismo la oralidad entre personas alfabetizadas y letradas, y la existente entre personales que no lo son; la de nuestras sociedades contemporáneas es compleja, mixta, técnológica. Pero, con todo, asistimos a un renacer de la oralidad en la cultura, aun en su modalidad secundaria, y a este hecho hay que anudar extraordinarias consecuencias morales y estéticas.
Sobre la naturaleza de estas consecuencias nos ilustra una rápida mirada a la oralidad primaria, poniendo el énfasis en aquellos aspectos que son más fácilmente trasladables al presente. Que en una sociedad oral la obra de arte, en particular la poesía épica, sirviera de depósito, codificación y transmisión del legado cultural entre generaciones, es algo que presenta un interés meramente arqueológico para una sociedad moderna y alfabetizada que acumula, registra y difunde el conocimiento normalmente en un soporte escrito. Sin escritura, la cultura oral descansa en la memoria y en los recursos mnemotécnicos útiles para el recuerdo de vastos conocimientos, por ejemplo el ritmo, la métrica, las fórmulas estilísticas, las escenas estereotipadas, etcétera. Estas dificultades de un arte efimero son desconocidas en la oralidad secundaria surgida en el seno de la galaxia Gutenberg, en la que la memoria está liberada de un esfuerzo de retención y almacenamiento por virtud de un artefacto semiótico con vocación de perdurar (libro o documento informático). Hay, en cambio, otro rasgo de la oralidad primaria que ésta comparte con la secundaria: en ambos casos, la obra de arte tiende a ser un acontecimiento comunitario de comunicación.
Cuando la obra se ejecuta a viva voz, el recitador establece una comunicación verbal con la audiencia que asiste a la representación y crea con ella una comunidad existencial, dinámica y directa. Esta inmediatez y esta presencialidad del arte despiertan de inmediato en el artista/orador una específica responsabilidad. El poeta, en presencia del público, entiende que debe abstenerse de la descortesía de referirse a asuntos privados, a anécdotas o ingeniosidades que sólo incumben a su vida particular, y que la situación le obliga, por el contrario, a asumir la condición de un yo generalizado para dirigirse a la colectividad congregada en nombre de todos y con una elevada finalidad moral o pedagógica. Su voz será colectiva, sus narraciones ejemplares y paradigmáticas, su tono serio, digno y grave, su finalidad didáctica y prescriptiva.
Pero al mismo tiempo no olvida que participa en un acto social, y sociabilidad significa aquí hechizo, sugestión, encanto, entretenimiento de los ociosos ánimos, dulzura. A diferencia de lo que ocurre con un libro, cuya lectura uno puede en cualquier momento parar, retomar o retroceder, lo que induce al escritor a extremar el rigor lógico de su obra prestándose también al análisis detenido del lector, el orador es consciente de que sólo cumplirá su papel si impresiona, persuade y conmueve a su audiencia, y logra agitar en ella la emoción y el calor de los sentimientos. A la responsabilidad se unía en el verdadero artista, pues, el don carismático, otorgado por la musa, de derramar gracia y amabilidad sobre la cansada experiencia vital de la comunidad de oyentes. La expresión suprema de la obra de arte oral es la fiesta, al mismo tiempo sacrificial y lúdica, en la que se ofrecen a los dioses primicias, se manifiestan y celebran sentimientos comunes, el poeta recita himnos inspirados y todos cantan, bailan y palmean rítmicamente.
La obra literaria como acto público, responsable y carismático permaneció en sus fundamentos básicos hasta la Ilustración. Con frecuencia no se cae en la cuenta de hasta qué punto la entera cultura occidental ha estado presidida, hasta hace muy poco, por las leyes de la oralidad, más allá del periodo preliterario anterior a la asimilación helénica de la escritura fenicia en torno al siglo VII a.C. o a la invención y extensión del uso de la imprenta en los umbrales de la Reforma protestante. Recientes estudios multidisciplinares coinciden en que la oralidad ha sido el modo normal de expresión y difusión de la cultura hasta el romanticismo decimonónico, lo cual no es de extrañar si se repara en que hasta entonces los porcentajes de población alfabetizada se mantienen en cifras irrisorias. Y respecto a la minoría letrada, ni siquiera la lectura silenciosa, un hábito individualista tan natural después, no estaba generalizada todavía durante el Renacimiento, periodo que, por otra parte, se caracteriza, sobre todo, por la renovación humanista de la retórica y la elocuencia de raíz oral, sin olvidar la extraordinaria influencia que mantiene todavía en ese tiempo una vibrante oratoria sacra.