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Edición impresa |  LIBROS

Un sombrero lleno de cerezas

Oriana Fallaci

Traducción de Isabel Prieto. La Esfera de los Libros, 2009. 833 páginas, 24’90 euros

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Rafael NARBONA | Publicado el 09/10/2009



Ser mujer y ser escritora parecía imposible en un tiempo donde una habitación propia era un privilegio reservado a la condición masculina, pero la vocación artística siempre se ha gestado en la exclusión y el sufrimiento. De ahí que pocas escritoras hayan quedado al margen de una dolorosa carga existencial, que explica la necesidad de transformar su experiencia en literatura. Oriana Fallaci (Florencia, 1929-2006) se familiarizó con el dolor desde muy temprano. Antes de cumplir los dieciocho, ya había participado en la Resistencia contra la ocupación nazi, inspirada por un padre antifascista que había conocido la tortura y la cárcel. Hija de una familia humilde, empezó me- dicina con la ayuda de becas, pero no tardó en abandonar la universidad para trabajar como corresponsal de guerra. Ubicua y narcisista, entrevistó a casi todos los líderes mundiales y acudió a casi todos los conflictos. Atribuyó el éxito a su propia personalidad, que combinaba la intuición y la constancia para lograr confesiones tan inesperadas como la de Henry Kissinger, reconociendo la inutilidad de la intervención norteamericana en Vietnam. Confuso y desbordado, el secretario de estado evocaría el encuentro como su peor desastre con la prensa. Periodista beligerante y polémica, escogió para sus novelas escenarios saturados de historia, como el Líbano o los Balcanes. Prolífica en ventas, su popularidad se incrementó al final de su vida, cuando las circunstancias propiciaron la aparición de La rabia y el orgullo, un extenso artículo donde no discriminaba entre islamismo moderado y radical, acusando al Corán de una intolerancia incompatible con los valores democráticos.

Enferma de cáncer, Fallaci no se inquietó por las reacciones y -al igual que Susan Sontag- esperó a la muerte sin dejar de escribir. Entre los textos inéditos, se hallaba un manuscrito al que dedicó diez años: Un sombrero lleno de cerezas, una novela histórica, una saga parcialmente autobiográfica, donde prevalece el imperativo categórico del periodismo: “no aburrir al lector, no permitir que el hastío o el escepticismo interrumpan la lectura”. Es indiscutible que Fallaci nunca defraudó ese principio. Convertida en fenómeno social, su figura puede irritar o emocionar, indignar o conmover, pero ni siquiera su desaparición física ha logrado disipar la expectación que concita cualquiera de sus libros. Su estilo directo, apasionado -como corresponde a un carácter sin vacilaciones o tibiezas- siempre mantiene la tensión necesaria para espantar el tedio y captar el interés hasta del más escéptico. Más que una escritora, Fallaci es una voz que nos sacude e interpela, invitándonos a discutir y matizar. Sería falso afirmar que no aspira a convencernos, incluso cuando elogia la doctrina de la seguridad nacional de la era Bush, pero no es menos cierto que también espera nuestra respuesta, aunque sólo sea para escarnecerla y pisotearla.

Acostumbrada a lidiar con los conflictos de la política internacional, en Un sombrero lleno de cerezas Fallaci invierte su mirada, intentado redescubrir e interpretar el pasado de su familia, pero en ese viaje hacia lo profundo y remoto se mezclarán intimidad e historia, la peripecia individual y colectiva, la constitución de Italia como país con una identidad propia, y la formación del yo como el punto de convergencia de varias generaciones moldeadas por la ilusión, el fracaso o lo inesperado. Fallaci intenta comprenderse a sí misma, explicar la matriz de su ira, inconformismo e incapacidad de permanecer al margen de los acontecimientos, rastreando en archivos, partidas de nacimiento, catastros, estudios topográficos e informes parroquiales. Su búsqueda revelará que una de sus abuelas insultó a Napoleón cuando Italia quedó bajo su dominio, prefigurando esa intransigencia con la tiranía que estuvo a punto de costarle la vida al padre de Oriana, condenado a muerte por sedición contra el invasor alemán.

Ambientada entre 1773 y 1889, Un sombrero lleno de cerezas se divide en cuatro partes. Las circunstancias varían, las historias divergen, pero siempre se repite la misma rebeldía. Sin epígrafes grandilocuentes y con una portada austera, minimalista, Fallaci nos relata la historia de cada uno de sus abuelos, personalidades intensas, nunca irracionales, que jamás renunciaron a proyectos ambiciosos, casi temerarios, donde el afán de superación se enfrentaba a la fatalidad del destino, negándose a aceptar los límites impuestos por la cuna, la biología o el azar. Caterina Fallaci acude a buscar a su futuro marido con un sombrero lleno de cerezas, encendida por la esperanza de aprender a leer y escribir. Carlo Fallaci sueña con plantar vides y olivos en la Virginia de Thomas Jefferson, donde se gesta la Declaración de Independencia de Estados Unidos. Ningún lugar puede ser más propicio para los sueños que una nación amante de la libertad y la iniciativa individual. Giovanni participará en todas las revoluciones del XIX, mostrando el mismo ardor en su deseo de transformar la sociedad que en su pasión por Teresa. Las pasiones anhelan demasiado y por eso están abocadas a no realizarse o a cumplirse sólo a medias. Al hablar de sus abuelos, Oriana aprovecha la oportunidad para componer agudos estudios psicológicos sobre los grandes personajes del siglo. Mazzini, Garibaldi y Víctor Manuel se hacen más reales gracias a la experiencia de una periodista forjada en un terreno tan resbaladizo como la entrevista, donde las expectativas raramente se cumplen. El despiadado retrato de Napoleón I recuerda el encuentro entre Fallaci y Arafat, que reveló la impostura de líder palestino: adalid de la libertad en el imaginario popular; venal, vanidoso y autoritario en el mundo real.

Se ha acusado a Edoardo Perazzi, sobrino de Oriana, de entregar al editor un manuscrito incompleto. La muerte habría impedido progresar en el tiempo, hasta llegar al siglo XX, donde Fallaci desempeñó un papel notable como testigo y cronista. Nunca sabremos si se ha respetado su voluntad, pero ochocientas páginas insinúan que no se trata de notas dispersas, sino de un trabajo riguroso, que pretende justificar una vida. Un sombrero lleno de cerezas es mucho más que una novela. Es el testamento de una mujer irrepetible, que nunca postuló la neutralidad ni la prudencia, aceptando todos los riesgos, asumiendo la carga de odio que recae sobre los que se pronuncian, sin miedo a manifestar sus contradicciones. Su ateísmo impregnado de moral cristiana refleja la peculiaridad de un espíritu que no se acobardaba ante las paradojas y que asumió el vértigo de opinar antes de que el tiempo despejara las dudas. Oriana aborrecía la muerte. No soportaba que el precio de la vida contemplara su extinción. Confesaba que la idea de desaparecer ofuscaba hasta su sentido del humor. “Odio la muerte. La aborrezco más que al sufrimiento, más que a la maldad, a la estupidez. Me repugnaba, mirarla, olerla, tocarla”. Es cierto que nos quedan sus obras, pero hasta los que no la queríamos demasiado, la echaremos de menos. Un sombrero lleno de cerezas nos ayudará a mitigar la melancolía que nos produce su ausencia.


Una atea contra el Islam
La polémica de sus últimos años

El 11 de septiembre hizo hablar a Oriana Fallaci tras 10 años de silencio. Y de qué manera. Con La rabia y el orgullo, publicado el mismo 2001, la legendaria periodista alzaba su pluma contra el Islam, cuya amenaza veía imparable. Con La fuerza de la razón (2004) y El Apocalipsis (2004) ampliaba la apuesta y advertía sobre la incompatibilidad entre Occidente e Islam y la previsible derrota del primero. Ambos libros vendieron millones de ejemplares y levantaron una descomunal polémica que le haría sufrir virulentas críticas de racismo e incluso procesos penales. Fallaci, atea militante, se acercó aquellos años a la Iglesia pues, como dijo: “Me siento menos sola cuando leo los libros de Ratzinger”.



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Oriana Fallaci. Foto: Archivo