Una nota editorial, acaso inspirada por el propio autor, relaciona esta nueva obra de Pablo dOrs (Madrid, 1963) con títulos de Stefan Zweig (Los ojos del hermano eterno) y de Hesse (Siddharta), si bien la relación es muy remota, salvo por el hecho de tratarse en todos los casos de nouvelles que desarrollan motivos relacionados con la búsqueda de la perfección espiritual. Por lo demás, ni el enfoque ni el estilo narrativo tienen nada que ver, y el escritor madrileño -a quien se deben novelas de tanta enjundia como Lecciones de ilusión o El estupor y la maravilla- posee una personalidad lo bastante acusada para desprenderse de los modelos que jalonaron su vida de lector. El amigo del desierto es la historia de Pavel, un personaje solitario que se incorpora a una extraña asociación dedicada a estudiar y recorrer los desiertos del mundo. Nada sabremos, en realidad, de Pavel, ni de ningún otro de los personajes que asoman a estas páginas, todos ellos de contorno borroso y de comportamiento incomprensible, porque, en realidad, el autor no se ha propuesto narrar una historia a la manera tradicional, sino urdir una especie de parábola, o, si se prefiere decirlo de modo menos equívoco, componer un relato de carácter alegórico donde los personajes, los lugares y las acciones representaran ideas y no estuvieran necesariamente, por tanto, sometidos a las exigencias de la lógica y la verosimilitud narrativas que cabría esperar en una novela al uso. Los viajes de Pavel al Sahara despiertan en él una serie de sensaciones confusas y contradictorias que, poco a poco, van orientándose hacia una creciente identificación con ese paisaje cambiante, con esas dunas movedizas que crean una realidad distinta cada día y transforman la percepción del espacio y del tiempo. De sentir el desierto como una metáfora del infinito (p. 66), Pavel hallará en la soledad de aquel paisaje ilimitado un estímulo para llegar a un éxtasis que recuerda el de ciertas escuelas místicas, que consiste en un despojamiento de los sentidos y que sólo puede brotar del desprendimiento y vaciamiento al que todo desierto parece evocar y llamar (p. 107).
Este camino, que inconscientemente busca el conocimiento del hombre interior agustiniano, deja el espíritu del sujeto, además, virgen para contemplar las cosas con una mirada nueva y sin prejuicios, y con ello se insinúa otro motivo del relato, que tiene que ver directamente con la creación. Instalado en una casa de Beni Abbès, Pavel contempla cada mañana desde su ventana el paisaje movible que aparece ante sus ojos y trata de reflejarlo en unos dibujos esquemáticos, todos diferentes aunque bosquejados desde el mismo sitio: Me limito a contemplar el paisaje y a reproducir la esencia de lo contemplado en unos pocos trazos, convencido de que en esa contemplación y creación radica el único éxito posible de toda búsqueda (p. 123). Repárese en que el propósito de reproducir la esencia de lo contemplado coincide con la tarea del narrador -cuya edad, por cierto, coincide asimismo con la del autor del libro-, lo que permite entender cómo, poco después, las líneas esquemáticas que representan los perfiles de las dunas influyen sobre la caligrafía de la escritura, que va alargándose a semejanza de aquellos trazos hasta casi identificarse con ellos.
Muchas parábolas, en apariencia simples, requieren a veces largas explicaciones acerca de su sentido. Así ocurre con esta novela, que, a pesar de su brevedad, deja abiertos varios caminos interpretativos que se alzan ante el lector, como otras tantas incitaciones intelectuales, y rechazan cualquier tentación de mantener una actitud pasiva ante un texto tan elusivo y rico en sugerencias, sostenido por una prosa diáfana.