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LIBROS
Como la flor del almendro o allende
Mahmud Darwish
Trad. de Luz Gómez. Pre-Textos, 2009. 281 páginas, 25 euros
Antonio COLINAS | Publicado el 09/10/2009
Ella le dijo: Creceré de noche como el olor/ del jazmín del verano./ Y añadió:
Yo/ pasaré la noche en blanco
La palabra inspirada que posee, o le llega, al poeta como un don la divisamos nada más entreabrir el libro que tenemos entre las manos. Esta experiencia sugerente de abrir un libro y encontrarnos con la poesía, libre de construcciones premeditadas o de artificios engañosos, la vivimos siempre ante Mahmud Darwix (Birwa, Palestina, 1941-Houston, EE.UU, 2008). Esta última fecha prueba que Darwix nos acaba de abandonar y esta circunstancia de la muerte tiene en él una significación aguda y profunda. En este libro -el último que escribió- sentimos al ser humano en su máxima expresión; no sólo porque la muerte es algo que acecha en los últimos versos, sino porque el final terrible desencadena las preguntas decisivas; unas veces con dramatismo; otras, con ironía o un lirismo tierno que revela, junto a una voz contemporánea, la mejor tradición árabe, y que la traductora salva muy bien.
Antes de sumergirnos en la lectura, encontramos desveladas las claves del libro con un gran poder de síntesis en las ocho partes de que se compone: Tú, él, Yo, Ella y las cuatro secciones de Exilio. Las dos primeras nos remiten a la humanidad en general. El poeta habla por los demás, por todos. En la segunda, hay una mayor presencia del entorno y circunstancias del poeta, y ese Ella nos remite al amor, de significación vidriosa, pues parece que amor y desamor, plenitud y amargura, ausencias y presencias, contienden en este libro por medio de anécdotas sencillas a las que sin embargo les arranca una gran tensión lírica. Las cuatro secciones de Exilio remiten directamente a la situación extremada del desarraigo social, máxime en un país tan distinto al de la tierra del poeta, aún sumergida en crisis y en guerras seculares.
Sabe el poeta, lúcidamente, que esta muerte estúpida le ha dado una prórroga. Se impone, por tanto, la serenidad. Es lo que pretenden los primeros y frescos poemas del libro. Urge la calma, hacer una petición (Ve despacio, oh, vida) para abordar el breve tiempo que le queda, pero también para rescatar con el canto los antiguos y hermosos símbolos que dieron sentido a su vida y a su pueblo, desde ese símbolo perenne que es la flor del almendro. La esperanza es mínima, no permite mucho margen de acción. Por eso, le bastaría con que su vida fuese vela en la oscuridad.
¿Por qué caminos buscar la calma en ese grave instante? No, como se creería, por la vía del desgarramiento, la queja o la agresividad, sino dando gracias a la vida, descendiendo por la vía de la piedad. A ratos, el poeta mira hacia fuera desde la atalaya de un café, detrás de una cristalera. Pero hay otro camino que accede de una manera más directa a la reconciliación consigo mismo: el de buscar la libertad suma siguiendo la interioridad. De golpe, el amenazado se sabe libre gracias a esa limpia mirada de serenidad sobre el mundo, con la que todo se comprende.
Surge la plenitud última del último amor, a través de la resonancia bíblica (¡El amor es fuerte como la muerte!), o de visiones del mundo cercanas a las de Cavafis (no veremos / acercarse a los bárbaros) o a un sabio panteísmo que me recuerda el del Pessoa de Caeiro (El sol se ríe de nuestras bobadas). El poeta, como debe ser, le ha dado la vuelta a la realidad; ha trascendido la realidad engañosa para ver, más allá de la muerte que acecha, la verdadera. Logra alcanzar así la palabra que salva. A veces, con poemas sobrecogedores (No conozco a este hombre, No duermo para soñar.) El grito final del libro es duro (¡Adiós/ adiós, poesía del dolor!), pero sabemos muy bien que, antes, hombre y poeta han cumplido su misión, han dado con la palabra sabia: la que sana, y le salva, y nos salva; sabe muy bien que lo que no se cante ahora,/esta mañana,/ nunca se cantará.