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revista de libros


Edición impresa |  LIBROS

Fin de semana perdido

José Luis Piquero. DVD. Barcelona, 2009. 63 páginas. 8 euros.

  • Resultados:

Francisco DÍAZ DE CASTRO | Publicado el 09/10/2009



Tras la reunión de su poesía en Autopsia (2004), que ya incluía como inéditos algunos de los poemas de este nuevo libro, El fin de semana perdido viene a reafirmar una poética en la que importa ante todo el esclarecimiento de las emociones, con toda la provocación de que es capaz Piquero y con la decepción inexorable que conlleva el conocer cuánto destruye el paso de los días. Hace 20 años el poeta abrió con Las ruinas un espacio conflictivo para intentar la propia lucidez. Ahora, realizada ya la conveniente “autopsia”, recupera su recursos de otro modo más exigente y más artero: “En el papel quedan apenas unas notas, las cenizas de una hoguera […] Temía que el oficio y las mañas originaran demasiada escritura”. Esta nueva entrega viene, así, a proponer la continuidad de una genuina indagación en la experiencia de un tiempo y una edad apenas redimibles, ese “fin de semana perdido” que metaforiza el sentido del conjunto.

Una cierta retórica de engañoso ingenuismo transgresivo, el recurso a los raros y a los monstruos, el sesgo expresionista de los soliloquios componen un buen mosaico de venenosa inmediatez sobre la decepción, la memoria y también la resistencia. Sobre la base de un versolibrismo de ritmos casi siempre eficaces, el conjunto se organiza en tres partes entre un prólogo-envío y un epílogo de desengañada resistencia: “Lázaro otro” acoge un repertorio de nombres y “monstruos perfectos” que confluyen en su común extrañamiento ante la identidad y las pérdidas sentimentales, siempre entre los claroscuros del sarcasmo y la broma transgresiva. Destacan el conmovedor “Habitación 314” y la reflexión metapoética de “Caín leyendo”. En el centro, “Wakefield”, una sección tan breve como intensa, contiene varios de los mejores poemas del libro, centrados en el autoanálisis del protagonista y de su historia sentimental. Subrayaría la espléndida metáfora que desarrolla “Abrigo azul”, uno de los poemas que prefiero. Por último, “Alumnas de una escuela de peluquería”, con otros tonos sentimentales más luminosos, con el humor siempre sobre trasfondo oscuro, despliega nombres femeninos, guiños a la literatura y al cine, ciertos ajustes de cuentas sentimentales cuyo aspecto de private joke no limitan el alcance de la lectura para el lector no avisado y, en fin, algún estimulante poema erótico como la canción “Cuatro”, sobre episodio de promiscuidad, o “Borrador de un poema inacabado”. “Rosa y Myriam entre el público” rubrica, con guiño a Borges, a los colegas y al lector, esa forma de resistencia lúcida que tanto convence en Piquero: “Yo que empuño el bolígrafo,/ que he sido y soy todos los hombres, pero/ no la Literatura”






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