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LIBROS
Anatomía de un MIR. Tribulaciones y anécdotas del día a día de los médicos internos residentes
por María Valerio
La Esfera de los Libros, 2009
| Publicado el 09/10/2009
La joven periodista, especializada en Salud, María Valerio (Madrid, 1980) ha entrevistado a decenas de MIR que son mitad médicos, mitad estudiantes. Sus testimonios le han marcado el camino en la escritura de su segundo libro, Anatomía de un MIR. Tribulaciones y anécdotas del día a día de los médicos internos residentes, donde cuenta su travesía en los hospitales antes de convertirse en oncólogos, cirujanos, pediatras, cardiólogos... La propia autora nos selecciona algunos pasajes de un libro que hará sonreír a todos aquellos que sean residentes, lo quieran llegar a ser, lo hayan sido o los hayan «sufrido» como pacientes.
Capítulo 3. Bienvenidos resistentes
El primer día suele pasar casi sin darse cuenta, pegado como una lapa a
algún residente mayor o a algún amigo que cayó en el mismo servicio ("por
suerte"), pasando consulta o planta con ellos. Como un espectador pasivo que
mira todo con los ojos muy abiertos y la libreta en el bolsillo de la bata.
Muchos salen agobiados, se fustigan porque no saben nada, porque se sienten
perdidos. Algunos tratan de recordar las cosas que hacían cuando eran
estudiantes en prácticas, y más o menos se acuerdan de cómo se pasa visita o
se hace una historia clínica.
"Fue un día horroroso. Parecía el primer día de cole. Me fui a presentar
a mi tutor y me dijo que me tocaba empezar a rotar por cirugía general. Así
que cuando logré encontrar el servicio, la sesión ya había empezado y me
echaron la primera bronca por llegar tarde.
Claro, no les podía decir que llevaba media hora dando vueltas por el
hospital como un pardillo porque no lo encontraba. Encima cuando acaba la
sesión clínica ves que todo el mundo empieza a desperdigarse por ahí y sabe
dónde se tiene que dirigir, pero yo estaba allí en medio, en una
especialidad que no era la mía y parado como un pasmarote sin saber qué
rumbo tomar.
Menos mal que un residente mayor me dijo que podía bajar con él a
quirófano. En mi primer día... ¡Pero si no había dado nunca antes un punto!
Y después de que una enfermera muy maja me enseñase cómo se hace el lavado de manos hasta me dejaron tirar de valva...
Tienes un poco la misma sensación del primer día de prácticas en el
hospital, cuando aún eras estudiante de Medicina. Llegas descolocado, con
toda la ilusión del mundo, sin saber qué vas a encontrarte; pero te sientes
como un pulpo en un garaje.
Y lo que te encuentras son un montón de médicos, 'señores mayores', que
van a ser tus compañeros de trabajo, que empiezan a darte consejos, a
presentarte a gente, a decirte cosas que vas a necesitar cada día; a
enseñarte de un golpe todo lo que saben. Y tú estás allí, intentando
memorizarlo todo en la cabeza (títulos de libros, nombres de enfermeros, de
auxiliares, de otros adjuntos... ¡hasta tu propio nombre!) por no sacar la
libreta que llevas en el bolsillo y parecer un poco memo".
Capítulo 9. Más tonto que un R1 con pareja
Algunos residentes de primer año pasan sus primeros meses en el hospital
encadenando sin descanso jornadas de trabajo, fiestas, guardias, y más
fiestas. La bienvenida al servicio, la cena de Navidad, el cumpleaños de
Menganito, la despedida de los erres mayores, la fiesta de los residentes
del servicio, la de todo el hospital, carnavales, Halloween, ferias
locales... Cualquier excusa es buena para salir con los compañeros y beberse
las penas.
Los erres pequeños, y sobre todo los que vienen de fuera, son los que más
aprovechan el tiempo para salir con sus nuevos compañeros, como en una
Erasmus permanente (o como si tuviesen otra vez 18 años). "O estamos de guardia o estamos de fiesta".
En este ambiente, y teniendo en cuenta que algunos de ellos pasan 32 horas
seguidas juntos en el hospital, saliendo con su grupo de guardia (y muchas
veces compartiendo cuartos mixtos para dormir), es indudable que el MIR
acaba teniendo efecto en las relaciones de pareja de muchos de ellos. "Hay montones de rupturas".
En muchos casos, el efecto MIR acaba por disolver sólidas y estables parejas
que empezaron la residencia jurándose amor eterno. Las largas jornadas de
trabajo, el roce con otros compañeros, la distancia con la persona amada o
la falta de tiempo libre hacen el resto. Tal vez por eso se dice que las
tres reglas básicas de un residente de primer año son: "O dejas a tu pareja, o te compras una casa o cambias de coche".
Y de las tres partes del dicho, la que se suele cumplir con más frecuencia
es la primera. Bien porque el miembro de la pareja que no es MIR no
comprende el ritmo que impone el hospital ("esto es muy difícil de
entender"), o porque acaba surgiendo algo con algún compañero del hospital.
Sin embargo, voces autorizadas consultadas para la redacción de este
capítulo aseguran también que la fama televisiva de los líos hospitalarios
supera a la realidad. Suelen existir eso sí, personas con cierta fama en
cada hospital, a las que todo el mundo conoce y cuyos méritos se han forjado
a base de comentarios de pasillo y cotilleos de cafetería. Sobre todo en los
hospitales más pequeños, donde, como pasa en los pueblos, todo se sabe.
Capítulo 10. Por su pijama les conoceréis
Si entra en la cafetería un grupo de médicos con pijama verde, desaliñados, despeinados y con mala cara, es muy probable que sean los de cirugía digestiva, que han tenido una mala noche de guardia y llevan operando varias horas seguidas.
El grupo de médicos bronceados, bien aseados, y con zuecos de diferentes colores, seguramente sea el de los cirujanos plásticos. Se dice de ellos que llegan incluso bien peinados cuando les despiertan en mitad de la noche para una urgencia.
Los urólogos, en su mayor parte varones, tienen fama de ser sumisos en su casa, de decir 'sí cariño' a su esposa a todas horas; cualidad que compensan en el hospital siendo los más machotes, demostrando su hombría con frecuencia delante de las residentes.
Si un médico está tomando café él solo en la cafetería, tiene muchas papeletas de ser un neurocirujano; aunque a éstos también se les puede reconocer porque caminan por lo general un palmo por encima del suelo. Los restos de yeso en el atuendo nos sitúan ante un traumatólogo y si el ejemplar sanitario en cuestión tiene pinta de friki, con gafas de pasta y cara de empollón, probablemente el espécimen sea un neurólogo.
Por otro lado, si observa a un grupo de médicos desarrapados y con manchas de café en la bata, probablemente esté ante los anestesistas. Son los que probablemente más fama de vagos gastan entre sus compañeros (y los que peor se llevan con los cirujanos), aunque ellos se defienden asegurando que su tarea empieza antes de que llegue el cirujano al quirófano y después de que éste se vaya (y que por eso nadie les ve trabajar). Por eso también dicen las malas lenguas que el sonido que más le gusta a los anestesistas es el de las grapas sobre el papel que indican que ya está listo el parte y es hora de irse a casa.
Capítulo 19. Trastornos del sueño y otrs daños colaterales
"Llevaba 19 horas operando. Estaba de guardia y me había pasado todo el día y parte de la noche de un quirófano a otro, ahora primer ayudante, ahora instrumentista... Y no estaba fresco, precisamente, porque había encadenado siete guardias en los últimos quince días. Así que en la última de las intervenciones, haciendo de ayudante, sin la tensión (ni la adrenalina) de estar operando, me quedé dormido y empecé a caerme hacia el hombro del adjunto que estaba al mando en ese momento. Claro, al notar el contacto con él, inmediatamente me desperté e intenté recuperar la compostura. Al darse cuenta de la situación me dijo: "Anda, sal un momento y tómate una Coca-Cola". Y yo le respondí: "Si no tengo sed, lo que pasa es que tengo sueño".