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Ashbery. Un país mundano

El Cultural anticipa algunos versos de su último poemario

  • ( 30/10/2009 )
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La próxima semana aparece en España Un país mundano (Lumen), último poemario de John Ashbery (Rochester, Nueva York, 1927), el poeta estadounidense más importante de los últimos 30 años. El Cultural anticipa algunos de los poemas, en versión de Daniel Aguirre. “Su suelo empieza donde acaba el techo de los demás”, ha escrito Sáenz de Zaitegui.

LETANíAS

1
También son importantes los objetos.
Parte del tiempo lo son.
Pueden fruncir el ceño,
hasta ofrecer perdón o algo por el estilo.

Me preguntas qué hago aquí.
¿Esperas que de verdad lea esto?
Si así es, tengo una sorpresa para ti:
se lo voy a leer a todos.

2
La primavera es la más importante de las estaciones.
Está aquí aun cuando no lo está.
Todas las otras le sirven de excusa.
Primavera, ociosa primavera,
burda excusa para el verano…
¿No te dijeron dónde te extraviaron,
en qué avenida, hendidura de la ciudad,
veloz y más veloz como el aliento?

3
Es importante que a uno lo tiendan
de una forma hecha por el hombre. Otros intentarán
ofrecerte algo: bajo ningún concepto
aceptes. Reflejado en la ventana
de la farmacia sabes qué distancia has recorrido.

Que otros te caten.
Felices sueños;
el viento está allí.
Entra. Estábamos esperándote.

CASUíSTICA

Había sido implicada la falsa aurora, y su circularidad
vista como un reproche para la gente honrada, una tercera ciudad
más grande del cerebro. Otros entraron al instante
en la refriega. No fue culpa nuestra que tantos
parecieran engañosos a la menguante luz de febrero:
¿de quién si no iban a atraer la atención?
No había precedentes para su aparente solidez,
ni migas y migajas de ayer, los restos
del festín de otro, apostaría. ¿Y si
muchos de ellos vuelven y deciden establecerse
con sus padres, embelesados con la cocina casera
de repente? ¿Superarán el corte?
¿Y qué nos queda ahí fuera, en otro
presunto buen día? ¿Una excesiva sutileza? ¿Nuestros propios quodlibets?

ENTREVERAMIENTO

Pasando el puente bajo, los abalorios de uno descargan
una sarta de insultos. Los castaños
mudan sus hojas una a una. Probando una
materia de conversación tras otra, la puerta
dejaba entrar visitantes por separado. ¿Por qué no?

¿Fue por esto por lo que evitamos los momentos de llamar
la atención en el centro comercial después de que al sol
se le pasara el enfurruñamiento? Había conejos en el oasis
de los que nadie nos decía nada, menos que nadie
los comerciantes de turrones en las distancias cortas. Una
canción de cuna sirve para todos. No hay claúsula en oír,
sólo ágiles gigantes tragaperspectivas,
o bien la soledad se impone, sin peculiaridades
aunque perfilada en píldoras de luz.

COMO UNA FOTOGRAFíA

Tal vez te gustaría vivir en una de estas casas tirando
a pequeñas que empiezan a subir una cuesta y luego a tientas
regresan al principio como si nada hubiera sucedido.

Tal vez disfrutarías de una cena de sándwiches
con el vecino que hace concesiones.
Acabará todo en un minuto, dijiste. Los dos
nos lo creímos, y está el reloj marcando: arde más, arde más.

PROBLEMA DE IMAGEN

Algún que otro juerguista sin rumbo, nada raro
para esta época del año, temporada de zinias, y con todo uno nota
el golpeteo en las paredes a intervalos más frecuentes.
Los enemigos actuales de uno se agitan en el viento de la tarde
y, atípicamente, evitan el cuarto de estar. Una vez que los grandes nombres
han pastado en la estepa y continuado el viaje, un silencio público
vuelve. Que sea el último capítulo del volumen uno.

Creen algunos expertos que volvemos dos veces a lo que nos intrigaba o
asustaba, que quedarse más tiempo es invitar al huevo
del engaño a que regrese al nido. Otros en cambio aseveran
que estamos metidos en esto por lo que podemos sacar, que está mal
no jugar incluso cuando lo que nos va en ello es espectacularmente aburrido,
como lo es sin duda hoy. La solución podría ser, por tanto,
restringir la zona de reacción a un pinchazo
y pasar por alto lo que ocurría antes, incluso cuando lo llamábamos vida,
sabiendo que no cabía esperar que nos sirviera de consuelo
o incluso de referencia, ya que la idea era reducir pérdidas
si estaba uno a punto de ganar. Cierto, su estudio de mercado les indicaba
lo contrario, y nosotros pasamos a ser un factor de cualquier
toma de beneficios que pueda estar gravando el horizonte ahora,
conforme se avecina la tarde. Podríamos pasar por alto las señales de aviso,
pero ¿deberíamos? ¿Deberíamos todos? Quizá deberíamos.

A. SÁENZ DE ZAITEGUI


El arte de la adolescencia

Envejecer es un daño colateral de vivir. Hacerse viejo, una decisión personal. La que, a sus 82 años, John Ashbery aún no ha tomado. La juventud eterna existe, y está en sus versos.

Dime con quién andas… Cuando uno se ha esmerado en frecuentar sólo a los mejores, no le queda otro remedio que acabar convirtiéndose en grande. Ashbery se ha pasado la vida leyendo y amando a Auden, a Stevens, a Eliot. De los surrealistas franceses -los primeros punks- el neoyorquino aprendió el arte de la adolescencia artificialmente prolongada. De la factoría de sueños de Warhol, la incontrovertible evidencia de que América es el huracán cultural que lo barre todo (Europa incluida) a su paso. Latas de sopas Campbell's ultrapop o poemas imposiblemente hipercultos como “Lacrimae rerum” (el “Virgilio, levántate y anda” de Ashbery): todo vale para deconstruir la imaginación hasta crear una nueva raza de lectores dotados de la gracia de descodificar “Al ver un número antiguo de Vogue en una silla”, aunque la hazaña les cueste años, insomnios y una considerable pérdida de autoestima.

La poesía de Ashbery no es sencilla, ni cómoda. Después de todo, y persiguiendo el sueño de Joyce, Ashbery ambiciona escribir el poema más complejo de todos los tiempos, el que hará enloquecer al pobre diablo que intente comprenderlo y extinguirá a los críticos de una vez por todas. Quinceañero forever, Ashbery sólo entiende de poesía a todo volumen, lírica heavy metal, palabras que agreden por lo que dicen y por cómo lo dicen. El último rebelde sin causa lleva medio siglo descarrilando premios y arrollando un canon que lo corona como leyenda viva de la poesía más importante del siglo XX: la norteamericana. Por expresarlo con palabras de otro genio, estamos subidos sobre los hombros de gigantes. Damas y caballeros, pasen y lean.


Ashbery. Foto: Miguel Rajmil

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Allan Poe