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José Emilio Pacheco, poemas inéditos

Pacheco y la poesía mexicana

 | 13/11/2009 |  Edición impresa


Concordancias: Las personas del verbo
Una vez
Y por breve tiempo
Hace mucho tiempo
Tú y yo
Fuimos de pronto hasta muy adentro
Nosotros.

«Nosotros dos» podía yo decir
En las horas voraces que fueron nuestras.

Desde hace tiempo
Si hablo de ti
Sólo puedo emplear
La tercera persona: Ella.

El yo empobrecido se hunde
Entre las concordancias de la Nada.

Fluir
Corre bajo los puentes.
No regresa.

Su vuelo horizontal
Arrasa el tiempo.

Para nosotros
Esa eterna huida
Lo dice todo.


El agua no lo sabe
Y no le importa.

Se limita a fluir
Y a despedirse.

Un puñado de polvo
Todos quisimos la corona del rey
Nadie pudo encontrarla entre el fragor de la guerra.

En esa busca nos entrematamos.
Por sanguinarios les dimos asco a las fieras.

Siglos después, cuando encontré la corona,
Vi que era sólo un puñado de polvo.

Lupus
En la noche del mundo el gran temor
A su ferocidad siempre al acecho.

Hace temblar con su brutal aullido.
Deja huellas de sangre entre la nieve
Y en los barrancos pilas de cadáveres.

Nos ha vencido en todas las batallas.
Levantó las murallas que nos cercan.
Nos oprime con cepos y cadenas.

Un día el monstruo pasó ante nuestros ojos,
Receloso y amargo entre las ruinas.

Era el lobo del hombre.

Ver la luz
¿Qué se verá originalmente en el útero?
Acaso nada resulte claro.
Somos como otros peces que han nacido del agua,
Totalidad de su visión.

Para hablar del nacer
decimos siempre:
«Vio la luz» o bien: «abrió los ojos».
Somos sujeto y objeto
De esa luz que dibuja la realidad
Y nos obliga a inventarla.

Y por ello al final todo se apaga.
Entre la sombra sólo queda espacio
Para los cirios funerales:
última luz que siempre abre camino
A las tinieblas del origen.

College Park, Maryland
Esas frondas también dicen adiós.
Las estremece un viento que llega ileso
Desde el pasado en este mismo instante.


Pacheco y la poesía mexicana


La obra de José Emilio Pacheco (1939) concita fervores generacionales y nacionales. Cuando, a finales del pasado junio, recibió la Medalla de Bellas Artes en la sede mexicana del Instituto Nacional, Elena Poniatowska llegó a decir que “los jóvenes se arrodillan ante Pacheco”, porque “es uno de ellos, es la voz de la tribu”. En la reciente Antología de la poesía del siglo XX en México, de Marco Antonio Montes Campo (Visor, 2009) se asegura que resulta también el poeta mexicano más conocido fuera de su país y se entiende su obra como una unidad que refleja nuestro paso “por un mundo condenado: no en la inminencia de la catástrofe, sino en una catástrofe tras otra”. Su prestigio no se asienta tan sólo en la poesía: ha sido profesor en diversas universidades estadounidenses, en Gran Bretaña, en Canadá, además de profesar en su país. Ha dirigido suplementos literarios; ha cultivado el periodismo, la novela, el cuento, el ensayo, el guión. Se especializó en la poesía mexicana del XIX, y, en su juventud y madurez estuvo próximo a Cernuda, a Alfonso Reyes y a Paz. es un excelente traductor. Y ha ido puliendo su obra, siguiendo la fórmula juanramoniana.

Desde la tradición mexicana, en sus dos primeros libros descubriremos huellas del simbolismo, del surrealismo, de “Los Contemporáneos”, de un López Velarde asumido críticamente, de Alí Chumacero, de Bonifaz Nuño. Pero de ahí nace la voz original que irá modificándose y alcanzando, desde los años 50, una relevancia que se ha ido jalonando con premios como el Reina Sofía de Poesía Iberoamerican, el Octavio Paz, el Pablo Neruda en Chile, el Xavier Villaurrutia, el García Lorca, el José Asunción Silva en Colombia, el Nacional de Poesía, o el I Premio Iberoamericano de Letras José Donoso. Se le sitúa en la promoción de los 50, próximo a Carlos Monsiváis, a Sergio Mondragón, José Carlos Becerra, a Homero Aridjis, a Sergio Pitol, a Gabriel Zaid, quien comentó ya sus primeros libros: Los elementos de la noche (1963) y El viento distante, que junto a El reposo del fuego (1966) constituyen una primera etapa. Pero será tras la edición de su novela Morirás lejos (1967) cuando con No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969) pasará a ser considerado como uno de los poetas más destacados de su tiempo.

Ya resulta tópico señalar la circularidad unitaria de su obra, la referencia a un “mandala”, tal vez herencia indirecta de Paz, las influencias orientales, incluso en formas poéticas, y helenísticas. Pero sus temas esenciales son los de la poesía de nuestro tiempo, culminando en lo amoroso y erótico. Sin lugar a dudas, la obra de Pacheco coincide en algunos de sus rasgos con la promoción coetánea española: el hallazgo de la narratividad, la utilización de un lenguaje cotidiano, casi oral; el dramatismo de algunos de sus textos; un pesimismo radical que se transmite en otros.

Su preocupación por la esencialidad mexicana se ejemplifica en su naturaleza de poeta urbano, de un México D.F. que parece sumergirse en una decadencia deliberada. Pero, de forma subterránea, pueden descubrirse también los rasgos de los mitos primitivos mexicas. Su obra manifiesta un extremo cuidado por el lenguaje, el respeto a la tradición y un intelectualismo fruto de un hondo conocimiento de lo universal.

Joaquín Marco


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