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2009: energía sostenible (lo justo)

Análisis de 2009: Letras

Sumario: Lo mejor del año 2009

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Ricardo SENABRE | Publicado el 31/12/2009 |  Ver el número en PDF

Sin grandes sorpresas ni desfallecimientos, 2009 no ha sido un mal año para la ficción en castellano, aunque, como subraya Ricardo Senabre en su análisis, la mayoría de los lectores y bastantes editores parezcan preferir sólo lo efímero.


Como los vinos, la literatura tiene años mejores y peores, cosechas buenas y malas. En este 2009 que ahora concluye, las circunstancias, el clima editorial y la presencia de buenas cepas han permitido a la novela mantener un nivel digno, con pocas luminarias pero sin grandes oquedades. Algunos de nuestros valores más estables han coincidido al publicar en este año: José María Merino, Luciano G. Egido, Antonio Muñoz Molina, Luis Landero, álvaro Pombo, Belén Gopegui o Luis Mateo Díez reunidos en el mismo escaparate anual, bastan para sostener un nivel medio de calidad al que no habría jamás que renunciar. Otra cosa es que la mayoría de estos nombres sigan ausentes de las listas de libros más vendidos, y que los lectores españoles se lancen a consumir los productos de Dan Brown, Stieg Larsson o Stephenie Meyer, que, digan lo que digan algunos improvisados y entusiastas exegetas, se sitúan en los arrabales de la literatura. En el extremo opuesto -en lo que sería un exquisito barrio residencial- hay que colocar una obra singularísima, representación de la literatura narrativa en estado puro: El espíritu áspero, de Gonzalo Hidalgo Bayal. Se trata de la obra más compleja del año, no por el hecho de contar una historia que abarca más de medio siglo de vida española, centrada en un puñado de tipos admirablemente construidos, sino por la riqueza de registros que el autor exhibe: juegos idiomáticos, bromas etimológicas, palíndromos, parodias del lenguaje filosófico, o del tratado lingöístico -que recuerdan las parodias cervantinas de diversos géneros- subrayan el hecho de que la literatura y lo que en ella nos atrae, conmueve o divierte, es siempre una construcción de naturaleza verbal. La enorme carga cultural que hay detrás de cada página pugna con una época en que se lleva lo light, la literatura cutánea y el pensamiento débil.

Llama la atención la tendencia creciente a mezclar ficción e historia, recobrando una modalidad narrativa que ya pusieron en práctica Galdós, Baroja o el último Valle-Inclán. Destacan en este apartado Los túneles de paraíso, de Luciano G. Egido, que ya había situado su primera novela -El cuarzo rojo de Salamanca, 1993- en los años de la dominación napoleónica en España, y que ahora evoca, con acopio de datos históricos pero, sobre todo, con una amplia galería de personajes, la trabajosa construcción, a finales del siglo XIX, de una vía férrea entre Portugal y España. La indudable maestría del autor consigue transformar la historia en alegoría, y los hechos relatados se convierten en una especie de “tratado del esfuerzo heroico” -por recordar un título -condenado irremisiblemente a la inutilidad. La misma inmersión en unos sucesos del pasado se advierte en la novela del cubano Leonardo Padura, El hombre que amaba a los perros, que sigue minuciosamente la biografía del disidente Trotski desde su exilio hasta su muerte final, a manos del anarquista catalán Ramón Mercader. Aunque el peso de los datos históricos es aquí excesivo, la hondura en el diseño de los personajes y el excelente ritmo narrativo hacen de esta obra un título destacado. A la historia ha recurrido también Antonio Muñoz Molina en La noche de los tiempos, donde la reconocida habilidad memorialística del autor -la de Beatus ille, Ardor guerrero o - se extiende arriesgadamente a una etapa no vivida por él, circunstancia que acaso ha inyectado en la obra una prolijidad no siempre justificada. Si la novela se ciñe demasiado a los hechos históricos y no logra del todo elevarse sobre ellos para afrontar problemas universales, el material novelesco pierde densidad, como sucede con otros intentos de este año, como Barcelona trágica, de Andreu Martín. En La comedia salvaje, de José Ovejero -un relato recluido también en el pasado, el de nuestra guerra civil-, es la potencia de la escritura lo que coloca la literatura por encima de la historia. Habría que recordar las palabras de Galdós en su discurso de ingreso en la Academia acerca de la sociedad actual “como materia novelable”, que no han perdido apenas su vigencia. La sima, de José María Merino, excelente y medida narración, es un buen ejemplo de esa atención al presente inmediato que tanto se echa de menos entre nosotros.

Más ceñido a la historia privada, Martínez Oria ha recreado en Jardín perdido la historia de la familia Panero, y Luis Landero y Belén Gopegui han buceado con fortuna en el retrato de dos personajes sin relieve. La de 2009 no ha sido, en efecto, mala cosecha. Gracias a unos cuantos títulos, hay una calidad sostenida que ojalá continúe siendo sostenible.






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