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Sábado, 26 de julio de 2014
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Miguel de Unamuno. Biografía

Colette y Jean-Claude Rabaté

Taurus. Madrid, 2009. 784 páginas + 28 de fotografías. 24 euros

RICARDO SENABRE | 08/01/2010 |  Edición impresa


Miguel de Unamuno. Foto: Archivo

Los estudiosos de Unamuno habían contado hasta ahora, como guía esencial para acercarse a la biografía del autor, con la ya clásica Vida de don Miguel publicada por Emilio Salcedo en 1964 y reeditada un par de veces más con algunas correcciones y adiciones. Desde entonces, los investigadores han recuperado textos desconocidos del autor, como los cuadernos de juventud, o el relato autobiográfico e inconcluso titulado Nuevo Mundo, así como numerosísimas cartas y artículos periodísticos no recogidos en las Obras Completas. El corpus de escritos unamunianos con que hoy contamos es considerablemente más amplio que el que podía conocerse hace cuarenta años. Todo invitaba a llevar a cabo una nueva biografía del autor sobre bases documentales más amplias que no pudo conocer Salcedo, cuya obra debe ser considerada sin duda un hito en los estudios unamunianos. Por eso Colette y Jean-Paul Rabaté han tratado de reconstruir la biografía de Unamuno mediante la utilización prioritaria de la riquísima correspondencia del autor, y también de los artículos más directamente confesionales (acaso pensando en el modelo francés de un Unamuno par lui-même), que ahora, leídos a la luz del momento en que fueron publicados, se insertan debidamente en las peripecias biográficas del escritor. También se han tenido en cuenta algunos pasajes de obras literarias, sobre todo las más directamente relacionadas con experiencias personales, como, por ejemplo, Nuevo Mundo o Paz en la guerra. Pero, dado el enfoque de los autores, más historicista que literario, la narración, la poesía o el teatro tienen en esta reconstrucción menos peso específico.

Tal vez no sea éste el mejor planteamiento posible si se tiene en cuenta que en la literatura unamuniana todo es profundamente confesional, aunque revista el ropaje de la ficción. Así, los autores aseveran que, al negarse el escritor a publicar en España durante los siete años de su exilio en Canarias y Francia, “lo esencial de su vida de desterrado se refleja en su labor de epistológrafo” (p. 714), afirmación que convendría rectificar, porque el Unamuno de esos años está igualmente en muchos artículos periodísticos, así como en los poemas de lo que serán los libros De Fuerteventura a París -en realidad, un auténtico diario en verso- o Romancero del destierro. Basta confrontar muchas notas del autor a sus propios poemas con artículos periodísticos coetáneos para advertir la profunda unidad de pensamiento y la analogía de preocupaciones que impregnan los escritos de la misma época, independientemente de su modalidad genérica. No sólo las ideas, sino hasta las fórmulas expresivas y los ángulos de visión ofrecen llamativas semejanzas.

Un ejemplo tan sólo. Con fecha 23 de mayo de 1928, Unamuno firma el poema titulado “Ante las ruinas de un caserío” (incorporado más tarde al Cancionero póstumo), donde se lee: “La yedra, mortaja, tapiza muro/ que dentro fue de hogar,/ las verdes hojas, donde antaño llamas/ al sol occidental/brillan […] Dulce el agua del cielo compasivo/ dio al verdor a abrevar/ el hollín que dejara en los robles/ el fuego familiar./ En la yedra gorjean unos nidos/ su canto secular…”. Por otro lado, en el capítulo V de La novela de don Sandalio, jugador de ajedrez -fechada en 1930, pero sin duda comenzada algún tiempo antes- escribe Unamuno: “Llegué a las ruinas de un viejo caserío. No quedaban más que algunos muros revestidos, como mi viejo roble, por la yedra [...] Quedaba el resto del que fue hogar, de la chimenea familiar, y en ésta la huella del fuego de leña que allí ardió, el hollín [...] sobre que brillaba el verdor de las hojas de la yedra. Sobre la yedra revoloteaban unos pajarillos”. La reiteración de nociones y el uso de fórmulas verbales idénticas delatan la cercanía de ambos textos. Más escuetamente, el capítulo XVI de la novela recobra la misma perspectiva: “Me he ido hasta las ruinas de aquel viejo caserío […], el resto de cuya chimenea de hogar enhollinada abriga hoy el follaje de la yedra en que anidan los pájaros del campo…”. Sólo examinando los textos de Unamuno en capas cronológicas horizontales que agrupara los escritos por épocas de composición -lo que la ordenación de las Obras completas dificulta- es posible percatarse de estas analogías y entrever la profunda unidad que preside la obra del autor. La segmentación a que los estudiosos han sometido esta obra, disociando el Unamuno poeta del narrador, y a éste del ensayista o el autor dramático, ha contribuido a oscurecer esa visión unitaria y gravita negativamente sobre toda la bibliografía existente sobre el escritor vasco.

No hay que olvidar, y menos aún cuando se aborda una reconstrucción biográfica, el hecho de que existen pocos creadores más confesionales que Unamuno. Baste un ejemplo: en un momento determinado (p. 21), los autores de la biografía reproducen unas palabras testimoniales del escritor acerca del borroso recuerdo de su padre, extraído de un artículo de 1919. Lo cierto es que, casi con las mismas palabras, la evocación estaba ya en Recuerdos de niñez y de mocedad (1908): “Murió mi padre en 1870, antes de haber yo cumplido los seis años. Apenas me acuerdo de él [...] y no sé si la imagen que de su figura conservo no se debe a sus retratos…”. Y reaparecerá años más tarde en Cómo se hace una novela: “Murió mi padre cuando yo apenas había cumplido los seis años, y toda imagen suya se me ha borrado de la memoria, sustituida [...] por las imágenes [...] de retratos”. Podrá aducirse que éstas son obras autobiográficas. Pero lo decisivo es que, siempre con las mismas palabras, se trasladan a la literatura. Gabriel, protagonista del cuento El abejorro (1900), habla de su padre: “Apenas lo recuerdo; su figura se me presenta a la memoria esfumada…”; y Augusto Pérez, en Niebla: “De su padre apenas se acordaba: era una sombra mítica…”. Lo mismo dice ángela Carballino de su padre en San Manuel Bueno, mártir (“Al otro, a mi padre carnal y temporal, apenas si le conocía, pues se me murió siendo yo una niña”), y Pachico Zabalbide en Paz en la guerra, que “apenas guardaba penumbrosa memoria de sus padres”. La vida se transfiere a la literatura, y ésta no debe quedar en segundo plano en el caso de Unamuno.

Y acaso a esta excelente biografía, que se enriquecería, en efecto, teniendo más en cuenta la literatura de creación del autor, le hubieran convenido algunas aclaraciones, a veces en cuestiones aparentemente minúsculas. Así, se cita a “cuatro catedráticos que firmaron la destitución de Unamuno como rector vitalicio” (p. 704), pero el decreto de destitución (reproducido en la página 674) aparece en La Gaceta de Madrid firmado por Manuel Azaña.




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