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Edición impresa

Fragmento de Cristo con un fusil al hombro

por Ryszard Kapuscinski

Anagrama

  • ( 05/02/2010 )
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Kapuscinski dedicó una serie de 10 reportajes a los jóvenes rebeldes de los países del Sur, desangrados por unos regímenes atroces y genocidas. Esos trabajos periodísticos fueron compilados en un volumen que el maestro de reporteros tituló 'Cristo con un fusil al hombro'. En su país natal, Polonia, apareció en 1975. Anagrama los publica ahora por primera vez en España.

FEDAYINES
Estos tres hombres vestidos de verde botella y armados con metralletas son fedayines. Apostados en la carretera que va desde Beirut hasta la frontera con Israel, su cometido consiste en parar los coches. El que tiene un motivo justificado para seguir viaje, lo sigue, pero el que pasa por allí porque sí o aquel que tiene aspecto sospechoso, es obligado a dar media vuelta. Éste no es un lugar para turistas: aquí hay guerra. Israel está a tan sólo diez kilómetros.

Paseo la mirada a mi alrededor y descubro una belleza paradisíaca. A ambos lados del camino se extienden huertos de limoneros, olivos, melocotoneros... Un poco más allá, a la derecha, se ve el mar, y a la izquierda, las montañas. Todo rebosa verdor e infinidad de flores. Y todo, hasta la misma línea del horizonte, aparece inundado por el sol.

Los tres fedayines son muy jóvenes. El menor a duras penas llegará a los quince años. Muestra un semblante grave: se toma muy en serio su cometido de montar guardia. Con su casco, su metralleta y su uniforme de campaña que le viene grande, tiene el aspecto del pequeño soldado de enlace de la sublevación de Varsovia. Quiere saber adónde nos dirigimos. Vamos a Rashidiya, pero no sabemos por dónde torcer. ¿Que de dónde somos? De Polonia. Tras unos instantes de reflexión: Ah, Polonia; en ese caso no hay inconveniente, un momento, por favor. Y llama a un fedayín que camina solo por la carretera. Entre los dos deciden que éste nos acompañará. Torcemos hacia el mar, nos topamos con un nuevo puesto de control (donde sube al coche un segundo fedayín) y, así acompañados, entramos en Rashidiy.

Rashidiya huele a naranjas y a sangre.

Uno de los obuses ha dado en un camión que transportaba naranjas, y arroyos dorados del fragante zumo fluyen por la calle principal. Cerca, en el umbral de su casucha de barro, está sentado un árabe anciano, callado, petrificado. De lo que ayer era su casa, no queda sino el suelo y un pedazo de pared. De lo que ayer era su familia, no queda nadie. Oh, aquí está la sangre, dice uno de los fedayines mientras señala unas manchas oscuras en el suelo. Más adelante, dispuestas en hileras, hay más casuchas de barro. Aquí y allá, las destrozadas por los obuses, muestran su interior. Armarios reventados, harapos ensangrentados, una tetera en medio de la calle, arrojada hasta allí por la onda expansiva... En una pared, un retrato de Nasser agujereado por un trozo de metralla. En otro sitio, todo se ve cubierto de blancura: es harina desparramada. Más allá, un obús dio en la techumbre de una tienda, pero como al pasar tan alto no destruyó la mercancía, su dueño está sentado de nuevo detrás del mostrador, pasen, señores, pasen y compren.

Pero no hay quien compre. En el lugar no quedan sino los integrantes de un único puesto de fedayines y unos cuantos árabes viejos. La población ha sido evacuada en previsión de nuevos ataques. Evacuada una vez más, una vez más se ha puesto en camino, una vez más sin saber adónde dirigirse. Cada cual, con prisas, se ha llevado lo que tenía a mano, ya una olla, ya una manta, dejando el resto de sus pertenencias. Y ese resto ¡cuán mísero resulta! Mejor dicho, raya en cero: una vieja mesilla de noche, unos harapos mil veces remendados, una muñeca de trapo con una sola pierna...

Rashidiya es uno de los campos de refugiados palestinos en el Líbano, y los campos palestinos son la cosa más triste de cuantas se pueden ver en Oriente Medio. Si recorréis Siria, Jordania o el Líbano, y, admirados por la sosegada belleza del paisaje que os rodea, de repente veis algo que os conmociona, algo que tiene el aspecto de un parche grande y mísero hecho de barro, de hojalata herrumbrosa, de trapos viejos y palos rotos; si veis que, con cada soplo de aire, se levantan por encima de ese parche nubes de polvo incandescente y que en su interior pululan enjambres de niños semidesnudos, de moscas envalentonadas y de perros famélicos mientras los hombres permanecen sentados en el suelo apoyándose contra las paredes en actitud de espera -no se sabe de qué: de cualquier cosa-, es que os halláis ante un campo de refugiados palestinos.

Las estrechas callejuelas de Rashidiya bajan por una suave pendiente hacia el mar. El ataque de ayer vino precisamente de allí: del mar. Por la tarde se acercó al campo una escuadra de cañoneros y abrió fuego empezando un bombardeo que se prolongó durante una hora. El Líbano no tiene armada de guerra, así que los cañoneros pudieron disparar impunemente. Habrían podido disparar durante el día entero, pero la intensidad de los ataques se ve limitada por la política: matar a los suficientes para que a los demás se les quede bien grabado en la memoria, pero no a demasiados, no vaya a ser que en el mundo se levanten voces de condena.

No se sabe muy bien dónde está el límite de las víctimas que el mundo puede digerir. Ayer en Rashidiya murieron doce personas. Un buen número: nada que temer. ¿Y si hubieran sido doscientas? Quizá fuera excesivo. Un comandante cualquiera de un cañonero cualquiera juega con las cartas tapadas, a ciegas, pues no ve a cuánta gente mata; si mata a tanta que no habrá nada que temer o si, por el contrario, se excede exponiéndose a voces de condena.

Pero de todos estos detalles se enterará más adelante por los periódicos.




Ryszard Kapuscinski

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