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El oficinista

Guillermo Saccomanno

Premio Biblioteca Breve. Seix Barral. 201 pp. 18 e.

JOAQUÍN MARCO | 12/03/2010 |  Edición impresa


Guillermo Saccomanno. Foto: Juan González

Con El oficinista, Guillermo Saccomanno (Mataderos, Buenos Aires, 1948) obtuvo el premio Biblioteca Breve 2010. Pero su aterrizaje en España se produjo el pasado año, cuando su novela 77 logró el premio Dashiell Hammett en la Semana Negra de Gijón. En 2001 le fue concedido el Nacional de Novela por El buen dolor (1999) y obtuvo gran resonancia su trilogía sobre la violencia: La lengua del malón (2003), El amor argentino (2004) y 77 (2008). El Biblioteca Breve confirma su trayectoria.

Con El oficinista nos ofrece la perspectiva de un hombre vencido, cuya anodina existencia no se aleja de aquellos funcionarios característicos de cierta narrativa rusa, de un Chejov, por ejemplo. Saccomanno ofrece pistas sobre tal dependencia decimonónica, pero la ciudad innominada en la que transcurre la novela -Buenos Aires- adquiere rasgos del Blade Runner de Ridley Scott (1982). Sacudida por continuas explosiones terroristas, agobiada por bandas adolescentes de drogadictos, parte de la acción discurre entre el metro, el deambular nocturno y la violencia a todos los niveles.

El relato avanza entre símbolos, como los perros clonados, el escritorio vacío o la degradación de la familia del protagonista y narrador en tercera persona. Su asfixiante mundo procede de la herencia kafkiana, obsesiva, irracional. La oficina en la que pasa la jornada laboral y muchas horas nocturnas, porque es el hombre de confianza del todopoderoso jefe. Le pasa los cheques a la firma, pero aquel no deja de ser un símbolo de opresión, del terror al despido, que puede lanzar al empleado al ejército de los mendigos. Pese a disponer de hogar, esposa e hijos, aquélla se ha convertido en un ser opresivo que le humilla y le exige sexo. Pero el eje de la trama consiste en su relación amorosa con la secretaria de su jefe y amante de éste. Será ella quien llevará la iniciativa y entenderá la relación como experiencia sexual, mientras que el oficinista sublima tal relación. El personaje realiza constantes reflexiones que enlazan la narración con el tratamiento existencialista: preocupación por “el otro”, sentimiento de culpabilidad, soledad: “el gran dilema existencial es la memoria” (p. 115). A ello debe sumarse la constante confusión entre realidad y sueño: ¿ficción o sueño dentro de la ficción?

Un profundo pesimismo recorre todas las páginas del relato. Su opinión sobre los guerrilleros tampoco es positiva:”Nadie más peligroso que uno que va de puro, piensa” (p. 106). Las reflexiones sobre el amor parecen extraídas de las tesis de Ortega y Gasset: “En el amor no importa el otro. Importa lo que el otro nos hace sentir. Sin el otro no somos nada”. Saccomanno se sirve de frases cortas, casi minimalistas. Su imaginación es cinematográfica, planos, contraplanos, ambientes, caos. No desdeña el lenguaje coloquial argentino: computadora por ordenador, subte por metro. Practica el loísmo. Y, en ocasiones, la reiteración busca el poema en prosa, como en la p. 124. Los efectos son elementales, no así las reflexiones que procuran trascendencia: “el temor al abandono lo ha enfrentado a la conciencia de otra clase de soledad: la conciencia de lo perdido” (p. 108). Residuo del irracionalismo kafkiano del pasado siglo, se radicaliza en el pesimismo de nuestro tiempo: deja huella.





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