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Barbarie y civilización. Una historia de la Europa de nuestro tiempo

Bernard Wasserstein

Trad: I. Ferrer y C. Milla. Ariel. Barcelona, 2010. 832 páginas, 40 euros

RAFAEL NUÑEZ FLORENCIO | 19/03/2010 |  Edición impresa


Supervivientes del campo de Buchenwald, en abril de 1945

Aunque no todas las historias tienen comienzo definido, en esta ocasión sí puede señalarse el punto de partida: 1914 constituye la clara línea divisoria entre “el mundo de ayer”, por emplear la acuñación popularizada en las memorias de Stefan Zweig, y “nuestro tiempo”, por usar la expresión que aparece en el subtítulo de este apasionante recorrido histórico de Bernard Wasserstein (1948), natural de Londres y profesor de la Universidad de Chicago. Estamos ante un claro exponente de lo que se llama alta divulgación: una obra larga, densa -casi 40 páginas de notas finales-, erudita -varias decenas de referencias bibliográficas-, pero accesible al gran público y hasta amena e incluso absorbente para el aficionado, gracias a la claridad expositiva y maestría sintética que es norma habitual en los profesores anglosajones.

En 1914 Europa despierta de un sueño tranquilo -sin duda mitificado a posteriori- y se asoma al abismo de lo desconocido, primero con entusiasmo inconsciente y luego, cuando ya no tiene remedio, con creciente horror. Los europeos entran abruptamente en un escenario dantesco, cuatro interminables años en los que millones de hombres se sumergen “en un mundo de pesadilla formado por barro, alambre de espino, sacos de arena y el peligro permanente de muerte o mutilación” (p. 72). El ambiente que hallan al cesar las hostilidades no es, sin embargo, mucho mejor. Los tratados de 1919 no traen la paz sino una pausa ominosa y la Sociedad de Naciones aparece desde el principio “maniatada por debilidades institucionales y realidades internacionales”. Hasta en los países más civilizados (Italia, Alemania) surgen “embaucadores” que lideran a las masas descontentas a una nueva fase de incertidumbre. Sólo en ese contexto, dice Wasserstein, puede entenderse a una “figura anómala” como Hitler, “producto de unos tiempos profundamente desarticulados” (p. 178).

Aunque el autor se atiene sobre todo a los datos, entra poco en los debates interpretativos y menos aún en las teorías políticas, utiliza la acuñación de Carl Schmitt sobre el carácter “policrático” del nacionalsocialismo para explicar la implicación de las elites alemanas en una dinámica criminal sin retorno. Frente al nazismo, la otra gran ideología totalitaria -el comunismo estaliniano- se presenta, lejos de “un paralelismo falso”, como una derivación aberrante del “milenarismo utópico propio de los elementos más ilustrados del pensamiento europeo”. Distintos, pues, por “sus orígenes y aspiraciones”, ambos coinciden en “fuerza bruta y matonería” y cuando se desatan las ambiciones territoriales, el resultado es la “espiral hacia la guerra”. Un enfrentamiento que supone “una caída sin precedentes en la barbarie organizada” (p. 314). Las magnitudes habituales no sirven ya para dar cuenta de la muerte y destrucción que cubren el viejo continente como en la peor de las proclamas apocalípticas.

La Europa que sale de la guerra es un mundo escindido entre un oeste que, con algunas excepciones (como España), goza de libertad y accede a una relativa bonanza económica y un sector oriental con perspectivas más sombrías, pues un pesado “telón de acero” deja a los países al este de Berlín bajo la implacable bota soviética. Una dualidad que no hará más que acentuarse en las décadas siguientes, hasta tal grado que la aspiración al pleno Estado del bienestar de unos apenas tiene equivalente en la escueta aspiración de los otros a recobrar simplemente soberanía y libertad (Hungría, 1956). Del mismo modo, la rebelión juvenil de los “felices 60” se quedará en el otro lado en revuelta aplastada y frustración (Praga, 1968), hasta que la caída del Muro (Berlín, 1989), “el acontecimiento político más decisivo de la segunda mitad del siglo XX en Europa” (p. 625), posibilite una gran oleada revolucionaria por los países del este, una nueva “primavera de las naciones”. En definitiva, una transformación radical del mapa político europeo y con ella un nuevo horizonte de concurrencia e integración.

La realidad, sin embargo, como subraya Wasserstein, no se deja atrapar por categorías esquemáticas. Lejos de despejar problemas estructurales y colmar viejas aspiraciones, la caída del comunismo y la recuperación de las libertades no pasan de ser alegrías efímeras. Tras la euforia inicial, la nunca teorizada transición de un régimen colectivista al libre mercado lleva a las naciones del “socialismo real” a la crisis económica y al desconcierto político, hasta el punto de que cabe hablar en bastantes procesos de una cierta involución (p. 669). Más concretamente, en el avispero europeo durante todo el siglo XX, los Balcanes, la disolución de antiguas fronteras nos retrotrae a escenas de crueldad masiva que creíamos superadas. La inestabilidad crónica de la zona permite vislumbrar una simetría macabra entre el principio y final de siglo. Mientras tanto, Europa occidental se ha embarcado en otro tipo de “revoluciones” (la era Thatcher). Más importante, las barreras de prosperidad entre una y otra parte de Europa no acaban de superarse.

El balance, entrados ya “en el nuevo milenio”, es por tanto agridulce. Si nos atenemos a las estadísticas, la Europa del siglo XXI es un mundo que apenas tiene nada que ver con el de 1914. Colegir de ello que ha triunfado la civilización sería más un ejercicio de cinismo que de voluntarismo. Un simple recuento de los campos de concentración, los bombardeos de ciudades inermes o las víctimas de la violencia terrorista -es decir, un repaso a nuestra historia reciente- nos conduce a “reconocer la barbarie profundamente arraigada en el corazón de nuestra civilización” (p. 724). Conviene advertir no obstante que este tipo de valoraciones no conforman el carácter del libro, sino que más bien constituyen la nota excepcional. Wasserstein pretende que los hechos hablen por sí mismos y no incurrir en interpretaciones que pudieran tildarse de parciales. Como resultado de ello, el tono preponderante es frío, casi nunca vehemente o combativo. Con todo, el lector español encontrará algunas imprecisiones chocantes en las referencias a España, algo casi inevitable en un volumen de estas características y que no llega ni mucho menos a empañar una obra que maneja de manera solvente una sólida documentación y consigue plenamente su propósito de trazar un cuadro sintético de la Europa de nuestro tiempo.


Bárbaros civilizados y viceversa
Desde tiempo inmemorial, la escabechina es una actividad frecuente de la especie humana. Básicamente consiste en derramar mediante el uso de determinados utensilios la mayor cantidad posible de sangre ajena. Dicha acción suele ir acompañada de destrozos, cuyas proporciones varían según el plan y los ingenios de destrucción empleados. La tradición distingue dos tipos de escabechinas: la bárbara y la civilizada. El germano vestido con pelambre de oso cometía un acto de barbarie cuando pegaba fuego a una colonia romana. En cambio, el romano con su túnica purpúrea representaba a la civilización cuando pegaba fuego a unas cabañas abarrotadas de nativos germanos. Al parecer la coincidencia de métodos, objetivos y resultados no obliga a equiparar ambas acciones. ¿Dónde acaba la barbarie y empieza la civilización? Cuando Harry Truman acude a principios morales para justificar las bombas (prodigios científicos) sobre Hiroshima y Nagasaki, ¿es bárbaro o civilizado? Fernando Aramburu


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