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Viernes, 25 de abril de 2014
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Augusto Monterroso. Premio Príncipe de Asturias de las Letras

"No sé cómo se hace un cuento"

Augusto Monterroso repite con frecuencia de sí mismo que es “tan chiquito que no le cabe la menor duda”. Tampoco demasiadas certezas. Por ejemplo, sí cree en la literatura como arte y en la política como acción. En sus amigos, muchos de ellos jóvenes escritores que le reconocen como maestro. En la brevedad a la hora de contar una buena historia. Acaso por todo ello, pasado mañana recibe el premio Príncipe de Asturias de las Letras en reconocimiento además a su “ejemplar trayectoria y la extraordinaria riqueza ética y estética de su obra”.


NURIA AZANCOT | 25/10/2000 |  Edición impresa


A pesar de saberse enemigo acérrimo de las entrevistas, Augusto Monterroso (Tegucigalpa, 1921) se presta a conversar con la paciencia y el ingenio del mejor de sus personajes. Conoce el periodismo y sus prisas, e incluso confiesa haber sentido tentaciones de escribir en Prensa sobre asuntos de actualidad. Sin éxito. Cuando lo ha intentado ha revisado tanto lo escrito que al acabar era ya más historia que actualidad. Pero hoy la actualidad es él. Está a punto de llegar a España junto a su esposa, Bárbara Jacobs, con la que preparó la Antología del cuento triste.

-Esta semana recibe el premio Príncipe de Asturias de las Letras. ¿Puede anticiparnos el contenido de su discurso? ¿Qué le parece recibir un premio que han obtenido Juan Rulfo, Uslar Pietri, Vargas Llosa o Carlos Fuentes?
-Preferiría no hacerlo, por respeto a quienes lo tendrán que escuchar en la ceremonia de entrega. En cuanto a lo segundo, por supuesto que me siento muy contento y honrado de unir mi nombre al de estos grandes escritores y amigos míos. Es el reconocimiento a tantos años de persistencia literaria.

Cuestión de temperamento

-El ganador del año pasado fue Gönter Grass, con el que comparte usted una evidente preocupación por la ética, por el hombre de nuestro tiempo, pero ¿cree que aún es necesario que el escritor tome partido o la literatura debe permanecer al margen? ¿Debería ser útil en la lucha política?
-Pienso que todo escritor es libre de involucrarse o no en los problemas del hombre de su tiempo, vale decir en la política. Es cuestión de temperamento, hasta de vocación. Y ha habido escritores que han puesto su vida y su obra al servicio de las causas en las que han creído, con admirable espíritu de sacrificio. Yo, en lo personal, he hecho un deslinde entre literatura y política y pretendo no mezclarlas: la literatura como arte y la política como acción. Siempre lo tuve muy claro y la acción la ejercí en la clandestinidad y en las calles luchando abiertamente contra la tiranía que me tocó vivir; pero cuidé mucho no confundir esto con mi vocación literaria. En ocasiones la tentación fue muy fuerte y escribí cosas con determinado tinte político; pero me ocupé de que en todo caso en esos escritos predominara el valor artístico sobre el político.

-La literatura iberoamericana parece estar en un gran momento: ¿Tienen razón los que afirman que asistimos a un nuevo boom? ¿cuáles son los autores jóvenes latinoamericanos que lee?
-La literatura latinoamericana ha estado siempre en un gran momento; pero existe la desdichada circunstancia de que el éxito, como producto de la desaforada comercialización que se desató durante el último medio siglo, hace que se conozca muy poco a una gran cantidad de autores tan excelentes que todo se les dificulta. Es un pecado de nuestra época. En cuanto a los escritores jóvenes actuales, resulta que muchos son amigos míos y no podría mencionar a unos sin dejar de lado injustamente a otros igualmente destacados.

Apasionado de los clásicos, a los que se aficionó a muy temprana edad, ha reconocido que: “El joven les puede agarrar el gusto acercándose a ellos. Yo lo tuve que hacer por necesidad, porque no tenía dinero, era de una familia que había sido acomodada, pero se convirtió en pobre. Viví una infancia con muchas dificultades económicas y tuve que trabajar desde los dieciséis años en trabajos muy duros; no estudié una carrera universitaria, me eduqué sólo. Eso me llevó a la biblioteca, que como toda biblioteca pobre sólo tiene libros buenos. No me quedó otra que aficionarme a ellos. Ahora lo veo como una suerte, pero casi también como una maldición, porque nunca he podido dejar de leer los clásicos; otros no me satisfacen mucho. Hago el esfuerzo, porque tengo que ponerme al día, pero vuelvo a lo que más me gusta. Claro que hay una gran literatura, Baudelaire en Francia, o James Joyce en Inglaterra, pero resulta que esos también son clásicos aunque en otra época”.

Géneros favoritos

-Ha cultivado el cuento, la fábula, el ensayo, pero ¿cuál es su género favorito? ¿Por qué salta tanto de un género a otro?
-Esos son mis tres géneros favoritos, pero en la actualidad me he dedicado más al ensayo, el ensayo personal, se entiende, aquel en que se toma un tema cualquiera y uno expresa en él su pensamiento (cuando cree tenerlo) y hasta sus emociones en ese momento, pero sin ánimo de demostrar nada ni de convencer a nadie sobre cualquier punto. Lo prefiero por libre y porque no está de moda. En el pasado salté de un género a otro, pero ahora estoy firmemente en éste y un tanto en el de las memorias, que trabajo a ratos.

Secretos del buen cuento

-Decía Faulkner que el fin del escritor es reducir la esencia de la vida a una frase: ¿cree que lo ha conseguido?
-Y parece que Faulkner lo logró precisamente con esa frase.

-Y Monterroso, con el cuento más breve del mundo, “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, que ha dado pie a más de una anécdota, desde la de la admiradora que “iba por la mitad” a la de las metamorfosis sufridas por el animal. Así, Vargas Llosa, al citarlo, lo transformó en unicornio, y Carlos Fuentes, en cocodrilo. Aunque también ha habido quien lo ha convertido en hipopótamo, rinoceronte y dragón, algo que divierte enormemente al escritor guatemalteco, nacido en Honduras por azar.

Maestro del cuento breve, Monterroso explica lo de la necesaria brevedad de la mejor manera. Obligada, en su caso, pues se trata de un relato titulado “Brevedad”: “Con frecuencia escucho elogiar la brevedad, yo mismo me siento feliz cuando oigo repetir que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Sin embargo en la sátira 1, Horacio se pregunta o hace como que le pregunta a Mecenas, por qué nadie está contento con su condición, y el mercader envidia al soldado y el soldado al mercader. Recuerdan ¿verdad? Lo cierto es que el escritor de brevedades nada anhela más en el mundo que escribir interminablemente largos textos, largos textos en que la imaginación no tenga que trabajar, en que hechos, cosas, animales y hombres se crucen, se busquen o se huyan, vivan, convivan, se amen o derramen libremente su sangre sin sujeción al punto y coma, al punto. A ese punto que en este instante me ha sido impuesto por algo más fuerte que yo, que respeto y que odio.”

-¿Cuáles son los ingredientes de un buen cuento?
-Una acción, por mínima que sea; todo lo demás son imponderables que pueden desatar
teoría tras teoría para al final llegar a la conclusión de lo que no sabemos.

El arte verdadero

-¿Qué cree que le dirían sus personajes si le salieran al paso, se quejarían como en uno de sus relatos en el que los criticados visitan un día a un Fabulista para quejarse “de él (fingiendo alegremente que no hablaban por ellos sino por otros), sobre la base de que sus críticas no nacían de la buena intención sino del odio. Como él estuvo de acuerdo, se retiraron corridos”?
-Los de Pirandello se le quejaban; es probable que ningún personaje esté contento con la forma en que se le trata. Como en la vida misma.

-Dice que un buen cuento siempre será un cuento triste: ¿Tiene razón Sábato cuando asegura que el arte verdadero siempre es trágico?
-La mayoría de los buenos cuentos son tristes; pero el arte verdadero nunca es trágico sino una alegría y un gozo. Por eso vamos en busca del arte verdadero. Por qué en ocasiones nos hace llorar ya es otra cosa.

-¿Qué importancia tiene el humor en su vida y en su obra?
-La que tiene para todo el mundo. En la gran literatura siempre está el humor, pero qué importancia tenga en una obra queda para los críticos, o estudiosos, o simples lectores.

-Usted ha hablado del miedo a escribir: ¿cómo lo vence?
-La única manera de vencer el miedo a hacer algo es haciéndolo. En realidad siempre he vencido el miedo a escribir pensando que luego viene el de publicar.

Pero a veces, ni siquiera hace falta interrogar a Monterroso ni pedirle, por ejemplo, algunos consejos para narradores primerizos. Una de sus máscaras, el escritor Eduardo Torres, es autor de un Decálogo del escritor con doce mandamientos “con el objeto de que cada quien escoja los que más le acomoden, y pueda rechazar dos, al gusto”, en el que se puede leer: “Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor”. Claro que también proclama, con ironía: “Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de esas dos únicas fuentes”.

-En Los buscadores de oro recreó su infancia. ¿Habrá una segunda parte?
-Después de Los buscadores de oro me propongo una segunda parte que contendrá mis años de adolescencia, es decir, los años formativos en que me decidí a ser escritor y los acontecimientos que me indujeron a actuar en la vida cívica de Guatemala, lo que me condujo a mi primer exilio en México.

[Aunque no se considera político, se exilió de Guatemala en 1944 por su oposición a la dictadura de Jorge Ubico Castañeda. Volvió diez años más tarde, en un oasis democrático, pero, tras un nuevo golpe de estado y después de recalar en Santiago de Chile, donde colaboró con Neruda, regresó, ya para quedarse a México. Era 1956].

-Hace unas semanas, Alfredo Bryce Echenique reflexionaba sobre una expresión acuñada por usted, “volvedera”, para explicar lo que siente un escritor hispanoamericano cuando abandona Europa: ¿por qué no explica cuáles son sus síntomas y si se tarda mucho en reponerse?
-Nunca acuñé yo esa expresión, tal vez porque nunca viví largo tiempo en ningún país de Europa, ni como exiliado ni como simple residente. ¿No será más bien de mi amigo Bryce Echenique?

Un día más

-¿Cómo es un día en la vida de Augusto Monterroso?
-Es uno más en la vida de un escritor que se resiste a escribir, lee autores clásicos lo más que puede, teme oír el timbre del teléfono, mira las nubes, espera con impaciencia la hora de tomar un poco de vino, se preocupa por sus hijos y sus nietos, escucha música, y disfruta grandemente el amor y la compañía de su mujer.

-Usted apela por la brevedad en sus textos y reflexiona sobre la condición humana a través del humor y la sátira. Sin embargo, también hay un Monterroso de estructuras complejas, narraciones extensas, diversidad de recursos y que habla de lo humano no sólo mediante la sátira, sino a partir de la tristeza y el dolor. ¿Podría detallarnos cuál ha sido su evolución?
-Empezaré por lo último. En ese, o en todos esos aspectos, no siento que haya habido una evolución. Ha habido, sí, cambios en cuanto a la forma de mis cuentos y textos en general; pero creo que ese humor y ese dolor de que me habla han estado siempre presentes desde que comencé a escribir, es decir, desde que mi relación con los demás me enseñó cuánto de ambos elementos había, y hay, en quienes me rodeaban y en mí mismo. Por otra parte, literariamente hablando, en la búsqueda de la no repetición de estilos y formas, o de una mayor profundidad, creo que efectivamente he llegado a ciertas complejidades estilísticas y de sentido de que la crítica no se ha ocupado hasta ahora, quizá distraída por la brevedad y la concisión como virtudes que me hace el favor de señalarme.

-Cada nuevo libro de Augusto Monterroso, por lo que tiene de tradición y de ruptura o de tradición de la ruptura, invita a una redefinición de su escritura. ¿En qué punto se encuentra ahora?
-Me encuentro, a estas alturas, en el mismo punto en que empecé: en el punto de la duda de cómo será lo que venga en cuanto a forma, intención y significado. No he experimentado nunca la sensación de saber cómo se hace un cuento o un ensayo, y tal vez por eso me he atrevido a decir que la experiencia literaria no existe. Esto puede ser duro para el escritor; pero quizá bueno para la literatura.




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