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Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades

Martha C. Nussbaum

Traducción de M. V. Rodil. Katz, 2010. 200 pp., 16'50 e.

MANUEL BARRIOS | 26/11/2010 |  Edición impresa


Martha C. Nussbaum

En medio de la actual situación de extendida crisis económica, resulta provocador un planteamiento como el de la prestigiosa filósofa y profesora de Ética y Derecho de la Universidad de Chicago, Martha C. Nussbaum (Nueva York, 1947), que considera que la verdadera crisis que vienen padeciendo las sociedades democráticas desde hace décadas, sin advertir su verdadero alcance y dimensiones, y que puede llegar a ser letal para ellas, es una crisis mundial en materia de educación. Se refiere Nussbaum al creciente descuido de los estudios humanísticos en los programas de los distintos niveles de enseñanza, ya que las políticas estatales han preferido fomentar la rentabilidad a corto plazo mediante el cultivo de capacidades utilitarias y prácticas que producen un beneficio económico directo.

El referente polémico de este libro es, por tanto, un estado de cosas que tiene su traducción europea, a nivel universitario, en el llamado proceso de Bolonia, motor principal de una reconversión orientada por los nuevos mercados del saber, donde las humanidades se han visto obligadas a recortar sus perfiles más específicos, hasta el punto de que las Facultades de Filología corren el peligro de acabar transformadas en institutos de idiomas, las de Geografía e Historia en institutos de gestión del patrimonio y del turismo cultural y las de Filosofía en escuelas de autoayuda y otras artes del buen vivir.

Nussbaum se remite sobre todo al mundo estadounidense, con el informe de la Comisión Spellings del gobierno Bush sobre el futuro de la enseñanza superior como ejemplo palmario de esta deriva, centrada por completo en la educación para el beneficio económico nacional; pero también al caso de la India, país en el que ha realizado numerosos estudios sobre el desarrollo global en el ámbito educativo y donde esta tendencia a fomentar el conocimiento con fines de lucro se presenta en forma aún más agudizada.

De vuelta a las tesis de su libro El cultivo de las humanidades (1997) e inspirándose en las ideas del pensador indio Rabindranath Tagore y del filósofo estadounidense John Dewey, Nussbaum defiende la importancia prioritaria de las artes y humanidades como disciplinas transmisoras de cualidades esenciales para la vida misma de la democracia, así la imaginación, la creatividad, la capacidad de empatía y el pensamiento crítico. Frente a una mera educación para la renta, se precisa una educación para la democracia; sin comprensión empática del otro, no hay base para una sociedad tolerante; sin una pedagogía socrática que enseñe a argumentar, no hay discusión racional; sin un aprendizaje activo como el promovido por Dewey, no hay ciudadanos comprometidos, abiertos y cosmopolitas, capaces de analizar críticamente la realidad en la que viven...

Es difícil no estar de acuerdo con Nussbaum en la defensa clásica de las humanidades. Pero, como ellamisma reconoce, su texto es “más un manifiesto que un estudio empírico”, y esto es justamente lo que se echa de menos en la mayoría de los posicionamientos a favor de una cultura humanística: un examen más realista de las profundas transformaciones experimentadas ya desde hace tiempo en el interior de este vasto campo del saber, diseminado hoy en múltiples espacios extra académicos que necesariamente inciden en sus espacios tradicionales, lo cual exige redefinir su vigencia, el sentido y límites de su presunta inutilidad, así como el de su ideario formativo. Dicho ideario puede recuperar del ideal clásico de Bildung (“formación cultural”) su entronque con el programa ilustrado de una educación pública, pero no puede aspirar ya a la altiva y bien nostálgica distancia de unas disciplinas exquisitas al margen de la sociedad de masas. Las alusiones puntuales de Nussbaum a un humanismo del pasado y al apoyo económico de filántropos generosos no se compadecen con lo más interesante de su propuesta, donde el valor de las humanidades para la educación no se cifra tan sólo en los referentes clásicos, sino también en esos nuevos estudios de género, postcoloniales y de crítica cultural, que han sabido recoger la estela del impulso emancipatorio moderno y revitalizarlo.





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