Joaquín MARCO | Publicado el 04/02/2011 | Ver el número en PDF
La obra de Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953-Barcelona, 2003) es como el ave fénix, y su inacabada Los sinsabores del verdadero policía resulta un auténtico volcán literario, en el que sus lectores descubrirán personajes que aparecieron ya en anteriores novelas o relatos, aunque pueda leerse como pieza exenta y casi finalizada. Tiene razón Masoliver Ródenas cuando afirma en su prólogo que esta conciencia de la muerte, de escribir como un acto de vida, es parte de la biografía del escritor chileno, condenado a una escritura contrarreloj e ilimitada. Algunas características las desvela el propio autor, no sin servirse del humor, en una carta de 1995: un enredo demencial que no hay quien lo entienda. Pero la novela se entiende y admite, dado el carácter fragmentario habitual que adquieren sus textos, si se asume que el verdadero detective -Bolaño siempre atento a esta actividad en ocasiones tildada de salvaje- corresponde al propio lector o a un Bolaño escritor y lector, a la vez, que demanda de cómplices, como hiciera en su día Cortázar. Esta nueva novela de novelas debe entenderse como literatura derivada de su propia literatura y complacerá a los numerosos lectores que lo convirtieron en escritor de culto y a otros que pueden deleitarse ignorando todavía el resto de su producción que ocupa un primer plano en la actual literatura latinoamericana desde poco antes de su fallecimiento. Ya Carolina López en la coda final admite que en una séptima carpeta figuran materiales pertenecientes a otro proyecto inacabado. Siempre, sin embargo, ante obras póstumas cabe entender, como aquí, que los cambios y correcciones efectuados han sido los mínimos imprescindibles. Será ya tarea para los filólogos de mañana, si logran disponer de los materiales y, por el momento, hay que admitir la eficacia de su actual agente Andrew Wylie y la asesoría de Cora Munro.