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Miércoles, 23 de julio de 2014
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Primavera silenciosa

Rachel L. carson

Crítica, 2001. 257 págs., 2.500 ptas. Niles Eldredge: La vida en la cuerda floja. Trad. J. Ros. Tusquets, 2001. 277 págs., 3.000 ptas.

La toma de conciencia de los peligros que entraña el deterioro de la naturaleza está marcada por la publicación de este libro de Rachel Carson, “Una llamada a luchar contra el impacto humano sobre el planeta” según Eldredge, autor del segundo libro comentado


JOSÉ JAVIER ETAYO | 16/05/2001 |  Edición impresa


Adviértese hoy una seria preocupación, cada vez de mayor amplitud, por el futuro de la vida en nuestro planeta: deterioro ambiental, alteraciones de la naturaleza, agresiones a su entorno, irrecuperable en su mayor parte, hacen temer que esté ya en marcha la sexta extinción masiva de muchas especies, rompiendo el equilibrio que tras millones de años se había alcanzado. Un equilibrio que la naturaleza misma iba regulando pero que en la segunda mitad del siglo XX ha sido brutalmente vulnerado por la acción del hombre.

Tal vez la toma de conciencia de este cambio y de los peligros que entraña esté marcada por la publicación en los comienzos de los 60 del libro de Rachel Carson que hoy se presenta en español: “Una llamada conmovedora a lucha contra el impacto humano sobre el planeta, y lo que puede hacerse al respecto”, dice N. Eldredge, autor del segundo libro comentado.

En efecto, desde su atalaya del Servicio de Pesca y Vida Silvestre, en Estados Unidos, arremete Carson contra el empleo de plaguicidas, especialmente el DDT, que ha producido inmensos daños no ya en toda vida vegetal o animal interconectada con ella: los insecticidas y herbicidas con contaminaron también el mantillo, el agua, los alimentos, dejan yermos ríos y bosques y los jardines silenciosos y sin pájaros.

Desplegando ante nosotros una abundantísima documentación sobre los efectos nocivos producidos por fumigaciones químicas en distintas localidades y terrenos, el libro propugna medios mejores para el control biológico de las especies perjudiciales, como puede ser enfermándolas con distintos virus o bacterias específicas sin violentar el equilibrio natural, un equilibrio fluido, mudable y en estado de permanente reajuste.
No piense el lector que el libro sea sólo esa seca enumeración y crítica de casos provocados por las pulverizaciones de pesticidas que la autora denuncia y deplora. Su amor a la naturaleza se percibe en invocaciones casi poéticas cuando habla, por ejemplo, de los olmos rociados para combatir una plaga de escarabajos: “Todos lo que comen en las copas de los árboles, los pájaros que cazan los insectos de las hojas, han desa-parecido; entre ellos esos espíritus de los bosques que son los reyezuelos, los delgados hormigueros, los petirrojos, los moñudos rojos y los dorados y muchos de los herreruelos, cuyas hordas inmigrantes vuelan como un río multicolor de vida, y el clarín de la selva cuya llamada vibra en los bosques, el pardillo, cuyas alas tienen una pincelada roja, el paro carbonero, el canadiense y el verderón de cuello negro”. Como comenta Eldredge, “un sentimiento y no solo la comprensión intelectual, de pertenecer todavía al mundo natural impregna sus palabras cuando ya en el título mismo de su libro nos pedía que considerásemos cómo sería la primavera sin los cantos de los pájaros y el zumbido de los insectos”.

También él, en el segundo de los libros, hace un cántico a lo que debió de ser nuestra primera patria antes de ser violentada por el sedentarismo y la agricultura, es decir, por la civilización: un panorama que él encuentra en el delta del Okavango, en el áfrica Oriental, reliquia fantástica de nuestros paisajes ancestrales.

Cambios climáticos, modificaciones del medio y la misma acción del hombre han hecho que muchas especies que perdieron su hábitat se extinguieran si no fueron capaces de desplazarse o adaptarse al nuevo ambiente. Nuevas especies las sustituyen y los ecosistemas, que se han transformado con la expansión de una forma de hábitat a expensas de otra, vuelven a ensamblarse después de que la perturbación causante de aquella alteración desaparece o se estabiliza. ¿Por qué, entonces, censurar la obra del hombre? Precisamente porque evoca un cambio tan rápido que, más que desplazar los sistemas, los destruye. La misma invención de la agricultura modificó la relación entre los humanos y los demás seres vivos, desmontó los sistemas originales e hizo saltar la tapa de la regulación natural de la población humana.

Naturalmente -dice el autor- esto no es en sí una cosa mala: todos los logros de la civilización derivan de la adopción de la agricultura; pero el ser humano tiene un impacto cada vez más devastador sobre los sistemas ecológicos y medioambientales de cuya integridad depende y es necesario encontrar un equilibrio entre nosotros y el resto de la naturaleza para seguir existiendo. El impacto negativo que inició la agricultura se aceleró y exacerbó con la revolución industrial, el crecimiento demográfico y la desigual distribución de la riqueza y de las pautas de consumo. ¿Qué puede pasar? Eldredge no lo sabe, ve que hemos llegado a esa situación sin pretenderlo, diseñando cada vez mejores inventos para ganarnos la vida: “Por ello pienso que, si hemos llegado a este estado tan elevado como preocupante gracias a nuestro propio ingenio, es seguro que seremos lo bastante inteligentes para decir ¡basta!, para estabilizarnos, para encontrar el equilibrio”.

Me gustaría que quedara flotando, como resumen de libros tan sugestivos, esta pequeña nota de moderado optimismo.




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