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Viernes, 29 de agosto de 2014
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La resistencia

Ernesto Sabato

Seix Barral. Barcelona, 2000. 125 páginas, 1.600 pesetas

El nuevo milenio que Sabato augura está teñido de negros nubarrones. He aquí un legado que, se nos repite, nace cuando “la muerte está vecina”. Parece un libro tan necesario como definitivo


JOAQUÍN MARCO | 27/09/2000 |  Edición impresa


Ernesto Sabato, por Gusi Bejer

Pocos escritores contemporáneos en lengua española poseen un crédito moral equiparable al de Ernesto Sabato. No sólo por las circunstancias vitales que le llevaron de la ciencia a una exigente literatura, sino por la parquedad de su obra, en la que ha buscado siempre lo esencial, al margen de la ansiada comercialidad de algunos de sus contemporáneos. Incluso en su escasa obra narrativa optó por el pensamiento, la reflexión filosófico- moral. Nunca se alejó en exceso de Sartre, Camus y del existencialismo en general. El autor de El túnel y Sobre héroes y tumbas se inició como ensayista a una edad ya madura y sus libros fueron escasos: El escritor y sus fantasmas (1963), Apologías y rechazos (1979), Uno y el Universo (1981) y el que ahora comentamos. La resistencia está formado por cinco cartas dirigidas a los lectores, pero en cada una de ellas figuran diversos temas, tratados con brevedad y desde el pesimismo radical que caracteriza al escritor argentino, aunque no le impida defender la naturaleza humana y su entorno, porque se muestra como radical ecologista.

Nacido en 1911, sus textos -meditaciones, algunas páginas de creación literaria, reflexiones sobre temas trascendentales- proceden de un escritor que las dicta desde el borde de una orilla: “podría haber muerto inesperadamente y no habría sido como hoy, en que la muerte me va tomando de a poco, cuando soy yo quien me voy inclinando hacia ella. [...] Su llegada no será una tragedia como hubiese sido antes, pues la muerte no me arrebatará la vida: ya hace tiempo que la estoy esperando”.

Desde este punto de partida, el escritor combate contra la resignación, se manifiesta contra la televisión, reflexiona sobre su idea personal de Dios, la condición del hombre y el humanismo que profesa, defiende a los humildes, cita con frecuencia a Gandhi, recuerda algunos instantes de su existencia, rememora Salta, y el viejo y ya perdido Buenos Aires; defiende la democracia, el arte, especula sobre el destino. Cada una de las cartas contiene un cúmulo de temas e ideas que brotan desde circunstancias vitales que, en ocasiones, también nos transmite. Nos revela interesantes detalles sobre el origen de su obra y las circunstancias en las que se manifiesta su quehacer artístico: “El arte fue el puerto definitivo donde colmé mi ansia de nave sedienta y a la deriva. Lo hizo cuando la tristeza y el pesimismo habían ya roído de tal modo mi espíritu que, como un estigma, quedaron para siempre enhebrados a la trama de mi existencia. Pero debo reconocer que fue precisamente el desencuentro, la ambigöedad, esta melancolía frente a lo efímero y precario, el origen de la literatura en mi vida”.

Sus confesiones deben entenderse como reveladoras; parten de un hombre que aconseja, estigmatiza, profetiza, mira hacia un futuro que ya no le pertenece. Y lo hace con la entera libertad que le dan su edad y una probada trayectoria de compromiso con su propia obra; no sólo con su pueblo, pese a haber recibido toda suerte de amenazas al convertirse en cronista de la cruenta represión militar argentina. Se manifiesta exigente consigo mismo y lúcido en los autoanálisis. Sus observaciones sobre la sociedad en la que hoy vive son desoladoras: “Esta crisis no es la crisis del sistema capitalista, como muchos imaginan: es la crisis de toda una concepción del mundo y de la vida basada en la idolatría de la técnica y en la explotación del hombre. [...] Es innegable que esta sociedad ha crecido llevando como meta la conquista, donde tener poder significó apropiarse y la explotación llegó a todas las regiones posibles del mundo”.

Sus ideas sobre la miseria que soportan dos tercios de la Humanidad pueden parecer radicales, pero responden a una concepción ética y racional.

La salvación sólo la entiende gracias a la resistencia de cuantos hacen el bien, viven conforme a sus ideas, defienden la Naturaleza, se preocupan por los demás: “Como ya lo he afirmado, el ser humano no podría sobrevivir sin héroes, santos y mártires porque el amor, como el verdadero acto creador, es siempre la victoria sobre el mal”. No cabe duda de que Sábato escribe en ocasiones desde la nostalgia de un ayer que parecía más comprometido. De ahí que defienda todavía valores que están representados por el existencialismo al que nunca ha renunciado. Aparece también en su obra narrativa. Y en estas páginas podemos advertir algún diálogo con alguno de sus entes de ficción, como parte de una realidad cotidiana.

El libro posee también valores entrañables, como el recuerdo de su madre o la dramática reflexión sobre la soledad de los ancianos. Admitirá que hay algo sagrado en el ser humano, lo que permite un resquicio para la salvación: “Unidos en la entrega a los demás y en el deseo absoluto de un mundo más humano, resistamos. Esto bastará para esperar lo que la vida nos depare”. Tales textos no constituyen un sistema coherente, ni lo pretenden. A menudo, por su estructura, se asemejan al último Juan de Mairena, de Machado. Pero Sabato apenas sí se aleja de las coordenadas del cristianismo. El mundo en el que vive y en el que vivimos es distinto del de la España de los años treinta, pese a que los interrogantes de los seres humanos siguen siendo los mismos desde hace siglos en Occidente. El nuevo milenio que Sabato augura está teñido de negros nubarrones. Con un lenguaje preciso, sin elucubraciones excesivas, desde el espíritu, Sabato nos advierte y nos transmite sus experiencias y lecturas. He aquí un legado que, se nos repite, nace cuando “la muerte está vecina”. Parece, una vez más, un libro tan necesario como definitivo.




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