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Hammerstein o el tesón

H. M. Enzensberger

Trad. de Daniel Najmías. Anagrama. Barcelona, 2011. 384 páginas, 19'50 euros

RAFAEL NARBONA | 27/05/2011 |  Edición impresa


H. M. Enzensberger. Foto: Carlos Miralles

El fantasma de la culpabilidad colectiva sigue abrumando a Alemania. Durante los doce años de gobierno nacionalsocialista, apenas existió una oposición organizada. Sólo unos pocos nombres testimonian la resistencia de una exigua minoría: los hermanos Scholl, Dietrich Bonhoeffer, Karl Barth, Sebastian Haffner. No conviene olvidar que Stauffenberg y el resto de los conjurados en el atentado del 20 de julio apoyaron a Hitler en sus inicios, participando activamente en las agresiones contra otros países. Sólo la derrota en la Unión Soviética les hizo plan- tearse la necesidad de terminar con un gobierno que jamás ocultó sus intenciones genocidas. Apenas consiguió el cargo de canciller, Hitler se reunió con los generales de los tres ejércitos y les comunicó sus planes: aniquilar el marxismo, deportar a los judíos, invadir Europa, expulsar de sus tierras a los pueblos eslavos, liquidar los restos de la República de Weimar y consolidar un Estado totalitario, sin reconocer más derechos que la fuerza y la raza. Nadie manifestó su desacuerdo, pero el barón Kurt von Hammerstein-Equord, jefe del Alto Mando, experimentó una profunda repugnancia interior, que se acentuó al conocer el incendio del Reichstag. “Sin duda han sido ellos”, exclamó indignado. Su falta de simpatía hacia la nueva Alemania no pasó inadvertida. El propio mariscal Hindenburg le comunicó por escrito el retiro forzoso, adjuntado una fotografía suya como prueba de su afecto. Hammerstein rompió la fotografía y profetizó una catástrofe militar, política y moral. El tiempo le dio la razón, pero un cáncer le impidió asistir al ocaso del Tercer Reich, terrible, sórdido y nada wagneriano. Murió el 23 de abril de 1943. La ceremonia fue discreta y la familia se negó a que la bandera nacionalsocialista cubriera el ataúd. La periodista Ursula von Kardoff, que había perdido a un hermano en el frente , escribió: “No he conocido a muchos hombres que estuvieran tan abiertamente en contra del régimen, y sin ninguna cautela, sin ningún temor. Es asombroso que nunca lo arrestaran”.

Hammerstein no hizo ninguna clase de proselitismo entre sus hijos, pero es indudable que su temperamento influyó en ellos. Helga, Maria Theresa y Maria Luise se comprometieron en mayor o menor medida con el antifascismo, llegando en algunos casos a establecer relaciones sentimentales con judíos o realizando trabajos de espionaje para el Partido Comunista. Los hijos varones -especialmente Kunrat- colaboraron de forma discreta en la conspiración del 20 de julio. A pesar de las raíces aristocráticas y la pureza germánica, Maria Hammerstein, esposa del general, nunca mostró apego por los valores tradicionales. De anciana, aconsejó a sus nietos que no se tomaran la escuela muy en serio, convirtiéndose en cómplice de sus fechorías. Tenía la costumbre de andar descalza por el parque a primeras horas de la mañana y cuando un policía le advirtió que no estaba permitido, le contestó: “Por Dios, joven, no sea usted un pequeño burgués”. Cuando en 1970 se le paralizó medio cuerpo, rechazó el alimento y se dejó morir, demostrando que impondría su voluntad hasta el final. Hans Magnus Enzensberger (Baviera, 1929) ha recogido la peripecia de la familia Hammerstein en un ensayo que recuerda la literatura de Sebald, incluyendo fotografías y poetizando levemente los hechos, pero sin despeñarse por los artificios de la novela histórica. Hammerstein o el tesón es un texto híbrido que no cede en ningún momento a la tentación de reelaborar los materiales disponibles para averiguar un hipotético más allá. Enzensberger finaliza el libro con un posfacio donde explica por qué no ha escrito una novela: “No se trata de mi historia, sino de la historia de personas totalmente ajenas a mí, y que, en mi opinión, merecen ser recordadas”. Es difícil no estar de acuerdo. El general Hammerstein mantuvo una actitud irreprochable, despreciando los privilegios que le hubiera proporcionado secundar los designios del cabo austriaco. Siempre le consideró un loco, con el bagaje intelectual de un charlatán de cervecería. Se puede apreciar cierta similitud entre la holgazanería de Hitler -documentada por Kershaw- y el desinterés por el trabajo burocrático del general Hammerstein, pero en un caso se trata de una pereza surgida de la inconstancia, la inmadurez y la megalomanía y en el otro hay que hablar del tedio aristocrático de un militar que se tomaba la vida con humor, calma y cierta distancia crítica, hasta el extremo de desarrollar sentimientos antimilitaristas.

Enzensberger advierte que su libro no puede interpretarse como un documento, pues los testimonios están deformados por infinidad de circunstancias. Considera que está más cerca de la fotografía que de la pintura, pues se permite escoger el encuadre y fantasear con moderación. De ahí el recurso de alumbrar encuentros imaginarios entre Enzensberger y Hammerstein, donde la conversación fluye con la elocuencia de una buena pieza teatral y sale a la luz la asombrosa personalidad del general: indolente, perspicaz, valiente, intuitivo, resuelto. No hay que tomar estos adjetivos al pie de la letra. Su aversión hacia el trabajo no menoscabó su eficacia y responsabilidad. Su lucidez le hizo vislumbrar en seguida la hecatombe que se avecinaba. Su valor le animó a tomar ciertas precauciones. Desde su cese, no salía a la calle sin un revólver en el bolsillo. No estaba dispuesto a dejarse asesinar sin defenderse: “¡Eso no va conmigo!”.

Hammerstein no hizo nada notable, salvo enfrentarse a una perversa dictadura con el mismo coraje que exhibió frente al cáncer. El bulto del cuello no pasaba inadvertido, pero Hammerstein dejó que creciera sin visitar al médico y aceptó el cortejo de la muerte con una dignidad imperturbable. No menospreciaba la vida. Simplemente consideraba que “el miedo no es una visión del mundo”. Sus hijos interiorizaron esa forma de ser, identificándose con el sufrimiento del pueblo judío y con las promesas utópicas del socialismo. La familia Hammerstein siempre se mostró muy cordial con la clase obrera. Enzensberger lo atribuye a ese espíritu inconformista que a veces brota en la nobleza, tan opuesto a la presunción burguesa.

Hammerstein o el tesón es un ensayo brillante, que emociona como una novela policiaca y profundiza con el rigor de un historiador minucioso y honesto. No es una obra más sobre el nazismo, sino una visión inédita de un conflicto que ha dejado un estigma indeleble en la violenta historia del siglo XX.





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