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NADAL SUAU | Publicado el 02/09/2011
Así que regresa aquel a quien Fernando Arrabal llamó cabrón expiatorio, Michel Houellebecq (Réunion, 1958), el provocador, el profeta. Pero la provocación no tiene excesivo valor en sí misma. Lo valioso es enunciar la verdad que nadie desea afrontar, y que ella provoque al mundo. Houellebecq siempre ha dicho la verdad; tal vez no toda la verdad, pero verdad a fin de cuentas. En cambio, cabría preguntarse si ha sido, en efecto, profeta: situó un atentado islamista en el centro de Plataforma en 2001, y en La posibilidad de una isla (2005) ofreció una descripción esencialmente veraz de las recientes revueltas islámicas. Sin embargo, el buen profeta equivoca el diagnóstico, porque su denuncia evita que la tragedia suceda al lograr la conversión de los pecadores. Houellebecq no sólo no ha evitado nada sino que, escritor escéptico y determinista, ni siquiera ha pretendido denunciar: lo suyo es un análisis, un precipitado sociológico.









Michel Houellebecq. Foto: Javi Martínez