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El prisma del lenguaje

Guy Deutscher

Traducción de Manuel Talens. Ariel. Barcelona, 2011-334 páginas, 22'50 euros

Con rigor científico, pero sin tecnicismos, se desmontan aquí muchos lugares comunes y se aclaran hechos sobre el mayor invento del ser humano, el lenguaje. Se trata, sin duda, de un libro sobresaliente.


RICARDO SENABRE | 09/09/2011 |  Edición impresa


La Torre de Babel, de Bruegel, 1563

Qué relación hay entre lengua y cultura? ¿De qué modo imponen las diferentes lenguas una peculiar visión de las cosas a sus hablantes? Los antiguos babilonios no hubieran podido entender una obra como Crimen y castigo, porque su idioma utilizaba la misma palabra para ambos conceptos. Cicerón hizo notar que la lengua griega no tenía equivalente para el adjetivo latino “ineptus” (es decir, ‘impertinente', ‘indiscreto') y achacó esta carencia al hecho de que la indiscreción era tan común entre los griegos que ni siquiera la advertían como defecto ni sentían, por tanto, necesidad de nombrarla. Es bien sabido que para traducir al español el sustantivo inglés “mind” resulta necesario acudir, según los contextos, a distintos vocablos: 'mente', 'ánimo', 'juicio', 'memoria', 'cabeza', 'intención', 'opinión', 'cerebro', etc. A cambio, el inglés no posee un vocablo exacto para traducir “ánimo” y debe utilizar, según los casos, ‘mind', ‘ìntention', ‘strength' o el plural ‘feelings'. En hebreo moderno, la palabra “yad” designa una unidad anatómica que en la mayoría de las lenguas occidentales se divide en dos y posee -lógicamente- dos vocablos distintivos: “brazo” y “mano”.

El lingüista Guy Deutscher, a quien se debe un libro tan importante como The Unfolding of Language (2005), aborda en esta nueva obra aspectos decisivos acerca de la relación entre pensamiento, lenguaje y visión del mundo, utilizando para ello, como no podía ser de otro modo, abundantes ejemplos, rigurosamente analizados, de idiomas diferentes y a menudo distantes, y sometiendo sin pizca de beatería a sutiles análisis algunas de las teorías surgidas a lo largo del siglo XX para explicar los mecanismos idiomáticos, desde Von Humboldt y Edward Sapir hasta Noam Chomsky.

Son ejemplares, por citar un caso, las páginas dedicadas a los problemas que plantean los adjetivos de color en el griego antiguo. Partiendo de las clásicas y sagaces observaciones de Gladstone (1858), Deutscher resume los datos esenciales. Sorprende que en Homero el mar sea calificado únicamente de “vinoso”, “violeta” -así como el hierro y la lana de las ovejas- o “púrpura”, pero que nunca sea azul; de igual modo, las pocas veces que se refiere al color del cielo señala Homero que es “cobrizo” o “de hierro”, pero jamás azul. No menos desconcertante es la calificación de “verde” aplicada a la miel. No se trata de extrañas “licencias poéticas” del autor de la Iliada ni es una cuestión que afecte sólo a la retina de Homero. En 1867, el filósofo Lazarus Geiger, mejor pertrechado aún que Gladstone en el conocimiento de idiomas antiguos, observó que el color azul no aparece en los himnos védicos ni en el hebreo bíblico del Antiguo Testamento, mientras que en uno de los Salmos el oro es “verde”. Después del descubrimiento del daltonismo y de la revolución darviniana con sus ideas acerca de la evolución de las especies, las interrogaciones seguían en pie.

¿Están los conceptos de color determinados por nuestra anatomía o son simples convenciones culturales? Los nubios investigados por Virchow en 1878 carecían de palabras para nombrar el color azul. Más tarde, las minuciosas indagaciones del psiquiatra W. H. R. Rivers entre los indígenas de las islas de Murray, en el estrecho de Torres, añadieron nuevos e importantes datos. Fuera de los colores negro, blanco y rojo, los demás ofrecían discrepancias en su designación o no la poseían. Algunos hablantes llamaban “bambam” al amarillo y al naranja, pero otros los llamaban “siusiu”. El vocabulario para tonos azules o violetas era muy vago y confuso. Rivers examinó a más de doscientos indígenas sin hallar en ellos casos de daltonismo ni defectos de visión. La única conclusión posible -pero Rivers se desvió de ella- hubiera sido que las diferencias en el léxico del color no tienen relación alguna con factores biológicos, como repetidamente se había defendido con distintos argumentos, sino que responden a distintas fases de la evolución cultural, lo que parece corroborar el análisis de la adquisición de la lengua por parte de los niños.

Problemas análogos a los que plantean los colores surgen al estudiar en distintas lenguas las designaciones de parentesco, o del espacio y las relaciones espaciales. Para la tribu brasileña de los yanomami, por ejemplo, nuestros vocablos “primo” y “prima” son muy imprecisos, ya que ellos disponen de vocablos diferentes para nombrar a cuatro tipos distintos de familiares: hija de tío paterno o de tía materna, hijo de un tío paterno o de una tía materna, hija de tío materno o tía paterna y, por último, hija de tío materno o de tía materna. El análisis de las relaciones espaciales en la lengua gurugu yimithirr de Australia (pp. 179 y ss.) descubre insospechadas visiones de la realidad y arrojan nueva luz sobre el modo en que la lengua puede afectar al pensamiento.

Y el capítulo 8 (“Sexo y sintaxis”) debería ser de lectura obligatoria para todos aquellos que se empeñan en confundir género y sexo, sin más resultado que llenar su discurso de vaciedades. Como el autor señala, en muchas lenguas hay multitud de sustantivos inanimados a los que se aplica un género gramatical -frente lo que sucede en idiomas como el inglés- que nada tienen que ver con diferencias sexuales: “¿Qué tiene de femenino, por ejemplo, la barba de un hombre español? ¿Por qué el agua en ruso es femenina y por qué se vuelve masculina cuando se sumerge en ella una bolsita de té? ¿Por qué en alemán el femenino sol (die Sonne) alumbra al masculino día (der Tag) mientras que la masculina luna (der Mond) brilla en la femenina noche (die Nacht) si, al fin y al cabo, en español él ilumina a él y ella brilla en ella?” (p. 222). A favor de esta sugerencia para beneficio de hablantes menesterosos hay que decir que Deutscher no ha escrito un libro hermético y lleno de tecnicismos sólo aptos para lingüistas, sino un ensayo que, sin renunciar a los datos científicos, extiende las posibilidades de lectura provechosa hasta cualquier lector medianamente culto. Se desmontan aquí muchos lugares comunes, se esclarecen hechos que afectan al lenguaje -el mayor invento del ser humano- y se ilustra cada afirmación con argumentos plausibles y documentados. Se trata, sin duda, de un libro sobresaliente.

Y es preciso destacar un aspecto que a veces se omite pero que aquí resulta imprescindible: el libro se beneficia de un apéndice con oportunas notas y una precisa bibliografía relegadas al final, a fin de no distraer al lector, pero también de una precisa traducción de Manuel Talens, que es más bien una excelente adaptación -con aportaciones de las necesarias equivalencias españolas de muchos ejemplos sabiamente seleccionadas- donde resulta evidente que Talens no es únicamente un estupendo narrador, sino alguien capaz de modelar un texto ajeno sin traicionarlo en un ápice y de entregar a los lectores una versión ajustada, límpida e inobjetable. He aquí un libro de enriquecedora lectura.





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