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Miércoles, 20 de agosto de 2014
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Naturaleza casi muerta

Carme Riera

Alfaguara. Madrid, 2012. 238 pp., 18'50 e. Ebook: 9'99 e.

RICARDO SENABRE | 24/02/2012 |  Edición impresa


Carme Riera. Foto: Antonio Moreno

Como muchos otros autores, Carme Riera (Palma de Mallorca, 1948) ha abandonado, en cierto modo, la línea narrativa y temática mantenida en su media docena de relatos anteriores para adentrarse en la modalidad de la novela negra. No estaría de más llevar a cabo un inventario para averiguar cuántos escritores españoles, en las últimas décadas, han dado un giro a su carrera para tantear las posibilidades de lo que, a estas alturas, no sabríamos si calificar de moda o de epidemia. Desde que Hammett, Chandler, Ross Macdonald y otros autores, con la ayuda del cine norteamericano, sentaron las bases del “género negro” y lo pusieron en circulación, su cultivo ha crecido vertiginosamente. La novela negra se aparta del modelo tradicional del relato “de enigma” para destacar -y de ahí su atractivo- el marco de las acciones, las condiciones sociales que las hacen posibles. La vertiente sociológica descubre facetas que el esquema del “crimen en habitación cerrada” a la manera de Agatha Christie o Ellery Queen apenas había entrevisto. En este territorio se sitúa Naturaleza casi muerta.

Pero la autora no ha aprovechado esas posibilidades. Al situar los hechos en un campus universitario -el de la Universidad Autónoma de Barcelona-, según el modelo repetido en películas y series televisivas, ha desarrollado adecuadamente la secuencia de los diversos crímenes y de las investigaciones policiales, pero sólo ha tocado de refilón asuntos que podría haber resaltado más, como el de algunas relaciones torcidas entre profesores y alumnos, ciertas redes internas de favoritismos y envidias, la presión política sobre las autoridades académicas, sólo sugerida tímidamente en algún momento (pp. 242-243), y otras cuestiones de carácter general que erosionan diariamente la institución universitaria. En cuanto a los crímenes, se mantiene la tensión hasta su descubrimiento final, pero en las explicaciones del asesino y en las complementarias del narrador se aclaran los motivos y los procedimientos utilizados en tres de las muertes y se olvida asombrosamente la cuarta, la del estudiante Marcel Bru, el descubrimiento de cuyo cadáver había sido, sin embargo, descrito con toda minucia. La construcción se deshace por culpa de este detalle sin encajar, aunque hasta ese momento las piezas habían ido colocándose en el artefacto con una impecable dosificación. Bru es un cabo suelto de la intriga; desconocemos las circunstancias de su muerte, y no es posible relacionar los movimientos del asesino con ese crimen: grave contravención de las reglas del juego que deben presidir una novela de misterio.

Los diálogos pecan con frecuencia de cierto acartonamiento enfático, con reiteraciones y enunciados complejos que convenía haber simplificado: “Y si no hubiera sido porque Mónica estaba a punto de llegar, habría ido a su casa, aunque hubiera tenido que encontrarla con otros estudiantes, quién sabe si también alumnos míos, a los que, seguramente, habría de sorprenderles verme allí” (p. 172). También son rechazables ciertos descuidos, como el uso de “hacer aguas” por 'hacer agua'. “Hacer aguas” significa 'orinar', de modo que una frase como “su relación con los Erasmus hacía aguas por todas partes” (p. 16) afirma algo pintoresco (otro ejemplo en p. 45). El catedrático Bellpuig no puede dirigirse a “su oficina” (p. 27), sino a su despacho. “A tenor de” (pp. 49, 82) no significa 'según' o 'a juzgar por', sino algo muy diferente, ni “valorar” (p. 41) es utilizable con el sentido de 'analizar'.




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