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Jueves, 28 de agosto de 2014
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El jardín colgante

Javier Calvo

Premio Biblioteca Breve 2012. Seix Barral. Barcelona, 2012. 359 páginas, 19'90 euros

RICARDO SENABRE | 02/03/2012 |  Edición impresa


Javier Calvo. Foto: Jordi Soteras

Algunas sinopsis periodísticas han difundido, con inevitable apresuramiento, la idea de que esta nueva novela de Javier Calvo (Barcelona, 1973) es un relato sobre la transición política española de 1977. Quien busque en estas páginas algo así como una recreación histórica de aquel período se sentirá defraudado, porque, salvo algunas referencias de pasada a hechos conocidos -y no tanto para los menores de cuarenta años-, la novela se centra en las oscuras maniobras de un grupo terrorista denominado TOD -algo así como una mezcla del GRAPO y del FRAP, que tampoco dirán ya mucho a los lectores jóvenes- y de una unidad de contraespionaje cuya dirección se encomienda a un extraño y pintoresco sujeto llamado Arístides Lao, alias Sirio, caracterizado desde las primeras líneas con tintes grotescos que se reiterarán a lo largo de la narración.

Las acciones de ambos grupos -los terroristas y los espías encargados de controlarlos- se narran en capítulos que alternan rigurosamente, sin duda con la pretensión de sugerir el paralelismo de los hechos relatados, pero con una rigidez inalterada que proporciona al conjunto cierto aire de artefacto mecánico y previsible de la que el propio autor es consciente al distanciarse momentáneamente del relato y llamar la atención sobre él: “Las piezas de esta historia sufren un desplazamiento tectónico […] Un rastro retroactivo aparece desde el final de la historia hasta esta gruta inundada en las entrañas del islote” (p. 289; otro ejemplo en p.286). Acaso una construcción menos encorsetada hubiera sido más adecuada en una novela donde lo esencial es recoger una historia deliberadamente confusa, en la que no es posible conocer las intenciones de los bandos en liza, como sucede a menudo en los relatos de espionaje. Dicho de otro modo: lo esencial es llenar las páginas de dudas acerca de las verdaderas intenciones de ese servicio de contraespionaje, teóricamente nacido para combatir al grupo terrorista pero dedicado más bien a colaborar en un proceso de oscurecimiento de la historia anterior, como si el meteorito caído en Sallent, que reaparece una y otra vez en la novela, adquiriese también el valor simbólico de un final que borra lo pasado.

La incertidumbre se traslada a los personajes, la mayoría de ellos con algunos ribetes grotescos bien perfilados, cuyas oscuras motivaciones tienen como correlato el uso de sorprendentes alias que tienden a borrar su identidad, lo que llega a su extremo en el caso del infiltrado Barbosa, pero alcanza también a otros personajes, como Rey Rana, Dama Blanca o la Madre Nieve. La turbiedad, cercana a la abstracción, que envuelve los manejos de Laos y de su ayudante Murias contrasta con el relato verista y descarnado de la estancia de los terroristas en el islote, donde se encuentran las mejores páginas de la novela y también los toques esperpénticos que nunca faltan en la literatura de Javier Calvo. El carácter excesivamente brumoso de la historia y la construcción mecánica y un tanto elíptica del relato, junto a la tonalidad cambiante con que se suceden algunas escenas, desde la brutalidad feroz hasta el detalle ridículo, hace que El jardín colgante -¿no hubiera sido oportuno recobrar la voz “pensil”?- sea más un relato con pasajes excelentes que una buena novela. Hay demasiados nombres de autores de obras de espionaje que acuden a la memoria del lector con títulos en los que destaca una perfecta arquitectura que aquí se echa de menos.

Calvo continúa siendo un buen escritor. Por eso es indispensable señalar errores idiomáticos impensables en una prosa como la suya: “Oms se digna a señalar…” (p. 39); “destinación” por ‘destino' (pp. 213, 220); “ese ansia” (p. 34); “una treintena de efectivos” (p. 269; los efectivos no son contables). Y ¿por qué “desde prácticamente toda la mitad norte” (p. 50) en vez de “casi toda”?


Palabra de autor
-Cuentan que su novela va de la Transición pero, ¿es así?
-Para mí trata de la mentira institucional y de cómo ésta devora a las personas. Lo cuento a partir de la Tran-sición, pero se puede extrapolar al fenómeno general.

-En 1977 tenía 4 años: ¿qué imágenes de la Transición guarda su memoria?
-Ninguna. He escrito sobre ese periodo como podría haber escrito del Imperio Británico o de la invasión nazi de Polonia. Desde el futuro.

-La Nueva España devoradora de memoria, ¿sigue vigente?
-El escenario de la novela es el que veo a mi alrededor hoy, aunque retratado en el momento de su nacimiento, para poder preguntarme por las causas.


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