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Viernes, 18 de abril de 2014
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Un hogar para los lectores

El laboratorio de investigación en torno a la lectura abrirá finalmente sus puertas tras el verano

La anomalía que supone prescindir del lector en los más actuales debates sobre las transformaciones de los distintos agentes del mundo del libro se va a despejar al fin. Estos días concluyen en el antiguo Matadero de Madrid las obras de Casa del Lector, un laboratorio de investigación en torno a la lectura que abrirá finalmente sus puertas tras el verano.


DANIEL ARJONA | 20/04/2012 |  Edición impresa


Entrada recién terminada a la Casa del Lector de Madrid

“Una punta de lanza para demostrar que en este país aún en condiciones fiscalmente adversas hay personas que deciden dedicar capital y trabajo a la creación de proyectos culturales de largo recorrido sin importarles las rentabilidades a corto plazo y en ciclos políticos”. Así, a la contra de crisis y dramas, describe César Antonio Molina la Casa del Lector que dirige, cuyas obras se rematan estos días y que abrirá sus puertas finalmente tras el verano. Y Antonio Basanta, director general de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, apuntala: “Casa del Lector es un proyecto integrador y, al mismo tiempo, orientado especialmente al futuro. porque no hay porvenir cultural sin lectura”.

En las naves 13, 14 y parte de la 17 del antiguo Matadero de Madrid que se levanta en Legazpi, al borde de la M30 y del Parque Río Manzanares, llegan a su fin las obras del Centro Internacional para la Investigación, el Desarrollo y la Difusión de la Lectura de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, más conocido como Casa del Lector. Se trata de una enrevesada superficie de más de 8.000 metros cuadrados que albergará un espacio único para la investigación en torno a la lectura dirigido por el poeta y ex-ministro César Antonio Molina. Una biblioteca de 70.000 libros, una veintena de aulas, diversas salas de exposiciones polivalentes y un auditorio con capacidad para 400 personas conformarán sus ejes principales.

El otro centro de Madrid


El vanguardista proyecto arquitectónico de Antón García Abril ensambla las naves principales en dos niveles a través de once puentes de hormigón pretensado con la conectividad -entre espacios y lectores- como idea fuerte. El estudio de Alberto Corazón se ha encargado del diseño y señalización y, el de Jesús Moreno, del interiorismo. Casa del Lector se suma a sus vecinos de las Naves del Teatro Español, activas desde hace ya tres años en el Matadero de Madrid, en lo que se erige como un poderoso polo de irradiación cultural al sur de la capital. Sus promotores ya lo llaman “el otro centro de Madrid”.

La financiación del proyecto se ha obtenido mayoritariamente aplicando los principios del espíritu del mecenazgo que irradió la inquietud vital de Germán Sánchez Ruipérez. El Ayuntamiento ha donado las instalaciones. El resto, tanto las obras por valor de 30 millones de euros, como el coste de las futuras actividades, correrá a cargo de los bancos y empresas que dotan de fondos a la Fundación.

Biblioteca de bibliotecas

“La Casa del Lector será la Biblioteca de las Bibliotecas”. Y lo que en su presentación pública en octubre de 2010 se ofrecía como una tan ambiciosa como novedosa defensa de la lectura, hoy es ya el legado del recién fallecido Germán Sánchez Ruipérez (Salamanca, 1926 - Santo Domingo, 2012). Legado que se demuestra y reivindica que el mecenazgo, la palabra de moda hoy en los mentideros político-culturales, es no sólo posible sino de arrolladora y saludable potencia.

De hecho, Antonio Basanta clama por la tan mentada ley, pero matiza que sí, es cierto, la Casa sería un ejemplo de mecenazgo, pero “beneficiada por una ley, aún inexistente, que realmente lo incentivara. Que se fundara en una relación mutua de confianza. Y que, asemejándose a otros países de nuestro entorno -Francia sería un buen ejemplo- superara las limitaciones y cicaterías de la actual normativa”.

César Antonio Molina ahonda en la cuestión: “La futura Ley de Mecenazgo debería además de observar los distintos modelos que existen en otros países europeos, tener en cuenta las experiencias que ya han tenido lugar aquí. Es fácil equivocarse pensando en el modelo americano, donde el esfuerzo fiscal de las grandes fortunas es mucho menor, y no valorar lo que grandes y pequeños mecenas intentan hacer desde hace tiempo en España. Germán decidió hace 30 años ser generoso con la sociedad en que vivía y, en el fondo, ser generoso consigo mismo, pues su mayor satisfacción desde que creó la Fundación fue verla crecer, llevarla hasta la puesta en marcha de Casa del Lector y, sobre todo, comprobar que todo lo que invertía era directamente recibido por los ciudadanos”.

Para Ofelia Grande, editora de Siruela, secretaria del Patronato de la Fundación y sobrina de Sánchez Ruipérez, es difícil encontrar mejor ejemplo “de lo que debe de ser la relación entre las administraciones públicas y la iniciativa privada en el terreno de la cultura. Esperemos que ese sea también el espíritu que rija la tan anunciada Ley de Mecenazgo, que debiera de suponer el impulso definitivo a una filantropía que, a su vez, no ha de nacer de lo “caritativo”, sino de la firme convicción de que todos tenemos el deber de retornar a la sociedad lo mejor que cada uno de nosotros de ella hemos recibido.

La aventura de un mecenas

La aventura como editor y mecenas de Germán Sánchez Ruipérez arranca con la invención de Anaya en 1959, un pequeño sello educativo que deviene gigante treinta años después, en 1989, al plantar su bandera en el envidiado fondo de Alianza Editorial. Y en el camino brotan Cátedra, Pirámide, Xeráis, Barcanova, Tecnos, Algaida, Eudema, Anaya Multimedia...

Pero es la puesta en marcha de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez en 1981 la que desdoblará la actividad del editor salmantino invistiéndole como el más importante mecenas en favor del libro y la lectura de nuestra geografía cultural. Cuatro años después, en 1985, la Fundación inauguraba en Salamanca el Centro Internacional del Libro Infantil y Juvenil, un espacio sin parangón para la diseminación de la lectura entre los más pequeños que atesora hoy más de 80.000 volúmenes. El último y más dorado fruto de la Fundación se llama Casa del Lector.

Una “biblioteca de bibliotecas” que, sin embargo, “no será una biblioteca al uso para préstamo de libros, sino un laboratorio para estudiar las nuevas formas de lectura y a los nuevos lectores”, en palabras de Antonio Basanta. “Gran centro cultural”, “espacio para la palabra, la imagen y el arte”..., la falta de cierta concrección rodea la iniciativa. Algo se adivina, sin embargo, en los encuentros entre escritores españoles y norteamericanos iniciados en febrero con el sello de Casa del Lector, en Santiago, Salamanca y Madrid.

Pero, ¿qué es una Casa del Lector? ¿para qué sirve? La clave del proyecto es una visión abierta que sitúa en su centro de atención al lector, el más importante eslabón de la cadena editorial y que, paradójicamente, pasa desapercibido en los más enconados debates acerca de las transformaciones del sector del libro. En Casa del Lector no apela a los autores y creadores, sino a los lectores. Imaginen un amplísimo espacio donde acceder a una experiencia integral de lectura. Según el avance de programación, aún en mantillas, allí podrá leer sus clásicos favoritos a la vez que disfruta de sus adaptaciones cinematográficas en una gigantesca pantalla LED, conectar sus lectores y tabletas a una conexión wifi a ultravelocidad y acceder en strea-ming a una amplísima biblio- teca digital, probar en exclusiva los más avanzados dispositivos de lectura. Y exposiciones, encuentros, atención especial a la literatura infantil y juvenil...

César Antonio Molina desnuda para terminar el armazón esencial: “Casa del Lector llevará a cabo fundamentalmente tres tipos de actividades. Unas educativas en torno al mundo de la edición y la gestión cultural. Otras culturales y, finalmente, una importante labor de investigación sobre la lectura y el futuro del libro y del periodismo. Saramago acertó cuando dijo que una de las más importantes carencias de la sociedad actual era la pobreza de la conciencia crítica, de la responsabilidad de analizar los hechos que nos rodean y nos afectan como individuos, com-partiéndolos, desmenuzándolos y sacando conclusiones constructivas”.


Leer el espacio

Por Antón García-Abril

Sabemos que la lectura alfabética se inicia tras descodificar un protocolo de signos que la retina escanea. Luego el cerebro entra en ebullición para crear las imágenes, emociones y estructuras de razón que permiten procesar las ideas previamente escondidas tras la compleja combinación. Es una construcción intelectual, de gran abstracción, y un acto creativo de enorme intimidad. También leer es un acto de comunicación que enlaza la vida de los hombres, que provoca el diálogo con todo aquello que nos rodea. Este principio de conectividad es el que mantiene la necesidad de leer, y se amplia continuamente con nuevos lenguajes, herramientas, soportes, etc. La tecnología ha revolucionado en los últimos años este principio, permitiendo que la comunicación, la lectura, sea la línea entre los nodos de una red humana; y los soportes y contenedores reconfiguran su forma y su función para someterse al principal cometido que es la transmisión de ideas entre personas. La biblioteca que fuera el cobijo de los libros, ha evolucionado recientemente en una mediateca, capaz de acoger más formatos. Y ahora que parece que los objetos desean ser los sujetos lectores (la pantalla del nuevo ipad3 se llama “retina”), es cuando se construye Casa del Lector, el espacio más propio del individuo que lee, al que de manera natural nos dirigimos. La arquitectura reúne masas en equilibrio mecánico y termodinámico: sólidos, líquidos y gases; construye espacios perceptivos que conectan a través de los sentidos con el hombre. “Leer el espacio” es comprender las variables que equilibran el conjunto de reacciones físicas del sistema arquitectónico. Mientras que la lectura alfabética es una creación abstracta que interpreta el orden de signos codificados, el espacio arquitectónico es una creación concreta que estructura energías y fuerzas compensadas, pero que requiere una interpretación para ser leído y actividad para cobrar sentido.

Con la Fundación Germán Sánchez Ruipérez abordamos la misión de proyectar y construir el espacio que representaría y haría realidad esta idea, replanteándonos todo desde su origen conceptual. Desde la definición de la necesidad programática, hasta su expresión material, y su semántica. Encontramos el lugar, el antiguo Matadero de Madrid, extraordinariamente rico de significados, estratégico tanto en su localización en el espacio metropolitano de Madrid como en el tiempo en que nacía el proyecto. Un recinto cuasi urbano, aislado aparentemente de la fábrica de la ciudad, pero de repente enlazado con la mayor red infraestructural y paisajística que se crea sobre la traza del Manzanares: el parque lineal Madrid Río. Esta médula de conexiones y de espacio público, es el eje más relevante de la anatomía urbana de Madrid. Y su presencia nos ayudó a entender que la ciudad es también una construcción que enlaza la vida de las personas. Y que los edificios deben ser el soporte de esta unión, y la conectividad el principio básico del sistema. Quisimos por lo tanto materializar este entramado de conexiones y trazar puentes hacia la lectura. Casa del Lector dará vida a la unión entre las personas y la lectura.


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