MARTA SANZ | Publicado el 18/05/2012 | Ver el número en PDF
La realidad de Dos días de setiembre no es una realidad estilizada, sino precisa: las palabras de una literatura que no se avergüenza de serlo captan la complejidad de los interiores de alcoba y tabaco, pensamiento y conversación, el urbanismo de una ciudad del sur durante dos días de septiembre de 1960. Tiempo de vendimiar. El lector se alza a la altura de un texto que se ajusta al claroscuro de una sociedad encerrada en el asfixiante vidrio de la damajuana. Bienteveo, barda, tranquera Cada palabra apunta a su exacto referente y delimita un espacio en la masa amorfa de lo real. Lo hace visible. El autor mete el líquido en la botella y se lo da a beber a un lector que disfruta paladeando los matices -el caldo es excepcional-. Pero, con el último trago, pesa la tristeza. La culpa del vino.