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Bestiario

Carlos Pujol

Cálamo. Palencia, 2012. 40 páginas, 7 euros

TÚA BLESA | 27/07/2012 |  Edición impresa


Carlos Pujol. Foto: Quique García

El bestiario es un género típicamente medieval, entre la ciencia y la fábula, y que en lo contemporáneo ha atraído la atención de autores como Borges, Cortázar y entre los españoles lo han cultivado escritores también muy notables como Cunqueiro o Perucho y conocemos ahora este otro, póstumo, de Carlos Pujol (Barcelona, 1936- 2012), quien, además de su dedicación al mundo editorial, publicó ensayos literarios, más de una docena de novelas y una también extensa, y siempre de interés, obra poética.

Como algunos de los medievales, el presente Bestiario es en verso, lo que le da ya una nota de singularidad y a ello se une otra peculiaridad: en lugar de organizar el discurso la voz de un zoólogo, o su impostación, los animales de este libro toman casi siempre la palabra para hablar de sí mismos y del mundo. Y otra más: estas bestias no son, pronto lo descubre el lector, reales sino de peluche, marfil, porcelana u otras materias, juguetes infantiles u objetos de adorno.

El caso es que los animales aquí hablan y ¿qué dicen? Cumplen, para empezar, con la exigencia de presentarse, ya sea directamente, “Soy un ratón sociable”, ya de un modo indirecto, como en el poema que comienza anunciando “Mi vocación ha sido ser John Keats”, lo que, en este contexto zoológico, remite a la famosa “Odeto a Nigthingale” del poeta inglés, y no es ésta la única nota de la cultura de las bestezuelas: al cocodrilo, por ejemplo, le gustaría dedicarse al estudio del Ulyses de Joyce.

Carlos Pujol ha aprovechado la ocasión de dejar hablar a sus animales para plasmar algunas críticas al mundo de los humanos. Así, el papagayo se jacta de que su habla está por encima de los autores de best-sellers y de los políticos, la tortuga dice envidiar la prisa a que les obliga la agenda a “los vips de mucha campanillas” o el mono explica que sus imitaciones de los humanos “son escarnio/ simiesco de sus aires satisfechos”. Burla amable dictada por la ironía, de la que no escapa el propio autor, a quien retrata en su despacho escribiendo poemas, desde donde preside este “zoo de mentirijillas”.

Libro risueño, de un encanto algo infantil, no me parece, sin embargo, una obra menor, sino el resultado brillante del proyecto de homenajear a las figuras de animales que acompañaron la vida del poeta. Una muy grata lectura.




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