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Miércoles, 23 de abril de 2014
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Rafael Reig: "Lo mío con la realidad es un amor no correspondido"

"Con la mirada extraviada, ojeras alarmantes, cara de necesitar una siesta y una ducha (a ser posible fría), el gesto dubitativo y la ropa como si hubiera dormido con ella puesta, en el interior de una tienda de campaña”. Así se retrataba en su blog, no hace mucho, Rafael Reig (Cangas de Onis, 1963), que gasta maneras de malote y presume de vida golfa, empapada de literatura y alcohol, aunque luego se levante a las cinco de la mañana y se ponga a trabajar en lo que de verdad le importa: sus novelas. La última, Lo que no está escrito (Tusquets), aparece la semana que viene y es su relato más negro y despiadado.


NURIA AZANCOT | 07/09/2012 |  Edición impresa


Rafael Reig. Foto: Itzíar Guzmán

Imaginen a una mujer separada que deja que su hijo adolescente se vaya con su ex marido, escritor, a una excursión por la sierra de Madrid, y que descubre que su ex le ha dejado una novela llena de referencias personales que le hacen temer lo peor sobre lo que puede ocurrirle a su hijo en los próximos días. ¿Será Carlos (el padre) capaz de hacer algo a su hijo (Jorge), el mismo “que había perdido la esperanza pero aún conservaba el miedo”?. A vueltas con las buenas intenciones, esas que nos convierten en esclavos de los buenos sentimientos, el novelista escupe al lector su incertidumbre sobre lo que somos capaces de hacer por amor y desamor. Ése es el argumento de la última novela de Reig, un asturiano que creció en Colombia y dio clases de literatura en Nueva York, donde se doctoró, y que sigue dedicado a enseñar cómo crecer como narrador en el madrileño Hotel Kafka.

"He aprendido a desaparecer"

La historia de Lo que no está escrito, confiesa Reig, le atrapó hace un par de años, porque siempre quiso hacer “un relato de puro terror que hablase de nuestros miedos más profundos”, pero sin repetirse y confiando en la opinión de varios amigos lectores a los que prefiere no nombrar, aunque no sea difícil adivinar entre ellos a cómplices como Xavi Azpeitia, Almudena Grandes, Belén Gopegui, o Antonio Orejudo, con el que lleva meses de divertida pelea a cuenta de lectores cautivos y éxito editorial.

Con todo, no es la primera vez que Reig se enfrenta al género más oscuro, ya que el autor de Todo está perdonado (2010, Premio Tusquets), Manual de literatura para caníbales (2006), o Sangre a borbotones (2002) ha frecuentado a menudo el relato negro. ¿En qué y cómo ha evolucionado como escritor?
-Decía Einstein que la estupidez era hacer una y otra vez lo mismo y esperar un resultado diferente. Al escribir siempre busco un resultado diferente, decir algo distinto, y por eso mis novelas son una familia en la que todos los hermanos son hijos únicos, a menudo insoportables, novelas muy mimadas y que se creen cada una de ellas el ombligo del mundo. Por mi parte, creo que he aprendido a desaparecer y dejar que la narración y los personajes sean los que hablen: ellos tienen mucho más que decir que yo.

-¿En cuál de los personajes de Lo que no está escrito se reconoce más, en el padre rencoroso, en el hijo atemorizado...?
-Me reconozco en todos, he sido todos ellos a ratos, y me parecen sombríos, egoístas, incapaces de amar y empeñados en justificarse. Todos tienen razón desde su punto de vista, todos ganan, pero, como se preguntaba Claudio Rodríguez: “¿qué victorias busca el que ama?”. Simpatizo un poco con el delincuente patoso Toni Riquelme, que sólo quiere ser querido, y con su novia, la Trini, que sólo quiere querer sin que se note demasiado, para que no le hagan daño.

-Su novela plantea el caso de que un padre separado secuestre a su hijo para vengarse de la madre... (y es inevitable no acordarnos de los niños de Córdoba). Otra vez la realidad y la ficción...
-Llamamos muchas veces realidad a otra ficción, porque a menudo sólo es lo que nos contamos para entenderla, construirla o consolarnos de ella, un género literario muy popular y lleno de trampas y trucos espectaculares, una novela casi de quiosco, sin pies ni cabeza. La buena novela en cambio intenta hacer visible lo real, por eso tantas veces es devastadora y poco complaciente: porque trata de nosotros mismos.

-¿Por eso nos atraen tanto las novelas de violencia?
-Sí, porque explican el mundo en que vivimos, tan lleno de violencia: el paro es violencia empresarial, lo que han hecho los bancos aquí es violencia con alevosía, lo que hacen los corruptos es violencia indiscriminada, rescatar a los delincuentes financieros y negar asistencia sanitaria a parte de la población es violencia criminal. ¿Querrán que luego leamos Bambi?

El prestigio del mal

-Seguramente, pero, ¿a qué se debe que el mal tenga tanto prestigio y buena literatura, y tan poco (y poca) el bien?
-Porque somos contradictorios, y por una parte cuando vemos a un malvado queremos reconocernos, porque no somos así, y, por otra parte, tenemos que confesarnos que sí lo somos. El mal, como decía Hannah Arendt, no es banal, pero en el fondo todos nos reconocemos en el monstruo y lo que nos extraña es de lo que somos capaces. A nuestro pesar nos reconocemos en la víctima y en el asesino.

-¿Quiénes son sus referencias en el género, de Hammet a Camilleri o Mankel?
-Confieso que Hammet me aburre, siempre he sido de Chandler, como de pequeño leía a Los Cinco y jamás a Los Siete. No he leído a Camilleri ni a Henning Mankel, me has pillado, pero tomo nota. A mí me gusta James M. Cain, de quien querría aprender a mostrar la oscuridad que provocan los deseos cumplidos. Me gustan entre los españoles Juan Marsé y Juan Madrid, ojalá pudiera robarle al primero su ferocidad narrativa y al segundo su pupila para ver lo que está tan delante de los ojos que los demás no lo vemos. Me ha gustado mucho sobre todo Patricia Highsmith, que no cabe en ningún género. Y Pérez Merinero, un ilustre olvidado que es un un escritor estupendo muy fuera del circuito convencional.

La novela, un artefacto explosivo

-Carmen, la protagonista del libro, sabe de libros estupendos (los de su ex marido, por ejemplo) de los que sólo se venden 57 ejemplares. ¿Tiene razón Fernández Mallo cuando afirma que la novela ha perdido la batalla y “ya no tiene capacidad de transformar la sociedad”?
-Agustín es mi amigo así que me encanta llevarle la contraria. Qué va, Agustín: ¡si la gente pone candados en los puentes por haber leído a Mocccia! La novela es un artefacto explosivo y te puede llevar a enamorarte, a la guerrilla o a disparar contra John Lennon sujetando un ejemplar de tu novela favorita en la otra mano.

-Del capitán Carpeto, uno de sus hijos narrativos más queridos y leídos, no queda nada en este libro... ¿la prima de riesgo nos ha despojado de la esperanza en la literatura también?
-La literatura tiene poco que ver con la esperanza, de la que no soy muy partidario. La esperanza es prima segunda del sometimiento. Como decía Virgilio, la única salvación es no esperar ninguna. La literatura intenta mostrar la realidad, luego es cosa nuestra saber qué hacemos con lo que leemos. Hay quien se resigna a la esperanza y quien se subleva. Hay quien lee a Lenin y apunta una frase, y hay quien lee a Lenin y se organiza con otros para provocar una revolución.

-Cuando éramos un país de neo-ricos y no uno rescatable, parecía que todo era posible.... Ahora, las editoriales acuerdan su fusión con grandes grupos para sobrevivir. ¿Necesitamos un 15M cultural y no violento? -No sabía que nos rescataban, creía que rescataban a los bancos, pero no a sus víctimas, a las que siguen desahuciando. Hay por supuesto una burbuja literaria y está estallando por fin. La novela se ha vuelto solipsista y muy de “espejito, espejito, ¿quién hay más guapa que yo?”. Necesitamos que nos cuenten historias, como lo necesitaban en las cavernas, donde pintaban bisontes y contaban historias. Pero necesitamos que nos las cuenten a nosotros, que nos interpelen, que nos pongan en movimiento. Hace falta menos novela especulativa y más novela productiva.

-¿Le gusta, le espanta, le interesa, lo que ve a su alrededor? ¿Nos lo hemos ganado a pulso?
-Lo que veo me apasiona siempre, lo mío con la realidad es un amor no correspondido. Y no me parece que nos lo hayamos ganado a pulso, por favor, es como esos jueces que disculpan una violación porque la chica llevaba minifalda. Con empresarios, banqueros, violadores, maltratadores y demás delincuentes: tolerancia cero.

-¿Se atreve a hacer un diagnóstico del mundo cultural, de aquí y ahora, o le parece ese monstruo de las mil caras, imposible de catalogar?
-La cultura forma parte de eso que llaman la “Marca España”, figúrate, qué pintoresco, como la paella, Almodóvar, la canción de Macarena, las chapuzas de Calatrava, Fernando Alonso y el dichoso laboratorio de El Bulli. Da pena, pero lo que más importa de un libro español es cuántos alemanes lo compran o si le da un “prestigioso premio” una revista de modas gabacha, como “Femina”, que debe de estar entre “Telva” y “Marie Claire”. Somos así de papanatas. A un país como el nuestro ya no le queda más remedio que ser una potencia cultural, que es algo así como ser pobre, pero limpio; o puta, pero más honrada que una lata de sardinas.

Philip Roth, a los calabozos

-¿A qué cree que se debe ese desamor de la sociedad hacia los creadores e intelectuales en nuestro país?
- A que no es tan fácil sentir afecto por los intelectuales y menos aún por los creadores. No hay quien los aguante (o nos aguante). Hasta el bueno de Antonio Machado fue capaz de chulerías tan engreídas como decir: “me debéis cuanto he escrito”. El afecto se lo merece más cualquier cajera-reponedora del súper.

-Qué escritores le interesan, aparte de sus amigos?
-¿No valen amigos? Pues aviados vamos. Sobre todo, Marsé. Más jóvenes, casi todos son muy amigos (Orejudo, Azpeitia, Almudena Grandes, Belén Gopegui, Fernández Mallo...), pero conozco algo menos y me interesan mucho, porque intentan escribir sin que nadie les lleve la mano, autores como Alberto Lema, Ginés Sánchez, Francesc Serés, Aixa de la Cruz, Ángela Medina... es rara la semana que no leo un libro que me apasione: el que busca, encuentra.

-Aún recordamos con nostalgia aquella sección suya en estas páginas titulada “En primera instancia”, que tanto escocía... ¿A qué escritor habría que mandar ya a los calabozos, y por qué?
-La nostalgia es mía, porque fue muy divertido y para mí como hacer un máster en periodismo literario. Hoy quizá le metería un paquete de los gordos a Philip Roth, que me parece un viejo verde y reaccionario, con una manivela para escribir otra vez el mismo libro todos los años. La cima de su pensamiento parece ser la noción de que, si una mujer no se traga tu semen, es que no te quiere de verdad. A la mazmorra con él.

-¿Y no se olvida de algún autor español?
-Nuevo no. Mandaría al presidio literario, y con fundadas razonesa los de siempre, a Javier Marías o Arturo Pérez-Reverte.

-Hablando de mazmorras, ¿es tan malo el mundo digital como nos lo pinta Vargas Llosa en su último libro?
-Desde luego que no, pero creo que a él todo esto le ha pillado mayor, porque quien ha defendido a Corín Tellado y la literatura popular no puede ignorar lo bueno de las redes sociales, que no son las purgas de Benito y sí descubren proyectos, editoriales y autores muy interesantes aunque abunde también el fraude.

El señuelo qatarí

Hablando de fraudes, es imposible no recordarle a Reig aquella novela que escribió por encargo de unos jeques árabes y que jamás ha visto la luz. “Era un encargo de Qatar -dice- y permanece inédita, porque compraron los derechos y jamás la publicaron, quizá porque no era lo que esperaban, no les debió gustar demasiado”.

-¿Llegó a cobrarla, al menos?
-Sí, aunque el hecho de que entregase el original hace más de dos años y de que me dieran varias excusas para retrasar su publicación me hace pensar que no les entusiasmó que al final los jeques ricos fuesen los malos.




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