NADAL SUAU | Publicado el 07/09/2012 | Ver el número en PDF
Hace tiempo viví al borde de una autopista. El oleaje de los coches, aunque distante, resultaba triste y extrañamente orgánico. Uno estaba tentado de creer que esa composición -el edificio cúbico alzándose frente al mar de hormigón- tenía algún significado. No sé si es cierto. Lo que sí sé es que el protagonista de Baila, baila, baila también vive en un apartamento sobre una autopista y, en el magnífico arranque de esta novela, invierte su tiempo en beber whisky, contemplar cómo se filtra la luz matinal, soñar que forma parte de un sueño y luego desperezarse pensando: no formo parte de nada. Le entiendo perfectamente.