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Sábado, 30 de agosto de 2014
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Imagen del mito

Joseph Campbell

Traducción de Roberto R. Bravo. Atalanta. Gerona, 2012. 619 páginas. 55 euros

Se edita en español la obra de 1974 en la que el profesor Joseph Campbell estudió el mundo del mito a través de la iconografía y el arte.


ANTONIO COLINAS | 09/11/2012 |  Edición impresa


La rueda del renacimiento. Tibet. Siglo XIX

Joseph Campbell (Nueva York, 1904-Honolulú, 1987) es sin duda, junto a Eliade y Jung, la personalidad más valiosa en el estudio del mito. Nos encontramos ante uno de esos seres para los que la cultura y el conocimiento van unidos profundamente a una forma de ser, a una sabiduría perseguida y hallada, que no sólo guía su vida, sino que es el manantial del que surge el valor de sus obras. Unas palabras suyas centran esta afirmación: “Existe un punto de la sabiduría más allá de los conflictos y verdades con el que las vidas pueden volver a unirse”. [Esta es] “la cuestión fundamental de nuestro tiempo”. Hay, pues, una filosofía de la vida que remonta los hechos de su, por otra parte, fecunda biografía.

Formado en la Universidad de Columbia, catedrático de Mitología Comparada en el Sarah Lawrence College, hay una anécdota que ya señala su interés por Oriente: el encuentro en un barco, en 1924, con Krishnamurti, cuando iba camino de Europa para seguir sus estudios de sánscrito en París y en Munich. Este afán de atender a la cultura que tiene por fin la realización personal le lleva a abandonar la carrera docente y a retirarse para ahondar en el conocimiento no sólo de un tema tan sustancial como es el mito, sino de sí mismo, lo que no le impide continuar impartiendo algunos cursos. En 1956 viaja a la India y al Japón, como también hicieron en su día Jung y Eliade. Con ellos, Campbell coincide no sólo en el tratamiento del tema del mito, sino también en los Encuentros Eranos, junto al Lago Mayor. Es Jung el que le lleva a dichos encuentros, que nacieron con afán de fundir el conocimiento de Oriente y Occidente. El grupo de Eranos nos remite a nombres no menos valiosos como Suzuki, Corbin o Scholem, por citar unos pocos.

No es posible completar la semblanza de Campbell sin aludir a otras influencias fecundas, comenzando por la de orientalistas como Zimmer, del que Campbell cuidó la edición de sus obras, Frazer (aquí siempre la presencia de La rama dorada), Rank, Frobenius o Spengler. Vinieron luego las lecturas y el conocimiento personal de Freud y de Jung, así como esa serie de influencias más heterodoxas que fueron los Upanishad, los hábitos de los pueblos primitivos, el budismo o la de una obra concreta, el Bardo Thodol o Libro tibetano de los muertos. Tampoco fue ajeno su interés a la influencia del cine y los documentales, del arte y la literatura. Aquí su amistad con Steinbeck, su atracción por las obras de Shakespeare, Mann, Joyce, Picasso o Klee. Este interés abarcador responde a ese fin último de su vida, más allá de la mera erudición, a su poderoso afán sincretista y al mito, el tema que centró su vida. Me refiero a su interés por la plena realización del ser humano, que está detrás de sus obras: “Si persigues tu felicidad te sitúas sobre una especie de camino que ha estado allí todo el tiempo, esperándote, y la vida que debería ser vivida es la que vives”.

Subrayados estos aspectos vitales, vengamos a sus obras, que se centran en el mito. Nada más lejos este concepto de un saber fosilizado. Estamos aludiendo a un tema que remite al orden frente al caos, a la respuesta frente a las dudas, a la creatividad frente a la masa, a la eternidad frente a la provisionalidad o, como señalara Moyers a “pistas en las potencialidades espirituales del alma ”. Yo he escrito en otro lugar que el mito nos lleva a una especie de “geometría de las almas”. Cuatro son las obras de Campbell sobre el tema: El héroe de las mil caras (1949), el primero de sus libros que leímos, elaborado a partir de los materiales de sus clases, alusivo siempre a lo universal-eterno; Las máscaras de Dios (1959-1969), abarcadora aproximación en cuatro volúmenes a la mitología mundial. Vino luego la obra que ha suscitado este texto, Imagen del mito (1974), de la que el autor firma su prefacio en 1973. No olvidemos su Atlas histórico de mitología mundial, obra de la que Campbell había completado la mitad de su trabajo en el momento de su muerte. Tampoco olvidemos El poder del mito, un serial de seis episodios que se emitió al año siguiente de su muerte y la edición de las Obras completas. La contundencia y la originalidad de una obra como la de Campbell -algo parecido sucedería tras las muertes de Jung o Eliade- se vería sometida a alguna que otra campaña de desprestigio, insidiosa, que enseguida sería rebatida por profesores, biógrafos y especialistas.

Imagen del mito centra el tema con gran poder de síntesis -a pesar de la extensión de la obra- y a la vez de una manera ideal, pues hay que comenzar resaltando de este volumen la oportunidad de las excelentes imágenes que acompañan al texto. Estamos ante una exposición de una enorme claridad y amenidad, alejada del aburrimiento, pues nos permite leer el libro con la frescura de un relato. Avanzamos en una doble lectura: la del texto y la de las imágenes. Son éstas, y no sólo los razonamientos, las que nos llevan a comprender ese afán de conocimiento absoluto, de sincretismo, del autor, pues las obras de arte seleccionadas nos van conduciendo de la pintura a la escultura, de las religiones a las costumbres, de las primitivas civilizaciones al siglo XX. Las imágenes, escribe el autor, “dictaminan la marcha de la obra”.

Campbell valora mucho en su libro la relación mito-sueño (aquí otra coincidencia con la obra de Jung), a la que dedica el primero de los capítulos. En los cinco siguientes aborda temas como las tradiciones populares, las culturas primitivas, la tríada de las “religiones mundiales” (budismo, cristianismo, Islam), la confrontación entre los saberes de Oriente y Occidente a la luz siempre de la utilidad del conocimiento perenne y una aproximación a un tema oriental concreto, “punto culminante de la obra”: el yoga. El libro se cierra, fundiendo mito, sueño y realidad, con el estudio de un concepto clave: el de despertar. Se abre el volumen con la imagen de “Vishnú soñando el universo” y se cierra con una maraña “otoñal” de Pollock y unos leopardianos versos de Ungaretti. Al fondo siempre, esta recomendación del autor: “perseguir la felicidad”. O esta otra: “Sigue tu bienaventuranza”. Conocimiento y cultura en estado puro.




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