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Sábado, 19 de abril de 2014
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Libros  Ópera prima

Intemperie

Jesús Carrasco

Seix Barral, 2013. 219 páginas, 16'50 euros. E-book: 9'49 euros

RICARDO SENABRE | 18/01/2013 |  Edición impresa


Jesús Carrasco. Foto: Raquel Carrasco

La publicidad no es en este caso hiperbólica ni engañosa. Esta primera novela de Jesús Carrasco (Badajoz, 1972) es una magnífica novela, que sorprende por su madurez narrativa, por la riqueza y precisión de su lenguaje y por su creación de una historia que, sin rehuir la narración y descripción de escenas y detalles de extremado verismo, elimina los contornos espaciales y temporales de las acciones hasta convertir el relato en una alegoría que apunta directamente a elementos esenciales de la naturaleza humana.

En una tierra desértica y hostil, azotada por una sequía inclemente, un niño escapado de su hogar sufre la persecución de un tenaz alguacil motorizado y dos ayudantes a caballo. Huye hacia el Norte en busca de refugio y encuentra el auxilio de un viejo cabrero que se une a su suerte y lo guía en busca de lugares más seguros. Este deambular del niño y el anciano días y días por parajes arrasados y restos de construcciones abandonadas por sus antiguos ocupantes, este itinerario de hambre, sed, miseria e insolación bajo el acoso de quienes representan a una autoridad violenta y represora, es también para el niño un período de aprendizaje. El cabrero le enseñará lo indispensable para que sepa sobrevivir con dignidad y fraguarse por sí solo su porvenir, la vida que le espera cuando el relato concluye.

El lector no llegará a saber el nombre de ningún personaje. Así, el niño es la inocencia pisoteada y odiosamente vejada; el viejo y pobre cabrero, la representación de la solidaridad y de la justicia auténtica; el alguacil, el símbolo del poder omnímodo y feroz, que hace de los ciudadanos siervos amedrentados y dóciles (e incluso el hecho de que se desplace en una moto con sidecar lo relaciona con cierto totalitarismo reconocible). Intuimos que la huida del niño se ha producido por la necesidad de escapar de un ambiente irrespirable, de una sociedad oprimida, de una familia vencida e inoperante ante los alevosos abusos del poder, que llegan a la más terrible vejación personal. De una situación, en suma, que sólo engendra violencia, rencor, espíritu de traición -como en el episodio del tullido, que ayuda a desconfiar de las apariencias cuando del espíritu humano se trata-, odio y deseos de venganza.

El camino del niño hacia un Norte anhelado no es sólo una indicación geográfica. La tarea del viejo cabrero consistirá no sólo en adiestrar al niño para sobrevivir, sino también en mostrarle el modo de purificar la venganza transformándola en justicia. Una vez logrado, la vida queda justificada y puede extinguirse.

El marco en que se inserta este ir y venir del niño y el anciano, con un perro, unas pocas cabras y un burro por campos devastados, desplazándose casi siempre de noche y en busca de lugares donde ocultarse y eludir el hostigamiento del alguacil y sus hombres, puede recordar en algunos momentos obras como Las ratas, de Delibes, o La carretera, de Cormac McCarthy. Conviene subrayar que tales semejanzas son lejanísimas y superficiales. Delibes denuncia el abandono del campo, en manos de unos pocos, y en la pareja del Ratero y el Nini es éste quien posee todos los saberes necesarios acerca de la naturaleza. El padre y el hijo de La carretera no huyen de ninguna autoridad, sino de un cataclismo que afecta a otros muchos supervivientes.

Pero hay más. Intemperie, que no escatima escenas de extremada crudeza en la narración detallada de penalidades físicas -hay pasajes que se leen con el corazón en un puño-, alcanza un grado de lirismo del que carece la novela norteamericana, y ofrece, además, sin propósito ornamental alguno sino integrada en las acciones, una honda percepción del paisaje -con sus cambios de color, sus plantas, los olores de la tierra y los matojos, los insectos pertinaces, las charcas secas, el sol aplanador-, con tal precisión léxica, con tal detallismo que el lector tendrá en algunos momentos la sensación de estar redescubriendo la riqueza de un idioma límpido y sonoro, en el que cada objeto tiene su vocablo exacto; un idioma, por suerte, muy alejado del paupérrimo y repetitivo que, con muy pocas excepciones, los escritores actuales suelen utilizar.

Resumiré en pocas palabras: como primera novela de un autor hasta ahora desconocido, Intemperie es una obra excepcional, que nos sumerge en el mundo de la mejor literatura. Algo que no puede decirse todas las semanas. Ni todos los meses.





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