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Libros  Novela negra

La verdad sobre el caso Harry Quebert

Jöel dicker

Traducción de J. C. Durán. Alfaguara. Madrid, 2013. 672 páginas, 22 €.

LAURA FERNÁNDEZ | 12/07/2013 |  Edición impresa


Jöel Dicker. Foto: Santi Cogolludo

Con toda probabilidad, la vida de Joël Dicker (Suiza, 1985), el joven que ha puesto el mundo patas arriba publicando un intenso, profundo, monumental thriller psicológico que lo mismo coquetea con el ambiente cerrado y asfixiante del Twin Peaks de David Lynch (y su galaxia de sospechosos) que con los personajes perturbados de Alfred Hitchcock, cambió el día en que leyó Lolita. Porque si algo es La verdad sobre el caso Harry Quebert es un magnético homenaje a la obra cumbre de Vladimir Nabokov (y basta toparse con la manera en que describe el propio Quebert su primer encuentro con la camarera quinceañera y el posterior paladeo de su nombre, tan lolitiano, NO-LA, para advertirlo).

Pero no sólo eso. Porque La verdad sobre el caso Harry Quebert es también una reflexión, casi una disección, del oficio del escritor. Pues cada capítulo deconstruido de la historia (una historia de múltiples salidas de emergencia: cartas, grabaciones magnetofónicas, llamadas de teléfono, extractos de otras novelas, narración en primera persona), lo anticipa un consejo, el consejo que da el reconocido escritor Harry Quebert al más brillante de sus discípulos, Marcus Goldman, también escritor de éxito, aunque en el momento en el que arranca la historia, octubre de 2008, 33 años después de la desaparición de Nola Kellergan, la Laura Palmer de Dicker, ande preguntándose si podrá volver a escribir alguna vez.

De hecho, el bloqueo de Goldman es más importante en la historia, cuando la cosa despega, que la desaparición de la chica. Después de todo, hace 33 años que desapareció, y aunque la mayoría de los habitantes de Aurora la dan por muerta, no es hasta que su cuerpo aparece bajo el puñado de tierra en el que Harry Quebert pensaba plantar unas cuantas hortensias (las flores favoritas de la chica desaparecida), en su propio jardín y con el manuscrito de la obra maestra del propio Quebert (Los orígenes del mal) en el bolso, que no empieza a latir el misterio en la trama. Un misterio que irá creciendo y devorando la vida del malogrado Goldman, quien, desde el primer momento, da por hecho que Quebert (más que profesor, amigo, la clase de amigo que sólo pretende hacer de ti una mejor persona y, en su caso, además, un mejor escritor) no ha tenido nada que ver. Aunque son muchas las pruebas que apuntan en su dirección. Tantas que su abogado no sabe cómo hacer frente a lo que a todas luces será el más estrepitoso fracaso de su carrera. Porque ¿acaso puede convencer a alguien de que Harry Quebert no mató a la chica? ¿Cómo, si ni siquiera tiene coartada para la noche en la que la chica desapareció?

La pieza que falta es la historia de amor. El escritor, Harry Quebert, retirado a Aurora para escribir la que sin duda acabará siendo su citada obra maestra, se enamora perdidamente de Nola nada más verla. Nola trabaja en el Clark's, la mejor cafetería de la ciudad, cafetería regentada por la impulsiva señora Quinn y su caprichosa hija Jenny, quien no tarda en fijarse en el escritor, que acaba de cumplir los 34 y le parece más que un buen partido. Desde el primer momento, Quebert trata de evitar a Nola, aunque el flechazo ha sido mútuo y su historia parece condenada a arder en el infierno, en un sentido shakespeariano pero de un Shakespeare que hubiera leído más de la cuenta a Nabokov. Un Shakespeare que hubiese apostado por los secretos. Por una buena colección de secretos, secretos bien escondidos (y revelados a su debido tiempo) en las casi 700 páginas de una novela que, por momentos, hace pensar en Truman Capote interrogando uno por uno a los habitantes de Holocomb, Kansas, para construir su A sangre fría, y que todo el tiempo hace suyo el dicho: “Pueblo pequeño, infierno grande”.

Así pues, el furor despertado por el jovencísimo Dicker y su magistral novela (novela que es también pura metaliteratura), pues el truco de chistera final es que el propio Dicker parece tener demasiado que ver con su narrador, Marcus Goldman, autor, como él, de una novela titulada La verdad sobre el caso Harry Quebert, es un furor real, porque estamos ante el gran thriller que todo el mundo esperaba desde el Millenium de Larsson, ante una voz napoleónica, que no escribe, boxea. En definitiva, ante una novela que no es una novela, es una batalla. Como todo gran libro que se precie.




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