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Miércoles, 03 de septiembre de 2014
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Nélida Piñon

“Brasil siempre ha descuidado su cultura, dentro y fuera”

“No soy fuerte ni poderosa. Tampoco estoy en la flor de los veinte años [.....] Llevo en el rostro una historia inhóspita”... Así comienza Nélida Piñon (Río de Janeiro, 1937) su Libro de horas (Alfaguara), una suerte de memorias, amores velados, soledades, fantasmas y nostalgias. Escrito a la manera de esas joyas medievales que reunían tanto rezos como diálogos con uno mismo con el pretexto de hablar con Dios, Piñon se planta estos días en la Feria de Francfort, dedicada a Brasil, y en la que es gran protagonista.


NURIA AZANCOT | 11/10/2013 |  Edición impresa


Nélida Piñón

Desde esta crispada orilla española resulta difícil imaginar la alegre complicidad de alguien como Nélida Piñon, premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2005 y ex directora de la Academia Brasileira de las Letras, que, en medio de mil contratiempos y preparativos del inminente viaje a Alemania, contesta a una entrevista sobre un Libro de horas al que temió dar comienzo, porque “incluso antes de nacer amenazó con aniquilarme”.

-¿En qué sentido?
-Porque la vida siempre está contada a medias, y cada palabra narrada arrastra un recuerdo. Escribí este Libro de horas para dejar que cobraran vida de nuevo personas esenciales... La memoria es su materia fundamental, pero sentía que me traicionaba, que no era capaz de devolverme plenamente todo lo que experimenté, gocé, sufrí... Mis recuerdos se habían convertido en astillas, y tuve que reconstruirlos con la ayuda de la imaginación, que es la hermana de la memoria. Gracias a esa unión, lo real volvió a ser vivido después de unir todos mis pedazos. Sentí que en mí se hallaban las siete ciudades enterradas que tuvieron que ser excavadas para encontrar Troya.

Sin embargo, ni siquiera esa angustia logró acabar con su dulce rutina: Nélida Piñon, hija de emigrantes españoles, no duerme demasiado, y cada día se despierta con el olor del café de la mañana. Revisa su casa, se ocupa de su perro Gravetinho, algo viejo, con mal carácter y que odia la soledad. La escritora es, lo confiesa “negligente con lo cotidiano”. Lo que sí hace es consultar la agenda y atender las obligaciones profesionales. Lee los diarios “y enseguida me encierro en mi despacho para trabajar durante horas”. Escribe “sin temer las consecuencias, mientras oigo música, que es una bendición. De pronto, llaman a la puerta para preguntarme cómo quiero que preparen las batatas. Me resigno, en fin, aunque la literatura es más difícil... Y leo a los místicos, a los griegos, a maestros contemporáneos. Analizo la historia de estos dos últimos siglos que me explican el mundo que vivimos.” También va a la Academia Brasileira de Letras dos veces por semana, recibe a jóvenes, da entrevistas, “además de reverenciar casi cada día el busto de Machado de Assis en el Petit Trianon. Viajo con frecuencia, llevando una vida conmigo y otra en casa, para que la cuiden en mi ausencia”.

-Volviendo al libro, ¿no es muy pronto para hacer balance?
-En el libro no intento hacer balance, solo traducir la pasión que golpea a los seres humanos, reflejar los pensamientos y las emociones que subyacen en la realidad que relato y que me tocó vivir. Quería que mi alma se uniera a la de los demás, explicar su fiebre, intercalar su humanidad con la mía. Vivo gracias a los demás. Asumo mi nombre, pero mi voz es colectiva.

-Escribe en el libro que “No estamos preparados para la vida y somos imperfectos para la ficción” ¿Cómo se resuelve esa ecuación?
-No tiene solución. Por sí solas vida y ficción son imperfectas, pero juntas se complementan, mientras que si caminan solas son incapaces de descifrar el misterio de la agonía humana.

-Sólo la imaginación no nos traiciona, afirma. ¿Cree que ha sido justa consigo misma y con su obra en este libro?
-Desde luego. La imaginación no conoce fronteras, límites o cuestiones morales. No traiciona. Florece a medida que le damos esas aventuras que recordamos apenas, o el verbo inflamado, o las imágenes delirantes o caóticas, que fundamentan el arte. Al escribir el Libro de horas me sentí liberada. El arte no se deja abrumar por un moralismo escandaloso o un falso sentido de la justicia. Comprendí que en realidad era asunto mío, mi jurisdicción personal, por llamarla así.

-Estamos tan acostumbrados a lo lúgubre que cuando leemos que alguien tiene “razones para amar la vida” hay que preguntarle ¿qué le hace feliz?
-Bueno, sé que la vida es un campo minado, y no sé muy bien quién soy, pero lucho por expulsar de mi corazón la envidia, el resentimiento, todo lo que es ajeno a la alegría. Aspiro a la compasión, a la bondad, la gentileza, la humildad, a todo lo que impulsa el amor e impide que nos matemos los unos a los otros. Me encantaría tener alas, o el casco de Hermes, y entrar en algunas casas con problemas sin ser vista, y ahí descubrir la felicidad con la que una familia devora un plato de frijoles y un huevo frito. ¿Qué quiere? Sin duda, el mundo me persigue y me invita a amar.

-Sin embargo, en el Libro de horas habla de momentos de “exilio de sí misma”.
-Es un sentimiento instantáneo, que luego se desvanece pronto, de no pertenecer a un país, a un tiempo, a una sociedad, sino de formar parte de un rebaño. Una sensación de extrañamiento que me descubre una repentina falta de conexión con el mundo. Que me hace sentir que no puedo aceptar normas y conductas incompatibles con el legado de la civilización. Que no puedo aceptar la barbarie que avanza vertiginosamente en todas las direcciones.

Mientras hablamos, Piñon prepara las maletas para ir a Francfort, donde Brasil es el país protagonista este año: ¿Cómo vendería su país y su literatura hoy, de la que apenas conocemos a Machado Assis, Clarice Lispector o Jorge Amado?
-Brasil siempre ha descuidado su cultura, ya sea en casa o fuera. Las instituciones gubernamentales han sido incapaces de adoptar desde hace décadas iniciativas compatibles con el talento brasileño. Carecían y carecen de sensibilidad política para entender la cultura del país, han sido incapaces de comprender que no sólo los deportes venden. Por esta negligencia, nuestros grandes maestros siguen siendo periféricos para gran parte del mundo, al vivir ajenos a las medidas que consagran los valores estéticos contemporáneos. Hasta hace poco , Machado de Assis, uno de los grandes novelistas de la segunda mitad del siglo XIX junto con Stendhal, Flaubert o los rusos, ha sido un desconocido.

-¿Y Clarice Lispector, su gran amiga, y una de las grandes protagonistas de su Libro?
-Fuimos amigas durante dieciocho años. Hablábamos todos los días y pensaba que yo era la persona adecuada para escribir sobre ella. Incluso me propuso que cenásemos juntas, para llevar a cabo el proyecto, pero por el tono de voz, acabé suspendiendo las citas. La recuerdo en su refugio de Leme, apoyada en el jardín del edificio, y aún me emociono: esa noche, durante la cena, parecía más feliz que de costumbre, pero en el fondo ya no creía en los milagros ni en príncipes azules. Años más tarde, en el hospital, permanecí a su lado durante cuarenta días. Cuando entró en coma, le susurraba lo mucho que la quería. Murió en 1977, pero todavía sigue muy, muy presente en mí.

-Hija de padres españoles, asegura que en portugués el mundo se ordena mejor...
-Siempre supe que era una mujer de doble cultura. Brasil y Galicia han enriquecido mi imaginación desde niña tanto como los antiguos griegos, los ibéricos o el mundo bíblico, pero mientras fui creciendo en asombro y complejidad, el portugués se convirtió en el idioma que elegí para hablar desde el corazón y la escritura.

-¿Y qué tal la tratan sus traductores españoles y alemanes?
-Son unos verdaderos héroes que nos permiten tener vida más allá de las fronteras.




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