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Jueves, 24 de julio de 2014
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Los náufragos

Jean Améry

Traducción de Josep Monter y Ester Quirós. Pre-Textos, 2014. 252 páginas, 22 euros

RAFAEL NARBONA | 07/03/2014 |  Edición impresa


Jean Améry. Foto: Lutz Möhring

Jean Améry nunca reconoció otra patria que la literatura. Améry, que en realidad se llamaba Hans Mayer (Viena, 1912-Salzburgo,1978) se educó en la fe católica, conforme a los deseos de su madre. Su padre era judío y murió en la Gran Guerra. Con estudios de filosofía y literatura, Mayer no reparó en su condición de judío hasta que las leyes nazis le convirtieron en un paria. Entonces descubrió que era un judío, pero no en el sentido convencional, sino en la dimensión trágica del que carece de patria, Dios y esperanza. La percepción de su propia marginalidad le empujó a reelaborar su identidad. Su hogar no era el mundo, sino la literatura, un espacio donde la exclusión no es un estigma, sino un destino libremente elegido. Después de pasar por Gurs, Auschwitz, Bergen-Belsen y Buchenwald, sufriendo en sus carnes la tortura y las penalidades del trabajo esclavo, la liberación le ofreció la oportunidad de reinventarse a sí mismo, escogiendo un nuevo nombre que simbolizaba su ruptura con la cultura alemana. Améry necesitó dos décadas para empezar a escribir sobre sus vivencias en los campos de exterminio (Más allá de la culpa y la expiación, 1964). Incapaz de soportar el rumbo que había tomado la historia, se suicidó en Salzburgo en 1978.

Los náufragos se publicó de forma póstuma. Se especula que se escribió entre 1934 y 1935, cuando el ascenso de Hitler ya se perfilaba como el umbral de un pogromo de dimensiones desconocidas. Protagonizada por Eugen Alther, un joven intelectual judío en paro, pertenece al género de las “novelas de iniciación”, donde los personajes se enfrentan a la necesidad de trascender la adolescencia y constituir un yo adulto, que repudia o asimila los valores de su época. Se aprecian ecos del Tonio Kröger (1903), de Thomas Mann, y de Bajo las ruedas (1906) o Demian (1919), de Herman Hesse, pero en este caso el yo no completa su proceso de formación, sino que se desintegra lentamente en un ambiente de corrupción generalizada.

Los jóvenes de una Europa en vísperas de su mayor catástrofe moral e histórica son auténticos “náufragos”, que renuncian a la dignidad para sobrevivir en un entorno hostil y degradado. Agathe es la amante de Eugen. No existe entre ellos un vínculo profundo, sincero, sino una pasión desvaída que les mantiene unidos por miedo al vacío y la soledad. Cuando Agathe se queda embarazada, se acuesta con un hombre de negocios de mediana edad, que se ofrece a pagarle el aborto. Eugen lo acepta y, durante un tiempo, funcionan como un trío. No pretenden desafiar a la sociedad biempensante, sino aliviar sus miserias materiales o emocionales.

No hay nada heroico o sublime en los personajes de Los náufragos. No se aprecia esa lucha interior de las creaciones de Herman Hesse o Thomas Mann, sino un nihilismo animado por el deseo de perseverar en “el descubrimiento de que nada tiene sentido”. El duelo a sable entre Eugen y su amigo Heinrich Hessl, católico y filonazi, posee un simbolismo parecido al de Settembrini y Naphta en La montaña mágica, pero el desenlace es diferente. La Ilustración no triunfa sobre un Romanticismo de tendencias totalitarias. La barbarie ultranacionalista hace valer su fuerza, prefigurando la inmolación de millones de vidas inocentes en el altar de la pureza racial. Al igual que otros judíos de su tiempo, Eugen es como una boya a la deriva que no siente ningún apego por sus raíces. No entiende la mística de la Sangre y el Suelo y experimenta un temor irracional hacia la mujer, una especie de Leviatán, que ejerce un poder absoluto gracias al sexo. Eugen observa a los camisas pardas y piensa que Europa avanza hacia un suicidio colectivo. La muerte le parece más tentadora que oponer resistencia. La semilla del suicidio ya aletea en el interior del joven Hans Mayer.

A pesar de ser una obra primeriza y hasta ahora inédita, Los náufragos ya contiene las mejores cualidades de Améry: una prosa áspera y desnuda, un profundo desgarro, grandes dotes introspectivas y una demoledora desesperanza. Aunque está ambientada en los años 30, muchos jóvenes de hoy se sentirán identificados con la angustia y el hastío de una generación desengañada, maltratada y con un porvenir sombrío.




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