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Miércoles, 30 de julio de 2014
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Los Panero. Fin de trayecto

Una última ventolera apagaba la semana pasada la vida de Leopoldo María Panero, poeta más o menos genial, más o menos maldito, y loco. Caía así el telón de una de las sagas más zarandeadas de nuestras letras. Una familia “ilustre y patética”, la adjetiva Juan Bonilla: el patriarca, el iracundo poeta Leopoldo Panero; la madre, la bellísima y desamparada Felicidad Blanc; y sus hijos, los también poetas Juan Luis y Leopoldo María, y el vividor Michi. Fin de partida, el trayecto llegó a su fin, la historia ha terminado. Y dice así...


JUAN BONILLA | 14/03/2014 |  Edición impresa


Felicidad Blanc junto a sus tres hijos, Juan Luis, Leopoldo María y Michi

Ha muerto acribillado por los besos de sus hijos y absuelto por los ojos más dulcemente azules el poeta Leopoldo Panero. Eso decía el epitafio de Leopoldo Panero, el último poema que escribió, poco antes de morir en 1962. Catorce años después, los besos de sus hijos lo acribillaron de verdad en una película, El desencanto de Jaime Chávarri, que causó gran estrépito porque su tema fundamental -el arte de matar al padre y enterrarlo en basura- era lo que el país necesitaba, una lección para matar a Franco y sacar la basura acumulada durante tantos años. En aquella cinta al poeta acribillado por los besos de sus hijos ya no lo absolvían los ojos más dulcemente azules: no se quedaba bajo la alfombra ningún rencor, se exponían elocuentemente todas las miserias de un hombre que, antes de la guerra, muchacho aún, había coqueteado con la vanguardia y, después de la guerra, se convirtió en cabeza visible de la cultura franquista -dirigió el Instituto de Estudios Políticos. Que fuera gran poeta no sólo no aliviaba sus miserias sino que las agravaba. Que les diese a los suyos una vida acomodada -no sólo buen sueldo sino facilidad para colocar a sus hijos en empresas del Régimen- se volvía monstruosamente contra él y contra otros como él, Luis Rosales por ejemplo, un pesado, todas las noches cenando en casa de los Panero, quedándose luego hasta las tantas a hartarse de whisky y conversación, total no tenían que madrugar, tenían sueldos franquistas que patrocinaban aquellas veladas.

En un poema de 1978, su hijo Juan Luis le rendirá homenaje: “el asunto de tu bebida ha dado ya mucho que hablar/ también se han comentado tus proezas en los burdeles/ y algunos de tus amigos las suelen repetir/ adornándolas con pintorescos detalles/ En cuanto a los arranques de tu genio/ para qué mencionar lo que todos sabemos./ Sin embargo para la Historia ya eres: /cristiano viejo, caballero de Astorga/esposo inolvidable, paladín de los justos/. Sin duda un tipo raro y bien curioso”. No tardó en ser canonizado: calles Leopoldo Panero, estatuas Leopoldo Panero, colegios Leopoldo Panero, el premio Leopoldo Panero.

Los ojos más dulcemente azules eran los de Felicidad Blanc, la muchacha más bonita de Madrid según recuerda en sus memorias Mercedes Fórmica. Después de la película de Chavarri decidió dictar sus memorias, Espejo de sombras, un libro estremecedor. Curiosamente Felicidad Blanc recuerda todas las casas en las que vivió desde niña: el espacio seguro, acogedor, donde no temía al mundo. La pérdida de la casa propia por la casa del hombre con el que se casa es el principio del fin de una mujer que, lo dice varias veces, “no acababa de encontrar su sitio” y que sólo cuando decide despertarse se da cuenta de que la han tenido dormida muchos años. Son muchos los momentos del libro en los que ajusta cuentas con Leopoldo Panero, que “barrió todas mis amistades femeninas” y también barrió su gusto por escribir relatos -llegó a publicar unos cuantos en Cuadernos Hispanoamericanos e Ínsula. Convertida en florero y en fábrica de parir hay un momento crudísimo en su libro cuando ella está pariendo un cadáver y en la habitación de al lado su marido está tecleando en la máquina de escribir un poema. Muchos de esos poemas eran poemas de amor a ella, lo que le lleva a preguntarse: “esos poemas que hablan de mí ¿a quién se refieren? ¿a esta mujer abandonada y triste?”

En Espejo de Sombras, Felicidad Blanc se define como “mujer que ha dimitido de sí misma”, confiesa que la equivocación por la que pagó el resto de su vida fue la de confundir vida con literatura y termina asegurando que no habla por exponer un caso particular sino que piensa “en tantas mujeres que como yo, habrán dejado que se oscureciera su inteligencia, perdida la curiosidad por todo, anuladas en su renuncia inútil”. A pesar de ello hay unos cuantos arpegios de felicidad en su relato: se deben a algunos paréntesis en los que el romanticismo se sobrepone a la vulgaridad de la vida cotidiana con un borracho: en Londres conoce y se enamora de Luis Cernuda y llega a soñar, pasmosa ingenuidad, con un futuro a su lado; también conoce más tarde a Calvert Casey y al leer la dedicatoria de El regreso se da cuenta de que quizá el autor cubano podría haber sido su salvación. Cuando decide contarle lo de Luis Cernuda a su marido, éste la echa de casa. Luego acepta su vuelta, pero para castigarla le impide ir a acompañar a su padre, que se está muriendo. La mirada inquisidora de Leopoldo Panero penderá sobre ella cada vez que se acerque a un hombre. “Mis hijos -escribe- me han asegurado que hasta la muerte de Leopoldo no me comprendieron a mi, ni se tomaron la molestia de pensar quién era yo”.


Lopoldo María, Felicidad Blanc y Michi Panero

Antes de la película de Chávarri, los Panero eran conocidos en los ambientes intelectuales de Madrid, claro: después de la película, se convirtieron en un símbolo de la náusea de la institución familiar. A la muerte de Leopoldo Panero, es su hijo primogénito el que ocupa el papel de paterfamilias, y sus hermanos menores, Leopoldo María y Michi, no iban a perdonárselo. En la película de Chávarri -y más tarde en la que hizo Ricardo Franco, Después de tantos años (1994)- Juan Luis Panero aparece como un bobo muy pagado de sí mismo, con una capacidad infalible para ser pedante, capaz de decir cosas como que para él “Octavio Paz era mucho más importante que sus hermanos”. En 1968 publicó su primer libro y en 1975 Los trucos de la muerte, pero no era buena época para una poesía como la suya, coloquial, confesional, sin concesión al irracionalismo. Así que sobrellevó mal, supongo, que en la década de los setenta el poeta Panero fuera Leopoldo María, que se había dado a conocer con una plaquette en 1968 pero que después de la publicación de la antología de Castellet Nueve Novísimos, fue recibido y celebrado como el gran poeta español joven. La intensidad de sus primeros libros (Así se fundó Carnaby Street, Teoría y Narciso) apenas habría de repetirse más adelante cuando el poeta hiciera de la locura una profesión e hilara libro tras libro de poemas donde la nadería abundaba sin llegar a ocultar que, de vez en cuando, en el tiovivo del irracionalismo, sonara un arpegio deslumbrante: curiosamente, como su padre, se convirtió en poeta oficial.

A su muerte, hace una semana, se han sucedido las necrológicas que lo destacaban como el poeta más importante del segundo medio siglo en España, pero curiosamente nadie citaba versos suyos para que pudiésemos medir esa intensidad. Cabría preguntarse: ¿por qué en los últimos veinte años Leopoldo María Panero ha sido tan prolífico (estamos hablando de unos treinta o cuarenta libros de poemas)? Y cabría responder: porque su poesía es fácil de hacer, de hecho es más fácil de escribir que de leer, pertenece a ese tipo de obras en las que el lector padece un nivel de exigencia mayor que el que ha padecido el autor. Puedes tomar unos cuantos versos de un poema e incrustarlos en cualquier momento de cualquiera de los otros: ninguno de los poemas cambiará apenas, ni aquel del que has retirado unos versos ni aquel al que se los agregaste.

En los años ochenta las cosas dieron un vuelco: una nueva generación de poetas renunciaron a los novísimos, muchos de los novísimos dieron un giro a sus carreras, y de repente Juan Luis Panero -gracias a la publicación de Juegos para aplazar la muerte- se vuelve el Panero más influyente. Ajeno a esa competición, el más pequeño de la familia, Michi Panero, que entre una película y otra ha renunciado a soportar a su hermano Leopoldo María, y que de chico cínico y sonriente ha pasado a convertirse en un fantasma en una casa en ruinas que se tiene que pagar el poco futuro que le queda vendiendo el mucho pasado que le dejaron, se nos presenta como el personaje verdaderamente interesante de la trama Panero. Un bartleby, alguien que ha renunciado a contarse y a contar, atropellado por las drogas y el alcohol, sobreviviéndose penosamente, pastoreando fantasmas a los que detesta. “A todos esos fans de mi hermano Leopoldo sólo les digo una cosa: que lo cuiden ellos”, llega a decir.

Porque Leopoldo María Panero se convirtió en leyenda. Sus ingresos en psiquiátricos, sus escapadas, sus intervenciones públicas componen un escabroso muestrario de la degradación con la que, más que agigantar su leyenda, la fue infectando. Su obra poética se amplió considerablemente si bien apenas quedaba en ella aquella intensidad de sus poemas juveniles: también se volvió cansina, hueca, pomposa. “Suena un pedo en esta página” escribe: hay mucho de eso en el Panero de después de Last River together: mucho caca, culo, pedo, pis. Este poema por ejemplo: “La cosa que yace entre los árboles / en la nada inscrita / Como el decir que cae al suelo / Enredado en la tumba donde sopla el viento / Árbol de donde cae el mono / Padre del hombre / Y del cual recogimos estos frutos malvendidos / Y el viento arranca nuestra carne / Y la palabra muerde los frutos / Mientras talamos el árbol de la ciencia / Y otra vez la palabra cae al suelo / Herida por la misma palabra / que canta el hombre de la boca cosida / Al viento que todo lo borra / al viento / y la cabeza borra toda existencia anterior / Como si el hombre o el mono / jamás hubieran existido”.


Juan Luis Panero, Leopoldo María Panero y Michi Panero

He aquí la historia de la humanidad en unos cuantos versos, inscrita en la nada de la que procedemos y a la que vamos, impotentes de escarbar en el misterio -la boca cosida, la boca cosida-, defendiéndonos solo al borrar toda existencia anterior para que el pasado genere un yo verdadero, que no puede ser más falaz, pues sabe que se engaña. ¿Hay sabiduría en este poema? Más bien se diría producto de una entusiasmada depresión que se compensa a sí misma borrando de un plumazo todo lo que es, todo lo que ha sido. El sinsentido de existir obtiene en la poesía de Leopoldo María Panero una espléndida victoria: el poeta le da sentido a ese sinsentido, lo da por bueno. La alquimia de sus versos ofrece un resultado paradójico: siendo tan destructivo, no se puede ser más conformista. Dando por buenos los personajes heredados, concediéndoles altura y verdad -Dios, la patria, ángeles y demonios- se acaba haciendo una poesía conformista que, no por tortuosa, resulta menos ineficiente.

Sobre Leopoldo María Panero puede visitarse la biografía que escribió Benito Fernández El contorno del abismo. Es un libro lleno de culpables. Desde bien pronto el poeta -un niño superdotado que a los pocos años es capaz de escribir algunos versos siniestros- es un perseguido. Se diría que el mundo es una gran conspiración que no tiene otra tarea que la de volverlo loco, aplastarlo, humillarlo, con un sadismo constante. El padre, poeta, falangista y borracho; la madre, policía sentimental, mujer incapacitada para ser feliz y para liberarse, el hermano mayor, un bobo metafísico, un vividor de pacotilla. Todo empuja a Leopoldo María Panero a zambullirse en las aguas de la locura para salvarse, aunque salvarse signifique pasarse la vida ahogándose: mejor estar allí en alta mar, ahogándose, que en tierra firme con esa panda de perseguidores. Queda claro en el libro de Benito Fernández que hay poetas que no solo tienen biografía -en contra de lo que decía Octavio Paz- sino que no serían gran cosa sin la biografía que da sustento a sus obras. Son los poetas legendarios: de ellos puede no quedar un solo poema, que seguirán siendo grandes personajes porque se atrevieron a hacer eso que se llama melifluamente “una vida poética”.

Michi Panero también fue un gran personaje de la movida madrileña (llegó a saltar a la prensa rosa tras casarse con Paula Molina). Su contribución mayor a la cultura española fue la fundación de un afamado bar, El Universal, adonde iban a ver amanecer todos los poetas y artistas jóvenes del Madrid que bailaba la nueva era. Federico Utrera lo entrevistó largamente para su libro Después de tantos desencantos, y esa entrevista tiene algo de testamento. En la película de Chávarri, Michi Panero repite una frase: “Éramos tan felices”. Expulsado de esa felicidad, vagó por la vida sonriente pero con una ancha nostalgia. Cuando ya le quedaba poca vida decidió recluirse en Astorga y tratar de escribir sus memorias. A su muerte, Soledad Puértolas escribió un bonito artículo al que pertenece este párrafo: “En los últimos años de su vida, en aquellas conversaciones tranquilas alrededor de su vaso de agua, Michi buscaba rescatar. Le propuse un título para sus memorias: Instantes de felicidad. Porque, cuando sus ojos eran atravesados por ráfagas de alegría -de esa risa que, inesperadamente, nos sacude el cuerpo-, yo sentía que volvía, aunque fuera con tanta fugacidad, un mínimo pedazo de esa dicha perdida”. Fue el último de los hermanos en llegar al mundo y el primero que lo abandonó. Con mucha guasa decía en la película de Chávarri que “los hermanos Panero eran un fin de raza”.

La muerte de Leopoldo María viene a cerrar esta historia de familia ilustre y patética sobre la que, quizá, alguien haga una serie televisiva un año de estos.


VII

Ya que preguntas por el futuro comprende
Que la vida es una rosa quemada
Por el azul del silencio
Por el filo multiusos en el que yace el verso
Hablando a los hombres de la raja
De la herida de la vida que no se cura
Del mal incansable de la vida
En mí los hombres lloran
Y grita un ángel por la noche
Buenas tardes Don Leopoldo, la casa ha sido derruida
Y reina un ángel sobre la nada
Y la nada pastorea el ser
Y tiembla mi flor entre la nada
Mi nardo hecho de terror y del miedo a los cuartos oscuros
A la violeta inmunda que aguarda en el amado sepulcro
Y que reza sólo a la nada con fervor hacia el viento
Que borrará mi ser
Cuando llegue el día
En que brille la ceniza sobre el mundo
Y caigan las palabras sobre las palabras
Y un hombre repita la vida es un animal inmundo
Una conspiración de los muertos
Una estantigua, un clásico del dolor
Un perro ladrando sobre la ruina del Palacio de Buckingham
Que brilla contra el verso y contra la razón
Y que caerá algún día sobre la coronilla del hombre
Que llorará algún día por su isla perdida
Por la isla suprema del poeta
Que es un continente y no una isla
Por eso no preguntes por quién doblan las campanas
Ellas doblan por ti, Hemingway lo dijo, citando a John Donne
Y hablando a los ángeles del revolver sin balas al que se llama poesía

Del poemario Rosa Enferma de Leopoldo María que publicará Huerga y Fierro.


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