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Los dados de Eros. Poesía erótica griega

Varios autores

Introducción, traducción y notas de Aurora Luque. Edición bilingöe. Hiperión. Madrid, 2000.153 páginas, 1.900 pesetas

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Jaime SILES | Publicado el 08/11/2000

Aurora Luque nos seduce con las precisas versiones de los textos. La suya no es una antología al uso y, por ello, tampoco es una antología más


Un título tomado de un verso de Anacreonte sirve de enseña a esta antología que, por muchas y diversas razones, puede calificarse de ejemplar. Destaca en ella la inteligencia y gusto de su compiladora, su sólido bagaje filológico, su sentido poético y una propuesta de lectura que tiende un puente exacto entre helenismo y modernidad. Aurora Luque no sólo nos seduce con las precisas versiones de los textos sino que nos hace protagonistas y cómplices directos de los sentimientos líricos del autor y del lector de -y en- la Antigöedad. La suya no es una antología al uso y, por ello, tampoco es una antología más: sus paralelos más próximos serían las de Quasimodo y la de Ferraté, es decir, las hechas por el difícil híbrido que es el poeta-filólogo o el filólogo-poeta.

Aurora Luque está en esa tradición, a la que añade la novedad de un verso siempre claro y una esbelta idea de la métrica: dos cosas que hacen que estos versos antiguos atrapen en su música al lector.

El erotismo es un hecho de cultura que se hace inteligible por medio de un sistema fijo de referencias, que Aurora Luque reconstruye y describe en las imágenes y símbolos que configuran su motor. El yo, como instancia de discurso, y la mitología, como máscara, constituyen un interesantísimo tapiz que funciona en muy distintas claves y registros. Aurora Luque las explica y recoge en esta completa y cuidada selección que recorre un espacio de más de diez siglos y que, con todo su catálogo de tópicos, se extiende desde Homero a Pablo Silenciario como si ese continuum que forman fuese una unidad y no una sucesión. Uno de los méritos de la lectura que Aurora Luque nos propone es, sin duda, la apuesta que hace por un código y la base que encuentra para su tan atrevida como acertada opción. Resulta fascinante recorrer estos metros, cruzar por estos ritmos, y reconocerlos aún en español: Luque lo logra precisamente por su amor al texto y, como en Odisea XI, también aquí nunca son hueros los abrazos de un dios. Aurora Luque se permite algunas, pero no demasiadas libertades: su versión de Estásino es brillante. Y lo mismo se puede decir de su Mimnermo y de su insuperable Safo. No tanto, en cambio, de su Alceo y su óbico, a los que -en concreto, a éste- podría haberse dado una solución más feliz. Anacreonte y Teognis están reproducidos incluso hasta en el tono, y Simónides y Píndaro, en un retrato fiel. Los escolios áticos anónimos y los poetas dramáticos aparecen bien contemplados aquí: sobre todo, los segundos, con el idioma de los ojos de Esquilo y el atrévete de Eurípides, que tantos han intentado seguir. En los poetas helenísticos omite un verso de Crates, regala un buen Apolonio, mantiene la temperatura idílica de Teócrito, da en el blanco en Mosco y en Hédilo, sale airosa de las trampas que pone Meleagro y de la serie de epigramas anónimos que incluye junto a los de él. Y, en cuanto a los tardíos, acierta de pleno en Filodemo y Marco Argentario.

Entre los muchos méritos del libro dos son los que destacan: el comedido uso de la bibliografía y el talento probado en la siempre graciosa titulación. Lo primero permite gozar la erudición sin sufrir la penalidad del estrabismo. Lo segundo acerca a los lectores, al darles una precisa clave de lo que el texto es. En este punto reside -y hay que reconocerlo- una parte, y no pequeña, de su originalidad. Gracias a todo ello, leemos un conjunto de poemas, que no dejan de serlo, y asistimos a lo que éstos contienen aún de deseo o de cordialidad.

Al transitar sus páginas son muchas cosas las que vienen a vernos: en la niebla en los ojos de Arquíloco descubro la fuente de mi uso de “con los ojos llenos de gasolina”, que un crítico nunca entendió; en la Astimelesa de Alcmán está la base de “Criatura afortunada” de Juan Ramón; en Praxila -que tanto interesó a don Juan Valera- hay un precedente de Dalí; en Calímaco, otro, directo, de Ovidio, como en Dioscórides hay otro de Mallarmé, y en Meleagro, no pocos de Catulo. Rufino parece casi un contemporáneo y Pablo Silenciario, un poeta hecho para el Inserso con su elogio del amor otoñal. Aurora Luque ha rescatado un mundo y ha objetivado un modo: nos lo ha mostrado y nos lo ha hecho ver. Creo que no puede pedirse más de una antología: ésta, además, cumple todos los requisitos de lo que una traducción literaria debe ser.





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