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LIBROS
Yasmina Reza
"Los escritores explicamos tanto nuestra obra que nos volvemos parásitos"
CRISTINA CARRILLO DE ALBORNOZ | Publicado el 23/01/2002
Muchos comparan a Yasmina Reza (París, 1959) con un personaje de Scott Fitzgerald, porque es elegante, reservada y muy salvaje. Símbolo de contrastes, como su misma obra, con clase y aspecto nostálgico, me confiesa orgullosa, en el bar del hotel Lutetia en París, que su estilo literario se formó en un ambiente de verdaderos cosmopolitas muy cultos, sin raíces y con un toque de locura que ya no existe. Eran los amigos de la familia de la burguesía judía de Europa central a la que pertenecían mi padre ruso-iraní y mi madre húngara. Todos están en mis novelas. Por eso hablan así mis personajes. Personajes como los que se pasean por las páginas de Hammerklavier, que acaba de publicar Anagrama. Hoy, Yasmina Reza explica cómo éste fue su primer libro, un conjunto de relatos que guardaba en su cajón y que no debía ser publicado
La autora de Arte, que se reconoce exigente y contradictoria, ha creado un estilo muy personal, lleno de humor y con una estructura perfecta, musical, con lenguaje inventado y desordenado, mezcla de escritura muy trabajada y otra muy trivial con la que ha sabido penetrar en lo más hondo del ser humano. Seguramente ésa sea la verdadera razón de su exito.
Caústica y nada convencional
Yasmina Reza ha heredado el espíritu anticonvencional y cierta gracia caústica de su padre, al que precisamente dedica Hammerklavier, una serie de recuerdos cortos autobiográficos. Mientras, su ultima obra de teatro, Las tres versiones de la vida, realiza una gira en Francia y se estrenará este año en Nueva York.
-Hammerklavier es como un regalo de todo lo que cuenta en su vida. ¿Por qué se decidió a compartir tantas vivencias íntimas con el lector?
-En realidad, es un libro muy particular que no debía ser publicado, una serie de textos cortos que había escrito únicamente para mí a lo largo de cuatro años y que estaban guardados en un cajón. Historias sobre mi mundo y mis amigos, que no estaban destinadas a ser leídas por nadie, que imprimía y clasificaba. Con todo, un día me di cuenta del volumen de historias que había acumulado y aunque pensaba que era demasiado íntimo y que sólo podría interesarme a mí, se lo hice leer a un amigo que me respondió: No sólo tiene la talla de un libro sino que es un libro formidable, próximo a la vida de los demás pero con ciertas claves que le dan dimensión universal. Aunque mi editor quiso publicarlo inmediatamente, tardé tres meses en decidirme, porque está lleno de sentimientos y yo le tengo terror a la sentimentalización en materia de literatura.
-Entre otras cosas, Hammeklavier hace referencia a la música, a su padre y a Beethoven.
-Yo tuve una educación muy musical. Mi madre era violinista. Mi padre tocaba el piano. Lo que quería era un título difícil porque no quiere decir nada: piano a martillo en alemán. Es raro como la vida en sí. Por otra parte, creo en la supremacía total de la música. Sólo ella y quizá la poesía merecen el nombre del arte que revela lo inexplicable. Ni la literatura ni la pintura lo son. Durante un tiempo consideré a Beethoven el mayor músico de la historia pero El arte de la fuga y otras piezas lo son también. Incluso soy una adepta al flamenco.
-¿Es cierto que la música, que Bach le ha salvado la vida?
-He tenido muchos momentos en mi vida en los que me encontré sumida en la desesperación, momentos de gran accablemnet en los que pensaba que nada servía para nada. La música, sobre todo Bach, tan energizante y nada sentimental, me recordaba en esos trances que en la vida había algo transcendente. El arte de la fuga es sin duda una obra maestra. Hay una frase genial de Emile Cioran que reza: Nadie debe a Dios más que Cioran. Fue Bach quien llevó a Cioran a la cuestión de Dios.
Pesimismo con humor
-¿En que forma comparte el pesimismo con Cioran?
-Mi universo está muy próximo al de Cioran en cuanto que mi forma de pensar es definitivamente pesimista; sin embargo, no llego a ser tan negra como él, que roza el nihilismo. El pesimismo de Cioran está también lleno de una cierta locura, y de gracia, de una vitalidad que adoro. Mi pesimismo tampoco está ajeno al sentido del humor.
-¿Cuál es su visión del ser humano?
-Mediocre. Se tiende a lo fácil, siempre y el mundo contemporáneo ofrece todas las facilidades; las exigencias no tientan. Los optimistas incurables me aburren a morir.
-Su última obra de teatro, Tres versiones de la vida, está de gira por Europa. ¿Para cuándo Nueva York ?
-Tres versiones... se estrenó en París, Londres y Viena. Nueva York se ha retrasado hasta el próximo otoño; la gente no quiere salir y los actores que debían interpretar la pieza, entre ellos Helen Hunt, debían venir de Hollywood e instalarse en Nueva York, algunos con su familia. Por razones de seguridad era lógico que se negaran. En el fondo he tenido suerte, pues lo peor es que los ensayos hubieran comenzado y se hubieran tenido que parar. En España Flotats adora la pieza y quiere los derechos, pero está con proyectos hasta dentro de dieciocho meses.
El Arte de Flotats
-Flotats ya puso en escena Arte. ¿Prefiere trabajar siempre con la misma gente?
-Depende. Si, hasta que la colaboración se agota. En el universo del arte todas las relaciones son muy intensas, van directamente a la esencia. Cuando no da más, no da más. Si es necesario, puedo ser fácilmente infiel.
-Usted posee un sentido de la crítica y de la autocrítica muy profundos. ¿Es debido a su educación?
-Tengo dificultad, quizá sea un defecto pero soy incapaz de contemplar algo sólo en primer grado. Siempre veo el revés, el humor, siempre hay una visión mucho más amplia que se interpone. Creo que la vida es demasiado compleja y quizá de ahí mi sentido de la critica. Hay gente que piensa que el sentido de lo irrisorio es un defecto.
-Emocional y a la vez analítica, no duda en afirmar: Escribir es algo salvaje. ¿Cómo escribe?
-Mi análisis es muy instintivo. Inmediato. No amo ni tengo una posición intelectual. La posición intelectual es más matizada, más fina, pondera todos los pos y contras. Yo soy más autoritaria en mis juicios.
-¿Le molesta lo intelectual? ¿Cómo lo vive en un país como Francia?
-Está bien ser intelectual pero no creo que la cualidad del escritor sea la de ser un intelectual. Para mí un artista es alguien con una visión propia y la fuerza necesaria como para reflejar el mundo de forma sorprendente e inesperada. La mía es un definición modesta, no de alguien que debe desarrollar pensamientos. El gran escritor está más allá y dice cosas del mundo contemporáneo a pesar de él. El problema de hoy es que todo el mundo quiere ser artista Hay una confusión entre el escritor y la persona.
-Algo que usted trata de evitar.
-La única legitimidad del escritor es su obra, pero expresarse inteligentemente sobre toda suerte de cosas acaba siendo un empobrecimiento. Hoy se pide al escritor primero hacer comentarios y explicar su obra de forma que se vuelve un parásito de su propio trabajo y segundo, dar opiniones de todo asunto, comenzando ahora por la guerra de Afganistán, asistir a emisiones de televisión, a las fiestas los premios literarios...
»Jamas me he sentido legitimada a hacer eso; lo que me emociona en las informaciones o la vida de la humanidad es algo privado. Es una cuestión de dignidad. Sin embargo esta postura es socialmente peligrosa. Si no lo haces, no formas parte del circulo del pensamiento.
-¿Le da igual?
-No me daría igual si escribiendo las mismas cosas no hubiera tenido éxito. No habría tenido la liberación de que se puede vivir. Sin quererlo, sin embargo me manifiesto. En Una desolación daba una visión global del mundo y Hammerkalvier está lleno de reflexiones de forma natural.
El éxito y sus fantasmas
Yasmina Reza asegura también que escribir es un acto asocial. Voy tras los pasos de Milan Kundera, verdaderamente aislado.
-Su posición frente al éxito es muy exceptica pero ¿en qué le ha influenciado el tener tal éxito desde su primera obra de teatro?
-El éxito es como un fantasma inconsistente. Sin embargo, me ha dado la independencia y la libertad mental y material que siempre quise tener. Siempre hice lo que quise pero para hacerlo, primero hay que poder sobrevivir. El hecho de haber conocido el éxito tan rápido es una suerte enorme; así desde pronto no tuve que responder a peticiones que me desagradaban y pude escribir lo que he deseado. Si quiero realizar una tentativa aberrante no arriesgo nada más que un fracaso pero no encontrarme en la calle... Eso no tiene precio; ha sido muy enriquecedor desde el punto de vista artístico pero no cambio mi percepción de lo que quería hacer, ni del mundo ni mi incertidumbre profunda.
Mínimos cotidianos
-¿Como puede seguir aún esa incertidumbre profunda?
-Es algo innato; mi infancia fue segura desde punto vista económico pero mis padres estaban siempre ausentes. No me invade el sentimiento de inseguridad pero sí de incertidumbre, que no es lo mismo. Tengo valores fijos pero incertidumbre sobre el valor y sentido vida. Y sobre lo escribo, tengo certeza de la calidad, algo mínimo para mí pero no sobre lo demás. Busco todo el tiempo, me cuestiono la finalidad de la vida, la muerte.... Todos los días, al levantarme, me hago la misma pregunta: ¿por qué hago esto?
-¿Tiene miedo al fracaso?
-No, en absoluto. Jamás se me ha pasado por la cabeza. Yo hago las cosas porque creo profundamente en ellas. Si no funcionan, me da tristeza pero nada más.
-La escritura ¿le vino a usted por azar?
-Cuando estaba en el colegio, era una alumna media nada excepcional y la única asignatura donde sobresalía era en Literatura. Los profesores llamaron a mis padres en varias ocasiones diciendo que tenía una redacción excepcional para una niña de mi edad; así que desde pequeña me metieron en la cabeza que tenía talento literario. Fue sí y no por azar.
-Y sin embargo, comenzó como actriz
-Sí, pero enseguida la vida me mostró que no era el camino; no tenia el físico ni el talento y comencé a escribir. Para mí fue evidente... Es terrible ser actriz. Uno es esclavo del deseo de los otros.
-¿Por qué empezó a escribir teatro?
-Adoraba el teatro y poca gente escribe teatro hoy, con lo cual había más lugar para alguien que comenzaba. Además, tenía un inmenso respeto por la literatura, así que consideraba que debía esperar, que no estaba madura, aunque todo este proceso requería modestia y además se publicaban tantos libros que me preguntaba qué podía aportar. Consideraba que escribir teatro era más fácil aunque ahora pienso lo contrario.
-¿Como decidió finalmente atacar la literatura?
-Tras el éxito de El hombre de azar, un monologo de dos hombres, me animaron, sobre todo mi editor, a hacerlo. Comencé justamente por Hammerkalvier, un libro bastante modesto; luego supe que podía.
-Usted se hizo internacionalmente conocida como autora de teatro. En la cultura de la imagen de hoy, ¿cuál es su importancia?
-Creo que el teatro hoy, al menos en las sociedades occidentales, no tiene ninguna importancia. Al teatro se va simplemente a ver idioteces o pasar unas risas. El público que va para sentirse feliz o pasar una noche inteligente y ser emocionado es una minoría. Esta nadería del teatro es una paradoja porque el teatro no puede desaparecer. Incluso si hay un cataclismo siempre habrá personas que se suban a un escenario para interpretar delante de otras. Es un arte tan eterno como la pintura o la música, enraizado en la esencia del hombre.
-¿Cree que es vital interpretar a los autores contemporáneos?
-(Ríe) No, para nada vital; otra cosa sería Shakespeare. Además, no me gusta la palabra vital; los autores contemporáneos pueden dar otro color, ser útiles pero pocos han cambiado la visión del percibir el mundo. Hay una gran vivacidad simpática en los autores de hoy pero no vital. En cualquier caso el teatro está lejos de ser un símbolo o el evento central de la ciudad como en la época de los griegos o un vehículo como en Racine o Moliere. Había un fuerza enorme en el lenguaje del teatro. Hoy es un lugar pequeño; algunos proclaman: ¡es un gran lugar de resistencia! ¿De resistencia? ¿A qué?
-Y ¿qué diría de la literatura?
-Casi lo mismo. La cultura mediática de hoy le ha restado toda la importancia y favorece sin razón unos libros. Sólo en Francia, en septiembre, se publican 559 libros. ¿Cómo saber cuáles son los interesantes?; es como nadar en un océano. A veces me da vértigo, me siento perdida. Me pregunto ¿dónde voy con mi pequeño miserable libro? Me tranquiliza pensar que el escritor no tiene una misión salvadora. Un escritor no hace más que escuchar y contemplar. Recuerdo que preguntaron a Borges, para mí el maestro con mayúsculas, sobre el papel del escritor: Ninguno, tan sólo escribir poemas contestó. Para mí, la gran obra debe ser moral pero no plantearse cuestiones de moralidad.
-El multiculturalismo en que se educó está presente de forma natural en todas las artes. ¿Cree que ése es el futuro de las artes?
-Creo el multiculturalismo es sin duda el futuro del arte porque con las fronteras abiertas es una tendencia que se acentúa cada vez mas. Carece de sentido mantenerlas abiertas artificialmente. Lo que no estoy tan convencida de como funcionará o si será para bien porque creo que una cultura aplastara a las demás. En el fondo no creo en la multicultura porque creo que siempre hay una cultura que predomina sobre la otra; el peligro es que si no es profundamente original, todo resulta de una insipidez general. Todo es igual. Sólo será un enriquecimiento si se produce de forma natural y no una cuestión de modas; no hay nada más formidable que la expansión de una cultura propia que resiste. Cuando vemos las imágenes de Afganistán, me siento contenta.
Mi padre era un hombre de negocios de origen iraní nacido en Moscú que había vivido en Alemania. Mi madre era una violinista húngara que hablaba cinco idiomas; todo el mundo en la familia tenía acento en francés desde mis abuelos. Mi abuela materna sólo hablaba inglés. Había muchas culturas pero todos eran judíos que recordaban la gran Europa Central. Mis amigos era judíos de Caracas, Tel Aviv, Ginebra aunque ninguno practicante. No era para nada el ambiente burgués francés que podía vivir en París. Y todos mis personajes de mis libros están ahí, en mi infancia. Muchas veces me preguntan sobre mi exito mundial y pienso que hay algo en mi escritura que es comprensible universalmente por esa educación cosmopolita.
-En Hammerklavier, como en Arte, es muy crítica con la cultura y la supremacía cultural. ¿No cree que la cultura da sentido a la vida, como si fuera un estado superior del ser?
-No. La cultura se ha convertido en el nuevo dios; es el nuevo ídolo de nuestros días. Soy muy severa frente a la cultura. Creo que la educación vuelve al hombre mejor, no la cultura. La educación hace al hombre mejor y sin ella el hombre no esta completo. Educado quiere decir muchas cosas; por ejemplo un campesino en la estepa puede tener una gran educación sin ser un escolar francés. Ser educado es haber recibido de los padres y abuelos una ética moral. Lo más importante es la moral. No creo en la cultura como bienhechor general.
Lo que hay que leer
-No cree en la llamada cultura democrática.
-No; hay un terrible fenómeno en el que la gente hace colas durante horas para ver las grandes exposiciones de pintura. Las visitan en grandes grupos, se ponen cincuenta delante un cuadro. Esa es su tarde. Para mí es un fenómeno completamente incomprensible y cuando me señalan el gran interés por la cultura ¡formidable!, me pregunto, ¿qué cultura es esa? Se ha convertido en una marcha forzaba. Hay que leer esto; hay que escuchar eso, hay que ver lo otro. Si no no eres un ser humano. Para mí el diktak cultural es el fascismo de nuestra época.
»El acceso a pensamientos complejos a la cultura, la buena educación comporta una gran exigencia y el típico consumidor de cultura de hoy pica aquí y allí. Un poco de teatro, un poco de música pero nada entra ni es digerido. Todo queda en la superficie y todo es consumido; completamente absurdo.
-Decía que lo importante es la educación moral. ¿En que sentido?
-La moral, una serie de valores, es la única cosa que es esencial para mí. El resto no cuenta. No me refiero a moral desde el punto de vista religioso, que puede tan perfectamente valida para otros como columna vertebral. Yo no recibí educación de tal tipo. Con moral, me refiero a reglas éticas, todas las reglas de dignidad humana. La moral me la fabrique a mí misma desde niña. Debía tener un temperamento y una tendencia innata a la moral.
-¿Es por ello por lo que usted ama tan profundamente a Dostoievski?
-Sí. Mi formación definitiva es resultado de las lecturas de mi adolescencia y particularmente los autores rusos y Dostoievski, para mi el fundador moral. Justamente lo que adoro en él es su moral con mayúsculas; se plantea y descifra todas las grandes cuestiones morales. Sin embargo, no creo que hoy pudiera leerlo con tal vehemencia.
-¿Por qué no?
-Por el estilo de su escritura. Para mi el estilo es fundamental y el suyo no es el mío... Siempre quedará su genio.
-Como en él, la realidad predomina en su literatura.
-Como escritora, sólo me interesa la realidad. El sueño lo dejo para mi vida personal; de hecho, tengo poquisima imaginación. Jamas pude contar un cuento a mis niños. Soy mortalmente aburrida. Invento mundos a partir de la realidad a la que distorsiono, estiro, cambio, doy otra dimension pero no son historias sino realidad. En mis libros todo sucede en un máximo de dos días.
-Y a pesar de su pesimismo y de apego a la realidad, usted ríe todo el tiempo y su obra es un elogio a la risa.
-Como digo en Una desolación: un hombre alegre es superior a un hombre feliz. Una de las cosas mas importantes es poder compartir la risa. No puedo imaginar un signo de mayor complicidad que la risa. Yo me río mucho en la vida y un hombre que no sepa reír no me puede seducir. Si no me río con alguien, es como si la relación no existiera; es más, lo que me gustaría que mi hijo y mi hija recordasen de mí es que era alegre, que sabía reír. Tener un sentido trágico de la vida no excluye la levedad. Y ser feliz es poder reírse con la gente. Reírse incluso de las cosas mas terribles del mundo porque en el fondo es un lamento a una pregunta: ¿cómo mantenerse realmente vivo? La risa es necesaria para comprender todo.
Idolatría de la cultura
-Usted dice: en la escritura no hay normas. Pero ¿por que se guía usted?
-Por la goma y el tema. Escribo algo y lo releo y comienzo a borrar, cortar, cambiar de lugar. Muy frecuentemente sintetizo hasta que logra ser cassant. Mi única guía es musical, es decir como decir algo mas ritmicamente. Automaticamente sé que va y qué no. No sé explicar por qué. Es como en música; no es una elección lógica ni tiene que ver con el sentido. Trabajo con la intuición y no con la inteligencia de la narración. Lo que es muy curioso y lo he aprendido viendo mis obras de teatro en el extranjero es que la estructura resulta perfecta y esta en mi y viene de mi sentido musical. Desde la primera obra de teatro supe que poseía la técnica de dramaturga.
En cualquier caso tengo una gran facultad de concentración, de aislarme del medio. No tengo necesidad de soledad, de silencio sepulcral, de nada especial para escribir. Simplemente miro al interior.