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revista de libros


Edición impresa |  LIBROS

Monedas acuñadas en el aire

Ángel García López

Renacimiento. Sevilla, 2002. 110 págs., 10 euros

  • Resultados:

José Luis GARCÍA MARTÍN | Publicado el 05/06/2002

Hace algunos años escribió Benítez Reyes: “Si tratase la poesía de ángel García López desde una postura -fría siempre- de crítico, desde una postura distante y desapasionada, sólo yo conocería el alcance de la impostura, pero con sólo yo saberlo me basta para renunciar a adoptarla, pues no hay mayor impostura que la que deforma un sentimiento”.

Y es que ángel -añade-, paisano suyo, amigo de sus padres, fue el primer poeta que conoció en persona, su primer mentor y maestro. Una postura de crítico, “distante y desapasionada”, es la que intenta adoptar Benítez Reyes en el prólogo a Monedas acuñadas en el aire, antología que él mismo ha preparado. “Variada y coherente” considera la obra de ángel García López. Si el primer calificativo resulta innegable, la coherencia no resulta fácil de descubrir. Poco tiene que ver el poeta de Mester andalusí (1978) con el de Volver a Uleila (1971) o Los ojos en las ramas (1981), tan retórico y menor, tan consabido.

ángel García López comienza como poeta en una cierta tradición andaluza, colorista y ágil, en la tradición de los poetas de Platero, de José Luis Tejada, de los hermanos Murciano. El contagio novísimo le hace ir más allá, hacia el hermetismo, el culturalismo y la experimentación formal. Con Elegía en Astaroth, García López se sitúa en la primera línea de la nueva poesía. Mester andalusí aumenta su crédito: ensaya en él una poesía cívica que nada tiene que ver con la depauperada poesía social; en un dilatado versículo canta y cuenta las glorias de un país que parecía recuperar definitivamente su historia tras la muerte de Franco. Auto de fe, segunda parte de Elegía en Astaroth, aparecido en 1979, aunque escrito antes que Mester andalusí, completa la trilogía mayor de García López.

A partir de Trasmundo (1980) comienzan los bandazos. En ese libro la dicción se hace más sobria, acorde con el tema: el diario de una enfermedad que lo tuvo al borde de la muerte. Luego vendrán libros en los que el poeta, que ha dejado de crecer, se dedica a engrosar su obra, a acumular premios, a demostrar su virtuosismo retórico: la labor deja de ser coherente, al contrario de lo que indica el amical prologuista que trata de adoptar la postura distante y desapasionada del crítico. No quiere decir que no haya hermosos poemas, a la altura de los mejores suyos, e incluso libros enteros en los que parece que ha vuelto a encontrar su pulso mejor, como Memoria amarga de mí (1983) o Medio siglo, cien años (1988), pero abundan los títulos que no suman, sino que restan.

Variada, sin duda ninguna, la poesía de García López, culturalista en Territorios del puma (1996), metapoético en Glosolalia (1998), de donde procede el título de la antología: “Palabras familiares, signo, sema, sintagmas,/monedas acuñadas en el aire, ficciones,/asilos y hospitales de la sílaba grave,/físicos, cirujanos, enfermeros adverbios...”

Variada, pero quizá sin la coherencia y la necesidad que parecía tener en los años setenta, cuando su nombre, por un momento, pareció colocarse entre los poetas mayores de ese tiempo.





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