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Prosas (en verso)

Jon Juaristi

Hiperión. Madrid, 2002. 92 páginas, 8 euros

 | 19/06/2002 |  Edición impresa


Jon Juaristi. Foto: Mercedes Rodríguez

Con algún humor y mucho menosprecio que no parece del todo fingido se refiere Juaristi a su último libro en las líneas prologales: “poemas escritos después del naufragio de tu poesía”, “prosas disfrazadas de poesía”, “deslavazados versos domingueros”, “ripio perfecto”.

Y ciertamente algo de ello hay en Prosas (en verso), pero quizá no mucho más que en el resto de su obra, en la que no escasean los poemas de circunstancias, las ocurrencias bienhumoradas, los retóricos castillos de naipes. Un escritor, sin embargo, se salva por sus aciertos, y qué inolvidables son los de Juaristi, un poeta que ha aprendido de Unamuno (y de Eliot y Auden) a pensar el sentimiento, a sentir el pensamiento, un poeta que domina la materia verbal como solo han sido capaces de hacerlo Quevedo y Blas de Otero.

¿Prosas disfrazadas de poesía las de este libro? El título resulta llamativo e ingenioso (y nos recuerda a las Prosas profanas de Rubén Darío), pero poco exacto. ¿Prosa en verso un poema como el romancillo titulado “Maestu”: “Río del tiempo/que cruza el alma/fluyendo siempre/desde el mañana”? Quizá lo que considere prosa el autor sea el tono aparentemente ensayístico de tantos poemas. Por ejemplo, el espléndido que se dedica a la memoria de Tomás y Valiente, “Veinticinco pluvioso”, escrito poco después de su asesinato: “De la vida en común desconocemos/el fundamento último./Teorías más o menos vienesas lo sitúan/en la viril parranda que siguió/ a un parricidio arcaico, celebrado/en estricta y cordial intimidad”. Sí, las reflexiones de Freud y de Heidegger y otros están detrás de estas divagaciones aderezadas de un amargo humor. Pero hablar de prosa en verso a propósito de este poema es limitar lo poético al sentimentalismo romántico o a las vaguedades simbolistas.

Jon Juaristi divide su libro en dos partes. En la primera, la más variada, están los mejores poemas y los más prescindibles. Tras “Veinticinco pluvioso” nos encontramos con “Abd al-Rahmán I”, una ocurrencia ripiosa y a ratos graciosa. También graciosa y poca cosa es la “Fábula” que aparece detrás de “Flecha rota”, un canto a la amistad, uno de los grandes poemas del libro. ¿Y qué decir del acróstico que se dedica a Baltasar Gracián? Que quizá estaría bien en las páginas de un homenaje al escritor jesuita.

Se nota que el autor ha rebuscado exhaustivamente entre sus papeles para hacer este libro. No era necesario: sólo diecinueve poemas, menos de cincuenta páginas, componían su entrega anterior, Tiempo desapacible, que vale por muchas poesías completas. Y media docena de poemas de Prosas están a la altura de los mejores de ese libro, de los mejores poemas de su autor. Cito algún otro, no mencionado hasta ahora: “De profundis”, un desolado poema de amor, “Eclipse”, elegía a la muerte de Javier Egea, “Arnaldos”, recreación en un soneto sin rima de un pasaje del romancero. Los lloriqueos del prólogo resultan, por lo tanto, excesivos.

La segunda parte se titula “Cámara oscura” y está compuesta íntegramente por sonetos. A la “manía del soneto” se alude en las líneas iniciales: “Tanto esfuerzo pusiste en que no te confundieran con un poeta vasco y acabas convertido en un sonetista bilbaíno más”. Pero no, no es Juaristi un sonetista más. Poco tienen que ver los convencionales sonetos de homenaje (vacuo virtuosismo) que incluye en la primera parte con estos otros : “Sinécdoque”, “Paradigma”, “Episteme”. Los sonetos de “Cámara oscura”, como los sonetos de Unamuno, representan un esfuerzo por ir más allá de lo tenido habitualmente por poético. Incluso cuando no acierta, su fracaso es más valioso que el meloso ronroneo de tantos endecasílabos solamente bien hechos.

Quizá Juaristi deba seguir el ejemplo de Antonio Machado, quien, a partir de1924 (tenía 49 años), no volvió a publicar nuevos libros de poemas: se limitó a ir aumentando las sucesivas ediciones de sus poesías completas. Se evitaría así que razones editoriales le obligaran a recurrir a material de desecho para alcanzar el adecuado número de páginas.




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