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Libros  Biografía

Giordano Bruno, el hereje impenitente

Michael White

Trad. Albert Solé. Javier Vergara. Ed. Barcelona, 2002. 222 págs., 17’50 euros

LUIS ANTONIO DE VILLENA | 10/07/2002 |  Edición impresa


Giordano Bruno

El británico Michael White (autor de esta parcial biografía y también de otras de Leonardo o Newton) se presenta a sí mismo como un divulgador científico. No parece tener miedo al aire divulgativo (al principio algo trivial) que libro adentro alcanza vuelos mayores.

White nos habla de uno de los grandes herejes de la historia del catolicismo, Giordano Bruno (1548-1600), primero fraile dominico en su natal Nola -cerca de Nápoles- y luego uno de los grandes heterodoxos del siglo, que terminó quemado vivo por la Inquisición romana tras siete años de prisión. Autor fecundo que se mueve entre la antigua sabiduría hermética y el más moderno o adelantado racionalismo, Bruno fue un panteista que soñó en mundos infinitos (probablemente habitados) y en una religión que sin negar expresamente el cristianismo cambiase su ortodoxia y sus viejos conceptos aristotélicos. Viajero por Francia, Inglaterra y Alemania (donde editó sus libros y trató a doctos y ocultistas) Bruno regresó a Venecia en 1591, invitado por el noble Mocenigo, y enseñó en la Universidad de Padua, antes de que, en 1592, su protector lo entregara a la Inquisición veneciana -que lo juzgó- pero que lo transfirió en 1593 a la más severa Inquisición romana, con el terrible resultado que sabemos, pues Bruno no se retractó de sus teorías, ya que aún declarándose cristiano, creía en la libertad de pensar. Bruno, mártir de la modernidad. Tal es la teoría de White, que recorre la vida de Bruno, sus juicios, cautiverio y muerte, con un repaso a sus teorías. Libro ameno y útil. White quiere sobre todo tronar contra una culpable terrible: la Iglesia católica romana, su siniestra Inquisición y sus no menos siniestros personajes. Tampoco deja bien a los protestantes (que en Ginebra quemaron a Servet) pero no cesa de recriminar a la Iglesia católica su tenaz oscurantismo. Ella fue la culpable de la muerte de Bruno y la culpable de tantísima falta de libertad como el pensamiento ha padecido.

La traducción de este vehemente manual anticatólico es correcta, aunque al traductor se le escapen descuidos: No traduce sols y deniers que -en una cuenta- deben ser sueldos y dineros. Habla de “monasterios de las épocas oscurantistas”, que tratando de la Edad Media, acaso deba denominar “tiempos oscuros”. Y habla de “pensamiento progresivo o liberal” donde debe decir, claro, “progresista”... Errores de la rapidez que señalan la dura tarea del traductor y que no desmerecen -con todo- un conjunto digno, legible y que toma ardiente partido.




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