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Juventud

por J. M. Coetzee

  • ( 14/11/2002 )
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Jacqueline es enfermera. él nunca ha estado con una enfermera, pero le han contado que, por el hecho de trabajar entre enfermos y moribundos y atender a las necesidades corporales, las enfermeras son cínicas en cuestiones morales. Los estudiantes de medicina esperan con ilusión la época en que cubrirán turnos de noche en el hospital. Las enfermeras se mueren por tener relaciones sexuales, dicen. Follan en cualquier sitio, en cualquier momento.
Dos días después del encuentro en la playa de Clifton él se pasa por la residencia de las enfermeras. Jacqueline le está esperando en el vestíbulo principal, vestida para salir, y se van de inmediato. Varias caras se asoman a mirarlos desde una ventana del piso superior; se da cuenta de que otras enfermeras le observan con curiosidad. Es demasiado joven, está claro que es demasiado joven para una mujer de treinta años; y con sus ropas sosas y sin coche, también está claro que no es un gran partido.

Al cabo de una semana Jacqueline ha abandonado la residencia de enfermeras y se ha mudado al apartamento con él. Al echar la vista atrás, él no recuerda haberla invitado: sencillamente no supo resistirse.

Nunca ha vivido con nadie antes, desde luego, no con una mujer, una amante. Incluso de niño tenía una habitación propia con cerrojo en la puerta. El piso de Mowbray se compone de una habitación grande, con una entrada que conduce a la cocina y el baño. ¿Cómo va a sobrevivir?

Intenta recibir de forma acogedora a su repentina compañera nueva, intenta dejarle sitio. Pero pasados unos días ha empezado a molestarle la acumulación de cajas y maletas, la ropa tirada por todos lados, el desorden del lavabo. Le tiene pavor al ruido del escúter que anuncia el regreso de Jacqueline tras el turno de día. Aunque todavía hacen el amor, crece el silencio entre los dos, con él sentado a la mesa fingiéndose absorto en sus libros y ella deambulando, sin que nadie le haga caso, suspirando, fumando un cigarrillo tras otro.

Jacqueline suspira mucho. Es el modo en que se expresa su neurosis, si es que se trata de eso, de una neurosis: suspirar y sentirse exhausta y llorar a veces en silencio. La energía, las risas y el descaro de su primer encuentro han quedado en nada. La felicidad de aquella noche fue un simple claro en las nubes de la melancolía, tal vez el efecto del alcohol o incluso puede que Jacqueline le tomara el pelo.

Duermen juntos en una cama individual. En la cama, Jacqueline habla sin parar de hombres que la han utilizado, de terapeutas que se han apoderado de su mente y la han convertido en su muñeca. él se pregunta si también es uno de esos hombres. ¿La está utilizando? ¿Hay otro hombre con el que se queje de él? él se duerme mientras Jacqueline sigue hablando, por la mañana se despierta ojeroso.

Jacqueline es una mujer atractiva, se mire como se mire, más sofisticada, con más mundo de lo que él merece. La cruda verdad es que, de no ser por la rivalidad entre las dos mellizas, no se acostaría con él. Es un peón en la partida de ellas, un juego que antecede con mucho a su entrada en escena: no se engaña al respecto. No obstante, ya que ha sido el elegido, no debería cuestionarse su buena suerte. Comparte apartamento con una mujer diez años mayor que él, una mujer experimentada que durante su época del Guy’s Hospital se ha acostado (dice) con ingleses, franceses, italianos, hasta con un persa. Si no puede proclamar que le quieren por sí mismo, al menos se le ha dado la oportunidad de ampliar su educación en el campo de la erótica.
Tales son sus esperanzas. Pero tras un turno de doce horas en la maternidad seguido de una cena consistente en coliflor con bechamel y una velada de silencio taciturno, Jacqueline no se siente muy generosa consigo misma. Cuando le besa, si es que le besa, lo hace por obligación, porque si el sexo no es la razón de que dos adultos se hayan encerrado en un espacio vital tan incómodo y apretado, ¿qué otro motivo pueden tener para estar allí?
La crisis estalla mientras él está fuera. Jacqueline busca su diario y lee lo que él ha escrito sobre su vida en común. Al regresar la encuentra haciendo las maletas.
-¿Qué ocurre? -pregunta él.
Con los labios apretados, Jacqueline señala el diario abierto que hay sobre la mesa.
él monta en cólera.
-¡No vas a impedir que escriba! -promete. Es una incongruencia, y lo sabe.
Ella también está enfadada, pero de un modo más frío y profundo.
-Si, tal como dices, te resulto una carga insoportable -dice ella-, si estoy destruyendo tu paz y tu privacidad y tu capacidad de escribir, déjame que te diga que por mi parte he odiado vivir contigo, cada minuto que he pasado aquí, y no veo el momento de ser libre.

Lo que él debería haber dicho es que no deben leerse los papeles privados de los demás. De hecho, debería haber escondido su diario, no dejarlo donde ella pudiera encontrarlo. Pero ahora es demasiado tarde, el mal está hecho. Contempla a Jacqueline hacer las maletas, la ayuda a asegurar la bolsa en el sillín del escúter.
-Con tu permiso, me quedaré la llave hasta que haya recogido el resto de mis cosas -dice. Se coloca bruscamente el casco. Adiós. Me has decepcionado, John. Puede que seas listo, pero todavía te queda madurar mucho. -Aprieta el pedal. El motor no arranca. Pisa otra vez el pedal, y otra. El olor a gasolina llena el aire. El carburador está inundado; sólo puede esperarse a que se seque.
-Entra -le sugiere él. Imperturbable, ella se niega-. Lo siento. Todo. él entra en el piso dejándola en el callejón. A los cinco minutos oye el motor y la motocicleta que se aleja.
¿Lo lamenta? Desde luego, lamenta que Jacqueline leyera lo que leyó. Pero la verdadera cuestión es: ¿por qué motivos escribió lo que escribió? ¿Lo escribió tal vez para que ella lo leyera? ¿Dejar sus verdaderos pensamientos donde ella acabaría encontrándolos ha sido su modo de decirle lo que era demasiado cobarde para explicarle a la cara? ¿Cuáles son sus verdaderos pensamientos, de todos modos? Unos días se siente feliz, incluso privilegiado, por vivir con una mujer bella, o al menos por no vivir solo. Otros días se siente de otro modo. ¿Qué es en verdad: la felicidad, la infelicidad o un punto medio entre una y otra?

La cuestión de qué debería tener entrada en su diario y ser guardado para siempre afecta al corazón de todo lo que escribe. Si tiene que censurarse la expresión de emociones innobles -el resentimiento ante la invasión de su apartamento o la vergöenza ante sus errores como amante-, ¿cómo van a transfigurarse nunca tales emociones y convertirse en poesía? Y si la poesía no ha de ser el medio que lo transfigure de innoble a noble, ¿para qué interesarse por la poesía? Además, ¿quién dice que los pensamientos que escribe en su diario son sus sentimientos verdaderos? ¿Quién dice que mientras mueve el bolígrafo está siendo en todo momento él mismo de verdad? Puede que en un momento sea él y en otro simplemente esté inventando. ¿Cómo puede estar seguro? ¿Por qué tendría que querer estarlo?

Rara vez las cosas son lo que parecen: esto es lo que debería haberle dicho a Jacqueline. Sin embargo, ¿qué oportunidades tenía de que le hubiera entendido? ¿Cómo iba a creer ella que lo que había leído en el diario no era la verdad, la innoble verdad, de lo que pasaba por la cabeza de su compañero durante esas densas tardes de silencio y suspiros, sino una ficción, una de las muchas ficciones posibles, verdad sólo en el sentido en que lo es una obra de arte -verdad con respecto a sí misma, verdad, con respecto a sus objetivos inmanentes-, cuando la innoble lectura coincidía tantísimo con su propia sospecha de que su compañero no la amaba, de que a él ni siquiera le gustaba?

Jacqueline no le creerá por la sencilla razón de que él tampoco se lo cree. No sabe lo que cree. A veces piensa que no cree en nada. Pero una vez pasado todo, queda el hecho de que su primer intento de convivencia con una mujer ha terminado en fracaso, en la ignominia. Tiene que volver a vivir solo, lo cual no es poco consuelo. Sin embargo, no puede vivir siempre solo. Tener amantes forma parte de la vida del artista: incluso si esquiva la trampa del matrimonio, tal como desde luego hará, tendrá que encontrar el modo de vivir con mujeres. No puede alimentarse el arte sólo con privaciones, añoranza, soledad. Tiene que haber intimidad, pasión, también amor.

Picasso, un gran artista, tal vez el más grande, es un ejemplo evidente. Picasso se enamora de mujeres, una tras otra. Una tras otra se van a vivir con él, comparten su vida, posan para él. De la pasión que se enciende de nuevo con cada nueva amante, las Doras y Pilares a quienes la suerte trae hasta la puerta del artista renacen en arte imperecedero. Así es cómo se hace.
¿Y él? ¿Puede prometer que todas las mujeres de su vida, no sólo Jacqueline sino todas las mujeres imaginables que vendrán, tendrán idéntico destino? Le gustaría creerlo, pero tiene sus dudas. Sólo el tiempo dirá si resultará ser tan grande como Picasso, pero una cosa es segura: él no es Picasso. Su sensibilidad es diferente de la de Picasso. él es más tranquilo, más lúgubre, más del norte. Tampoco tiene los hipnóticos ojos negros de Picasso. Si alguna vez intenta transfigurar a una mujer, no lo hará con tanta crueldad como Picasso, doblando y retorciendo el cuerpo de ella como si fuera metal en un horno feroz. De todos modos, los escritores no son como los pintores: son más obstinados, más sutiles.

¿Es ése el sino de toda mujer que se mezcle con artistas, dejar que extraigan y transformen en ficción lo mejor o lo peor de ella? Piensa en la Elena de Guerra y paz. ¿Empezó Elena como amante de Tolstoi? ¿Supuso que, mucho después de muerta, hombres que jamás le habían puesto la vista encima desearían sus bellos hombros desnudos?

¿Tiene que ser todo así de cruel? Seguro que existe alguna forma de cohabitación en la que hombre y mujer comen juntos, duermen juntos, viven juntos y no obstante permanecen inmersos en sus respectivas exploraciones interiores.

¿Por eso la relación con Jacqueline estaba condenada al fracaso: porque, al no ser ella artista, no podía apreciar la necesidad de soledad interior del artista? Si Jacqueline hubiera sido escultora, por ejemplo, si hubieran destinado un rincón del apartamento para que cincelara mármol mientras en otro rincón él se peleaba con las palabras y las rimas, ¿habría florecido el amor? ¿La moraleja del cuento de Jacqueline y él consiste en que es mejor que los artistas tengan aventuras sólo con artistas?



Ilustración de Grau Santos

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Allan Poe